Aprendizajes

Carlos Riedel11 mayo, 2014

La función de los martes en el cine Italia era sagrada: dos argentinas y una mexicana. O viceversa.

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Ese día la serie “Patrulla de caminos”, no podía empardarle al blanco y negro que contrastaba en imágenes de Hugo del Carril en “El último payador”. Y, encima, cantaba.

Pero en la que las lágrimas se le hicieron rostro, fue cuando Luis Sandrini quiso clavar un rayito de sol en el piso para que su viejita recuperara la vista.

Lo que no entendía muy bien, era por qué Jorge Negrete, Miguel Aceves Mejía o Pedro Arméndariz se parecían tanto a los “convoy” del “far west”...

El tiempo y alguna lectura voraz le mostraron que la silla de montar de John Wayne ( o de sus émulos), eran de origen mejicano y no un invento de John Ford.

Aunque también es cierto que, en algunos otros martes, dos escenas fílmicas lo inquietaron y hasta sobresaltaron. Una, cuando la Coca Sarli llenó la pantalla y su puber visión con unas tetas tremebundas en “La burrerita de Ipacaraí”, que todavía parecen sacudir su erotismo primordial. Otra, cuando Tita Merello se bancaba la palabra que daba título a una película, mientras Luis Medina Castro buscaba asimilar el artero improperio: “¡Guacho!”, que a él le retumbaba en su cabeza que, ignorante al fin de cuentas, no tenía claro el significado de la palabreja.

Pero fueron las escenas de “Shunko” las que habitaron por un largo rato su incipiente memoria reflexiva de martes de cine con sanguchitos o maní con chocolate.

No podía ser cierto que los pibes apenas pudieran vestirse los pies con alpargatas o que los despreciaran por ser morochos o algo así.

Después de todo, en el pueblo sólo tenían esa facha los del conventillo de la vuelta o los que vivían en Villa Moscato en la lejana ruta 12 o los que pedían en las casas.

Le costó entender. Tal vez, no supo aprender.

Cuando pasó por el secundario, vio y oyó cómo la directora le indicaba a una preceptora que Norma, una de sus compañeras, tenía que ir a la escuela, sí o sí, “con zapatos, no con esas zapatillas deplorables”.

Esa vez, el llanto de Norma le quemaba más que las lágrimas que le provocara Sandrini en el cine. Norma era una buena piba, solidaria, generosa. Se había venido con sus viejos y tres hermanos desde Entre Ríos. Eran gente de trabajo y vivían en un barrio.

¿Qué veía de malo esa vieja arpía de la directora en una piba como Norma que, además, tenía esos hermosos ojos color café que parecía se le escapaban de las órbitas...?, ¿tanto le molestaban las zapatillas que no podía apreciar ese pelo azabache enrulado...?.

No tuvo respuestas, ni lo supo en ese momento. Fue en otro.

Supo, al tiempo de haber visto la película, que Lautaro Murúa, el protagonista, también era el director de “Shunko”, ya que en su primera época de cine no le daba bola a lo que llaman “créditos” o “títulos”, y que el autor del libro, de la obra literaria que daba título a la película, se llamaba Alvaro Yunque. También supo que estaban prohibidos, silenciados en el país. Y hasta exiliados.

Norma también se tuvo que callar la boca. No permitió que hubiera una segunda vez de humillaciones. Su militancia consecuente en el centro de estudiantes fructificó en el raje que le dieron a la vieja bruja de la directora, hecho que fue debidamente celebrado por el estudiantado y más de un profesor.

Igual no alcanzó.

Norma terminó el ciclo básico y se fue a vivir con su familia a Rosario, urgida quizás por el laburo del viejo, pero también por los aprietes que le prodigaban los “fieles” docentes de la bruja.

El último mate mañanero lo vuelve a alentar para afrontar otro día.

Los pibes hoy esperan ligar alguna zapatilla, tanto como sus viejos una changa. Todavía hay muchos que no conocen la Plaza principal, ni han ido a una función de cine.

A lo mejor por eso está convencido de que vale la pena el esfuerzo del paseo que organizó la escuela, con entrada al cine incluida.

Rueda el 1112 medio destartalado de don Ramírez, cargado del colorido de un día de sol a pleno. No puede evitar ver reflejada en la cara de cada pibita o pibito, el rostro de una Norma ya lejana en el tiempo, pero incorporada a la memoria.

Entrecierra los ojos y ve al personaje de Murúa llevando a sus alumnos a un acto oficial en el pueblo. Se le pierden los colores iniciales. La realidad sigue contrastando en blanco y negro.

Mira el camino que se abre a la ruta.

No se rinde.
Tal vez –piensa- supo aprender.