Esperando a Beatríz

Carlos Riedel25 mayo, 2014

Puso los dos platos, los cubiertos, los vasos. Emprolijó el mantel. Sumó el pan, el vino, la soda… Y Beatriz que no llegaba.

Calle_Real_(años_'70)

El calor era agobiante en cada rincón de la casa familiar, allá en el Bajo, cerca de la refinería. No se salvaba ni el Talar de Costa que ni siquiera respiraba una brisa entre tanto verde y el viejo árbol caído parecía más seco y muerto que nunca.

Prendió el televisor: el Franklin todavía respondía y “El Reporter Esso” venía cerrando la transmisión del día.

Atento como estaba mirando la tele, esperando a Beatriz, no sintió el inicio de la brisa, ni el aire fresco que empezó a saturar el ambiente.

-¿Qué carajo pasa…? Tiempo loco…- se dijo y se dirigió a una ventana para cerrarla.

No llegó. Una voz conocida y querible lo frenó.

-Dejá, Negrito, dejá…vení, tomate un vinito conmigo…-

Frente a él, más peinado que nunca “a la cachetada”, su abuelo, sonriente y bonachón, lo invitaba a sentarse a la mesa.

-Pero, viejo, vos no tenés que estar aquí…no podés estar aquí…-decía sin salir del asombro.

-Bueno, estoy, ¿no…?, y si estoy es porque me dejaron venir, ¿no te parece?- mientras el vino fluía, generoso, en el vaso.

-No puede ser, no puede ser…-repetía- vos estás…

-…ausente- le completó.

-¡No me jodás, abuelo…!-

-No te jodo- le respondió, calmado- Mirá, ahí vienen los demás…-

El “Hola, Negrito” que le dedicaron la abuela, su madre, los tíos, amigos que se fueron, lo paralizaron antes de insistirle en que compartieran la mesa. Se sentó con ellos.

-Era…era como solía ser…- fue lo único que se le ocurrió decir.

Después, hasta el ambiente retomó el caluroso verano. Se dejó llevar y compartió un tiempo que no sabía de dónde venía.

Y los miró a cada uno y le devolvieron cada mirada, sin nostalgias.

Tan ensimismado y pendiente estaba de ellos y del momento, que tardó en notar otra presencia y en sentir otra vez un frío extraño, particular…

-Negrito, ¿tenés chuchos de frío…?- dijo el abuelo y todos rieron, divertidos.

La mujer, jovial y taciturna, quebró el silencio que los separaba.

-Bueno, ya es hora…- y todos menos él, asintieron.

-Pero, ¿hora de qué…?- preguntó.

-De irnos –respondió la mujer- A no ser que…

-¿Qué cosa…? –repreguntó.

-…a no ser que quieras que ellos se queden, te acompañen, estén con vos…-

Sentía en todo el cuerpo esa sensación que sólo da el reencuentro con los afectos más queridos.

-Entonces…-

-Entonces, ellos se quedan, pero vienen conmigo Beatriz y tus sobrinos, los hijos que todavía no tenés.-pareció confiarle, calma, la mujer.

Miró, casi suplicante, a cada uno de esos queridos hasta hacía un instante ausentes, buscando una respuesta que sabía era sólo suya.

-Elegí…-insistió la mujer.

-Sin Beatriz, muerta en vida, mi hermana sin los chicos…-susurró.

-Entendemos.- parecían decirle ahora cada uno de ellos.

Se les acercó. Acarició cada rostro, besó cada mejilla, apretó fuerte cada cuerpo y sintió cerca del suyo cada afecto, ahora sí, por última vez.

Se fueron de a uno, sin que notara cuándo desapareció la mujer.

Escuchó el motor de la Siambretta a la puerta. Tan seguro estaba de que llegaba Beatriz como que los momentos que protagonizó no eran lo que fueron.

Trató de tranquilizarse y enfiló hacia la puerta para recibir a Beatriz, que entró puteando.

-¡La puta madre…! Esa motoneta de mierda casi nos mata…- gritaba, casi iracunda.

-¿Cómo casi los mata…? -dudó en preguntar.

-Claro, a mí y a los pibes de tu hermana. Esa puta moto se quedó sin frenos en la bajada de la Luis Costa y justo en la esquina del Provincia, a punto de cruzar la Real, una “cupé” Torino que viene a los pedos…no pasó nada porque no pasó…y los chicos tenían un susto…-parecía concluir Beatriz.

Se abrazaron.

-Y vos, ¿qué tal…?-preguntó ella.

La sonrisa que esbozó Beatriz, repleta de sus ojos vivaces y aún puteando por el susto, lo devolvieron a esa noche.
Noche de milanesas con puré y de alegría por arreglar la Siambretta; alegría que Beatriz no llegó a entender nunca….