(Ficciones en una ciudad de la furia)...
Se fue del bar “Los Muchachos” a la una de la mañana. La intensa semana de entrenamiento y el partido con San Miguel lo habían dejado fundido. Pero no quería evitar el juntarse con amigos para compartir y cerrar un sábado que ya la preanunciaba una semana movidita: los entrenamientos, el laburo en el taller mecánico, Laurita juntando cada peso para mandar los pibes a la escuela, la vieja, sus hermanos…
El 1500 sonaba como un violín. Arrancó y bordeando la plaza se encontró con Ricardo, amigo y socio en el taller, a quien los vagos habían rebautizado como “Harry el Sucio”, tanto por la apariencia que tenía tras cada jornada de trabajo, como la pasión que manifestaba por las películas del policía “Harry Callahan”, que el actor Clint Eastwood interpretaba para el cine.
Dispuesto a arrimar al Harry a su casa, no tuvo mejor idea que mandarse por la 25 de Mayo hasta el fondo…
A poca distancia de doblar, les cerró el paso una F-100 del ejército. Cuatro soldados rodearon el auto y un oficial se acercó a su ventanilla y les ordenó bajar.
La luz de la linterna hurgaba, curiosa, entre los papeles del auto y los documentos personales de cada uno de ellos, Mientras, no muy lejos, se escuchaban gritos e insultos inquietantes.
-Me van a tener que acompañar- les dijo el oficial- Síganme…
Tuvieron que dejar el auto y caminando los llevaron hasta la vereda del hotel que la Dálmine tenía a una cuadra y media.
De la puerta principal entraban y salían milicos armados gritando órdenes, puteadas, dando indicaciones, repartiendo papeles…y ellos parados ahí –“como dos boludos”, pensó él- esperando no sabían qué cosa.
-A ver ustedes, los del 1500 –vociferó uno con jinetas de sargento- Dirigirse a la vereda de enfrente.
Cruzaron la calle: la zona parquizada que contenía las piletas del club de fábrica y otras instalaciones, se abría a esa madrugada fría y cargada de niebla como una pesadilla casi dantesca en la que personas eran llevadas a empujones de aquí para allá, en medio del humo espeso de los caños de escape de los “unimogs”, que sólo era cortado por la gente que subían o bajaban de los vehículos. La ropa de color, de trabajo que vestían muchos, delataba el origen fabriquero de los presentes…y gritos que no sabían de dónde venían, se seguían amplificando en la madrugada.
-Caminen –indicó el milico y los depositó en una tienda de campaña con otra gente que parecía más asustada que ellos- Ya los van a llamar –dijo y se fue.
Por qué no preguntó qué carajo pasaba, por qué se calló la boca, no se lo iba a poder explicar nunca. Como tampoco entendía por qué se llevaban a golpes y empujones al Harry hacia un destino incierto que tuvo visos de certeza cuando le dijeron que podía irse y le devolvieron el auto y vio al Harry en una de las filas de personas que llevaban a la zona de vestuarios.
Pidió hablar con el oficial a cargo antes de subirse al coche, pero claramente le dijeron “no rompas las pelotas; si no querés seguir el camino del otro, quedate piola”.
No pegó un ojo desde que dejó el lugar y ni bien amaneció llamó al Negro Villanueva, un amigo abogado con quien se presentaron en la comisaría para hacer la denuncia por la detención del Harry. Ahí se cruzaron con el médico de policía, conocido profesional en el pueblo, que les dijo que se quedaran piolas y no jodieran, que en unos días lo largaban al Harry. El Negro y él se fueron a tomar un café al “Palacio” para charlar y ver cómo seguían con el tema. Y no tuvieron dudas: quedarse piolas, no joder y esperar noticias.
-Sabían todo, sabían todo…- repetía el Harry, sentado en la silla de mimbre desvencijada del taller. Sus ojos, de mirada perdida, lagrimeaban el dolor de las dos semanas de cautiverio. Y siguió contando…
-…Tenían la pileta llena de cuerpos y los depósitos de herramientas que había a los costados estaban llenos de gente que gritaba constantemente…capaz que por eso me llevaron al chalet de piedra en el Bajo, cerca de la UOM…alcance a ver unas piezas con elásticos de cama y había un olor a carne quemada, pelo chamuscado que te asfixiaba…-seguía contando, ante el oído atento de los dos.
-Cuando me aplicaban las descargas, los hijos de puta se reían y me decían “así que sos Harry el Sucio y te gustan las de pistoleros y policías. A ver si te gusta esta”…y me metían el caño de una pistola en la boca y largaban la descarga…Después venía el turro del “dotor”, me tomaba el pulso y decía “sigan dándole que aguanta”…y otra vez- y el Harry temblaba evocando su ausencia.
-…Un día o una noche, no sé, el “dotor” me dijo que ustedes andaban preguntando por mí y que si no les decía dónde estaba el Cacho Ortiz, de la gremial interna de fábrica, se los cargaban también…-
El frío de la madrugada parecía inundarles todo el cuerpo de sólo pensar que les tocara pasar por lo mismo que el Harry.
-Ése sí que es un hijo de puta…-saltó el Negro, recordando al “dotor”- yo lo encaro y lo cago bien a trompadas…-
-Pará, Negro, pará…-lo frenó- Hay que pensar en ayudar al Harry…a ver si lo vienen a buscar otra vez…-
Y el Harry agregó a sus horas de horror, la narración sobre cuando, en la tortura, se cagaba y meaba encima y le decían, burlándose, “ahora sí sos Harry el Sucio…”.
La premonición de que volvieran a buscarlo no se cumplió. Pero Harry tenía el miedo metido hasta los huesos. Junto con el Negro consiguieron mandarlo a Perú; allí enganchó laburo como mozo y hacía uno que otro de mecánica, situación que comentaba el Harry en cartas o en alguna espaciada llamada telefónica.
Cuando el Harry volvió, peinaba algunas canas, pero su capacidad como mecánico estaba intacta., por lo que su trabajo en el taller seguía.
Una tarde cualquiera paró un 504 y se aproximó un tipo. Era el “dotor”. Agradeció que no estuviera el Negro, que solía venir a matear al taller. Se bancó que el tipo le pidiera un presupuesto para hacerle carburación al auto.
Tenía tanta ira contenida que hasta que el tipo se fue, se olvidó que estaba el Harry.
Lo buscó. Estaba sentado al lado de la cocinita con la pava en la mano, casi petrificado, con un olor que apestaba…No tuvo más remedio que contar, el Harry, que cuando vio llegar al “dotor”, se “desgració” encima…
La última postal que recibieron en el taller y leyeron con el Negro, venía de Cuzco, donde el Harry se preparaba para ir a conocer Machu Pichu.
Allá, otra vez en Perú, sin temerle a ningún “dotor”, Harry el Sucio era Ricardo o simplemente, Harry.
No volvió.

