Dios

Carlos Riedel24 junio, 2015

Por Leonardo Killian - elgatocanoso@yahoo.com.ar - ... La Gran Asamblea Ecuménica por fin se había puesto de acuerdo. Cardenales, rabinos, imanes, pastores, lamas y chamanes. Representantes de todas las religiones se abrazaban como hermanos. La discusión había llegado a su fin.

Nubes

Lo que parecía ser una cuestión semántica se convirtió en ideológica. El "Programa de las Naciones Unidas para la Búsqueda de Dios" según algunos, escéptico y agnóstico, mutó por el más apropiado: "Programa de las Naciones Unidas para el Encuentro con Dios".

El mundo se había vuelto miserable e irracional. El capitalismo había arrasado con los estados nacionales y lo que quedaba de estos era una patética muestra de impotencia para controlar el despiadado sistema de corporaciones que controlaba el planeta.

Habían vuelto antiguas lacras como la esclavitud y las guerras de religión. Guerras emprendidas por ejércitos privados para el control de nuevos mercados y que la propaganda travestía como "conflictos religiosos".

Las Naciones Unidas eran, de hecho, un instrumento más de la dominación mundial.

El viejo foro de discusiones servía ahora para cosas que un siglo atrás hubiesen levantado un mar de indignación. La anulación de los derechos elementales para las naciones "atrasadas" justificaba nuevamente la esclavitud de africanos, eslavos y mestizos americanos.

Las "repúblicas" eran fachadas vergonzantes donde minorías oligárquicas ejercían un poder brutal e idiotizante. Una cultura planetaria basada en el consumo había barrido con las particularidades y sólo se hablaban media docena de lenguas.

Las grandes cadenas de televisión, la música estridente y las drogas sintéticas habían convertido a los humanos en un rebaño embrutecido.

Los libros eran objetos despreciados por las mayorías. Los jefes políticos y religiosos hacían continuas campañas en su contra. No era extraño que las viejas religiones hubiesen vuelto con un poder semejante al del mundo medieval.

Con el regreso de los estados teocráticos, a nadie le sorprendió que científicos de todo el mundo se propusieran hablar con Dios, o por lo menos, escucharlo. Representantes de las religiones más numerosas, reunidos en una gran asamblea ecuménica, propusieron una simple pregunta que debía repetirse en todas las lenguas conocidas.

"Padre celestial ¿Nos escuchas? ¿Podrías enviarnos un mensaje? Los hombres y mujeres del planeta Tierra esperamos una señal tuya".

Las gigantescas antenas del SETI, con las que se buscaba desde hacía más de un siglo alguna señal de vida extraterrestre, rastreaban ahora la voz del eterno. Todos quisieron tener aunque fuera una porción de gloria. Se montaron gigantescos monitores en red en Jerusalén, El Vaticano, La Meca, Tibet, pero también en Machu Pichu, en las estepas siberianas y en los polos.

Nadie quería estar ajeno. Al año de insistir con la emisión, unos jeroglíficos que aparecieron en las pantallas hicieron detener el corazón de los técnicos que, rutinaria y desganadamente, pasaban sus horas entre el póquer y la televisión. Durante varias generaciones habían esperado en vano alguna señal de vida extraterrestre. Era la primera vez que algo sucedía.

Durante días las sofisticadas computadoras se llenaron de signos incomprensibles. No faltó la idea conspirativa sobre un hacker bromista, pero rápidamente se descartó. La señal venía de los cielos.

Lingüistas, semiólogos y expertos en decodificación discutieron y analizaron hasta el cansancio las siete líneas que se repetían. El 7, número cabalístico por excelencia, pensó algún rabino trasnochado. El que contestaba no podía ser otro que el Dios judeo-cristiano.

Sin embargo la lengua utilizada era una antigua forma semítica caldea a la que se fue agregando el arameo, copto, chino mandarín, luego maya, latín, griego, y por fin formas más modernas del árabe y hebreo. Otras resultaron incomprensibles aun para los más sabios.

En todas, el mismo mensaje se repetía invariable.
Durante más de un mes se rastreó toda posibilidad de engaño hasta desecharse la más remota. El mensaje era inequívocamente la voz del Supremo Hacedor que contestaba a la pregunta. Siglos y siglos de espera culminaban.

Las multitudes congregadas frente a las enormes pantallas estaban en éxtasis. En Roma, el Papa, hincado en posición suplicante, competía con las imágenes del Gran Rabino y con la de los ayatolás, que parecían estar en trance. Hubo escenas de histeria, de llanto y rezos frenéticos. De rodillas, los hombres veían como alucinados el mensaje del Creador.

Cuando por fin se detuvo la escritura que sin duda abarcaba todas las lenguas humanas, un estremecimiento recorrió el planeta.
En la vieja lengua de Cervantes el Padre Eterno decía inequívocamente.
"LA PUTÍSIMA MADRE QUE LOS PARIÓ. DIOS".

El sentimiento general, que era en principio de asombro y estupefacción, se transformó con las horas en furia homicida. En las grandes ciudades, inocentes grupos de Hare Krishna que cantaban en los parques fueron perseguidos y asesinados a garrotazos por turbas enloquecidas. Los temores atávicos encendían el peor de los odios.

La respuesta levantó una ola de interrogantes y de discusiones teológicas. ¿A quién se refería el Supremo Padre Celestial? ¿Había entonces una madre primordial ya olvidada? Cristianos, mahometanos y judíos de todas las tendencias se acusaban mutuamente del mal humor divino. El clima de fraternidad se quebró como un cristal y las explosiones atómicas volvieron a asolar la Tierra.

"Ya habrá tiempo de mejorar las cosas", comentó con una sonrisa alcohólica George Bush IV, el presidente de los Estados Cristianos de América en la asamblea extraordinaria de las Naciones Unidas.

El representante de la joven República Evangélica de Patagonia, uno de los territorios en que se había dividido la República Argentina luego de la guerra civil de fines del siglo XXI, fue el primero en aplaudir el estúpido chiste.