(Ficciones en una ciudad de la furia)......
El Toro Ponce no podía sacarse de los oídos el ruido del motor de la Galofré que lo llevaba hasta el recreo “Blondó”, recorriendo acompasadamente un canal que recibía, calmo, la lancha de pasajeros que venía de un Paraná de las Palmas que, ese día, trasuntaba una calma inusual que aplastaba tanto como los treinta y pico de grados que parecían derretirlo todo.
La Galofré lo dejó en el muelle del recreo, que ya no era lo que fuera; construcciones derruidas y yuyales verdosos no amilanaron su ánimo de preparar el mate y consumir el agua de un termo que aguantaría hasta la vuelta de la lancha.
En la margen de enfrente la escuela que visitara de vez en vez con su hermana maestra, Lita, abrigándole la mano en mañanas de invierno en que el río amarronado parecía devorar cada puesta de sol. También evocaba el lugar, tardes de pesca con cañas insulsas a las que hasta las mojarritas les eran esquivas.
Pero el momento en que la soledad y el abandono volvieron, mordiéndole el corazón, fue cuando se le corporizó la imagen de Padrecito gritando, puteando, pegando con el tubo de manguera negra lleno de arena…
Y a eso venía: a evocar afectos ausentes y odios presentes. No se bancaba que Padrecito todavía anduviera suelto e impune en el pueblo, como si nada, favorecido por las leyes de Alfonsín y los indultos de Menem.
Pegó la vuelta en la lancha, sabiendo que volvió al recreo de la isla buscando enterrar recuerdos. No pudo.
Padrecito se había retirado de la bonaerense cuando todavía no la mentaban como “la maldita policía” y en la actualidad, manejaba un negocio de venta de autopartes, con anexo de chapa y pintura, en barrio Villanueva; actividad que en la consideración de sus vecinos era la pantalla ideal para un reducidor de los quilates de Padrecito. Esa, justamente esa, era la lucrativa tarea del tipo después que chupaban gente: reducir el botín obtenido y repartir beneficios con sus compinches.
La isla y zonas aledañas al recreo o la escuela le dieron cobijo a tipos como Padrecito que disfrutaban picaneando, aplicando submarinos, tabicando sin remordimientos. Ahí o en otro lugar de por ahí, el Toro parecía revivir en cada parte del cuerpo cuando centraba sus pensamientos en Padrecito. Todavía dolía fuerte. Profundo.
Tenía todo armado y ensayado: lo levantaba a la salida del boliche, medio mamado como salía siempre, lo llevaba al basural cerca de San Cayetano, entraba por ruta 12, conocedor como era de cada recoveco del barrio, producto de años de ir a buscar o quedarse en la escuela con su hermana Lita, más la charla con vecinos, lo hacían baqueano.
No estaba ansioso en la espera: él también aprendió cómo acechar la presa. Dejó prendidos los faros del coche cuando bajó a Padrecito, amordazado y maniatado, quien todavía no entendía nada. Lo arrodilló de espaldas a un pozo repleto de basura inmunda. Le sacó la venda, se cegó por las luces del auto. La cara de hijo de puta no la había perdido.
-Padrecito, ¿cómo andás…?-
-¿Cómo me llamaste….?, ¿quién carajo sos vos…?- le dijo.
-Supuse que no te acordarías de mí…tampoco de todos a los que hiciste mierda….
-Dejate de joder…llevate la plata y dejate de joder.-
-¿No te acordás de los paseos al “Blondó”, del Cholo, de Natalio.?-preguntó.
Tal vez la mención del lugar lo puso sobre aviso de que la mano venía densa. Y ensayó.
-Pero mirá vos, otro zurdo resucitado, recibido de cagón, la quiere jugar de pesado- sentenció.
-No cambiaste, turro- afirmó.
Padrecito, ignorando preguntas o respuestas siguió.
-¿Qué sos, putito…monto, perro…no escarmentaste todavía…?, ¿qué sos…?- preguntaba.
-Para vos, tu cruz, la última puta luz que vas a ver…-
-Si te animás, putito, si te animás….-le escupió.
El Toro se acercó unos pasos y el Colt Caballito cobró protagonismo en la escena, con su metal negro mate y las cachas de madera marrones que asomaban de su mano.
No pudo evitar la evocación del motor de la Galofré, llevándolos , tabicados y sangrantes, hacia las manos de Padrecito…
-Te juro que me animo, Padrecito…- y amartilló el arma.
-¿Pensás que te voy a pedir perdón…? Cumplí con la patria. Valió la pena.
La boca del caño buscó el entrecejo de Padrecito. El rostro del quia, aunque magullado y tenso, empezó a rogar con una mueca, con el gesto propio de los desesperados.
Padrecito balbuceó un “Esperá”.
-¿Por qué…?- preguntó.
-Tengo familia, me necesitan…-
-Los que te nombré, ¿no tenían familia…?, los tres pibes del Cholo y te lo chupaste cuando entraba al turno de fábrica. Era más bueno que el pan el Cholo. Lo único que hacía era venir a charlar y cebar mate al sindicato…y lo tiraste como bolsa de papa en la lancha…-
-No tenía alternativa: eran ustedes o nosotros…-respondió.
Impiadosa, el arma se acercaba.
-Si te le animás al Barba, rezale…- le dijo el Toro.
-Perdoname, carajo, perdoname…perdonenme…- sollozó Padrecito.
-Estado de gracia- pensó el Toro.
Y apretó el gatillo.

