La segunda muerte del Capitán Piluso (por Miguel Di Fino)

Carlos Riedel20 julio, 2014

(Ficciones en una ciudad de la furia)....

El Capitán Piluso

Le había perdido el rastro desde que se juntaban a tomar la leche después de ir a particular a repasar matemáticas.

Salían al mediodía de la Escuela 9 cuando todavía estaba en un viejo edificio en el que el timbre no había logrado matar a la campana, ni los viejos bancos de a dos que rezumaban capas y capas de esmalte sintético marrón como queriendo tapar los trazos en cuadernos que levantaban pelusa con la pluma cucharita o estampaban machones con las primeras lapiceras fuentes o estilográficas.

Desde allí. Desde ese lugar, con calles sembradas de adoquines ingleses, los dos se despedían hasta entrada la tarde, para juntarse de la maestra de particular y luego salir casi volando para ver en el blanco y negro “Las aventuras del Capitán Piluso y Coquito”, mientras daban cuenta del café con leche o el “Toddy”, uno u otro con sus tintes amarronados que se perdían en tazas humeantes en cada invierno de esos años sesenta en los que el siglo veinte parecía que no moriría nunca.

Si bien es cierto que tuvieron algún encuentro ocasional a la salida del cine “Italia” o en alguna mesa cercana de la pizzería “Mar del Plata”, a la vuelta de esos años tan distantes le resultaba extraño reencontrarse con Pablito, transmutado en esa mole de un metro ochenta y pico de altura, con frondosa barba que, ni bien lo ubicó, le disparó: “Che , bolas: ¿qué hacés acá…?”, ante lo cual no tuvo más remedio que hacerle una versión abreviada y simple de su presencia en la sala común del Hospital San José, donde había caído debido a que su novia, maestra, le había contagiado una “virósica” que contrajo en la escuelita de San Cayetano, por lo cual lo internaron en observación por unos días.

Y Pablito le contaba que se agarró “un cólico o algo así” y que lo puso de culo para arriba y que lo fueron a buscar en ambulancia y todo a un lavadero de autos que tenía por la Ameghino.

Por infidencia de un médico amigo, se enteró que la bestia tenía “várices esofágicas sangrantes”, producto de los litros de tinto y variados comestibles que –después Pablito le contaría- se mandaba por semana.

El encuentro también implicó le comentara algunos detalles sobre su vida, más allá de la novia maestra, que tenían que ver con su trabajo como empleado bancario en el Provincia de Zárate y sus estudios universitarios de abogacía.

Por parte de Pablito, ni esposa, ni hijos integraban su universo existencial.

“Y…viste, cuando terminé la primaria te acordás que me metí en el Liceo Naval, seguí la carrera y apenas si tuve tiempo para algunos “filitos” o uno que otro polvo que anduve desparramando por puertos y pampas argentinos”, contaba, risueño, Pablito en la sala común del hospital, sentados los dos a una mesa grande a la que convergían los internados para charlar de sus males temporarios o recibir visitas.

Tal vez el interés que le despertaba interesarse por quien fuera un compañero de infancia en un tiempo en el que Campana languidecía en tardes de sol con una Calle Real poblada de árboles, quizás, de tantas luces y sombras como ahora, aunque se veían diferentes a los ojos de niño que la recorrían para detenerse en alguna cuadra o esquina y jugar una “tapadita” con las figuritas de Atlanta o de Boca.

Sí. No podía evitar las evocaciones propias de un encuentro no anunciado, imprevisto. A lo mejor era la persistente verborragia de Pablito la que lo abstraía aún más en ese día de hospital que para él terminaría con su alta médica en pocos días.

Quedó en volver a charlar con Pablito al día siguiente, cosa que haría puntualmente cuando se juntaran a tomar el desayuno en la mesa común, acompañado cada uno por su inagotable bolsita de suero o algo así.

Pero antes del desayuno, se encontró con el compañero de infancia en un pasillo, cuando se dirigía a usar el teléfono público. Lo acompañó en el trayecto y se sentó en un banco lateral desde el cual no pudo evitar escuchar la voz jetona de Pablito.

“Hola, habla el capitán Piluso, ¿cómo está todo en el haras…?”, escupió el quia a su interlocutor telefónico que, suponía él, respondía a las preguntas sobre la salud de los caballos o las finanzas de un haras en Pilar.

Cuando Pablito colgó, no pudo evitar preguntarle, casi inquisidor: “Pero, che, ¿no era que hiciste carrera en el Liceo…?”. Y le respondió Pablito: “En parte. No pensarás que me iba a conformar con el sueldo de milico, ¿no?”.

“No sé, pero…”, balbuceó. Y continúo Pablito, al toque: “También tengo el lavadero de autos, que me lo “transferí” de un tipo que nos cargamos en el ‘ 77. Estaba bien ubicado y funcionando, así que aproveché y cuando en el ‘ 79 pedí la baja, un coronel de Caballería me propuso ir “miti y miti” con el lavadero y con un haras en Pilar que él se había “ganado” y al que le pusimos parte de la guita que le sacamos por el rescate a la familia de un diplomático. Pero uno “grosso, grosso”, ¿viste?”.

A esa altura de las “buenaventuranzas” de Pablito, no sabía si putearlo, meterle un papagayo en el culo o clavarle un jeringazo en el cogote.

Se contuvo.

“Pero Pablito, vos no eras así, te preocupaba la gente, tus amigos, la familia…”.

“Boludeces”, le dijo cortándolo en seco. “¿Cómo boludeces? Si vos…”.

“Mirá, mejor cortala. Vos hiciste la tuya, yo la mía y si te fue para el culo, allá vos”.

Pablito -desde ahora el hijo de puta de Pablito- enfiló para la sala común, donde ya lo estaba esperando la enfermera para hacerle alguna aplicación que aceptaría a regañadientes.

No podía sacarse de la cabeza que su compañero, su amigo de la infancia hubiera cambiado tanto: “La puta…¿cómo pasó esto…?”, se preguntó durante todo el día hasta la noche, cuando se servía la sopa (o algo parecido) a cada paciente, en una sala que le depararía una noche que no se hubiera imaginado.

Pablito (o Piluso) no consumía de la vianda común; se había hecho traer una porción de asado con fritas al mediodía y para la cena un cuarto de pollo con rusa y mal simulando –ya que había untado a un enfermero que le pasaba el morfi cuando el doctor no estaba-, se chupeteaba un tinto “Selección López” que era la envidia de los pacientes que, como lujo asiático, apenas si “libaban” agua mineral.

Y como corresponde a la preservación de la salud de los enfermos, en el hospital la cena se servía temprano y quizás porque la digestión le jugó una casi previsible mala pasada a las várices esofágicas sangrantes, Pablito (o Piluso) se descompuso y empezó a lanzar y escupir todo lo que guardaba su metro ochenta y pico. Temblaba de frío por la fiebre y su estado provocó un revuelo médico a su alrededor y alteró a toda la sala común.

Dijeron que lo controlaron, que lo estabilizaron dijeron. Pero entre las idas y venidas que significaron su atención, cuando quedó en su cama sólo se escuchaban sus quejidos que se fueron haciendo tenues y su respiración, entremezclada con breves ronquidos, sonaba jadeante y entrecortada.

Le colocaron dos biombos de tela alrededor de la cama que, obviamente, no ocultaban los sonidos inquietantes que emitía Piluso (o Pablito). La situación se prolongó aún después de que apagaron las luces de la sala.

Encima lo tenía cama por medio a la suya, por lo que resultaba inevitable escucharlo.

Medio dormido como estaba, tipo cuatro de la mañana, sintió que la respiración de Piluso (o Pablito) sonaba como una rueda de bicicleta de la niñez, de esas que perdían aire por el gomín y que cada vez se iba haciendo más esporádica, aunque acompasada.

Cuando los tubos fluorescentes de la sala se encendieron a pleno, los que pudieron irguieron sus cuerpos maltrechos para observar cómo la enfermera del turno retiraba el biombo y medio como que lo amortajaba por la cabeza a Piluso (o Pablito), cubriéndole el cuerpo, ya desnudo, con las sábanas que lo cobijaban.

Parecía que “la Huesuda” no sólo hubiera disparado el asombro contenido ante la posibilidad de una muerte que se había corporizado, sino que también hubiera saturado con su oscuridad la mirada de casi todos perdiéndose en algún punto indefinido del lugar, mostrando un vacío teñido de miedo y soledad que atenazaba ese pedazo de existencia compartido en la sala.

Pero lo que nadie había notado -salvo él, que fuera su amigo-, era que esa noche se había producido la segunda muerte del Capitán Piluso…o la única de Pablito.