MúsicaRéquiem para un tiempo feliz

Carlos Riedel27 julio, 2020

Por Juan Carlos Diez… Hace medio siglo Los Gatos editaban “Rock de la mujer perdida”, trabajo que condensó el gran momento del grupo, que sin saberlo daba su canto de cisne.

Como toda obra artística de envergadura, Rock de la mujer perdida, editado hoy hace 50 años, es un álbum que trasciende el paso del tiempo. La calidad y contundencia del sonido sumado al nivel musical del grupo y las originales composiciones de Litto Nebbia, hacen de este trabajo una joya inalterable, difícil de igualar.

 

La salida de “La balsa”, sólo tres años antes, en 1967, fue un momento histórico en el que la banda, siguiendo la brújula de la audacia y la innovación, abrió un horizonte expresivo al grabar en castellano y protagonizar así la “fundación mítica” de un nuevo género popular: el rock argentino.

A partir de entonces, muchos jóvenes músicos y sus grupos, vieron que era posible hacer rock en un lenguaje propio sin depender de las canciones cantadas en inglés. Fue una verdadera revolución estética en la que Litto Nebbia (voz y composición), Ciro Fogliatta (teclados), Oscar Moro (batería), Alfredo Toth (bajo) y Kay Galifi (guitarra) sembraron en los surcos de sus discos de vinilo, semillas de un nuevo lenguaje musical popular con el que se identificó una generación.

“Nunca existe una fórmula para este tipo de cosas. No es algo que pueda plasmar alguien solamente por un capricho publicitario o comercial. Son cuestiones de destino, talento y de condiciones sociales necesarias. Los Gatos aparecimos casi un par de años después de la experiencia piloto que fue Los Gatos Salvajes. Cuando Los Gatos Salvajes teníamos, suponte, mil adolescentes que nos seguían, con Los Gatos, teníamos miles no solo en todo el país sino en toda Latinoamérica. No había otra cosa y la nueva generación clamaba por un nuevo lenguaje, otra expresión que los distanciara de las cosas de sus mayores”, explica Litto Nebbia.

Después de tres discos, Los Gatos I (1967), Los Gatos II (1968) y Seremos amigos (1968), en donde las melodías de Nebbia se visten de un estilo pop o “beat”, para usar un término de la época, con aportes de grandes instrumentistas y un sonido grupal tan definido como personal, en 1969 deciden separarse por un tiempo. Nebbia inicia su carrera solista y el resto de la banda viaja a los Estados Unidos. “Las disoluciones de Los Gatos, siempre fueron motivadas por una necesidad creativa distinta de sus integrantes. Todo en pos de no seguir manteniendo el grupo solamente por el hecho material”, aclara Nebbia.

Después de unos meses en Nueva York, el guitarrista Kay Galifi regresa a Río de Janeiro, donde se casa y se afinca para siempre, dejando el grupo. Ciro, Moro y Toth pasan ocho meses viviendo en el Village una experiencia inolvidable. “Compramos equipos. Yo me compré un órgano Hammmond, modelo L-100 un año antes que lo dejaran de fabricar. Moro se compró una batería Ludwig con dos bombos. Vimos a The Band, The Mothers of Invention, el grupo de Frank Zappa, Procol Harum. Santana, a Jimi Hendrix… Fue algo tremendo. El Village era el barrio de los artistas, de los hippies, de los negros que se mudaban allí. Nos pasábamos todo el día entre esa gente que era una verdadera comunidad”, recuerda Fogliatta, tecladista del grupo.

– ¿Esa experiencia los influenció musicalmente?

– Nos influenció muchísimo y de varias maneras. Yo estoy impresionado todavía. Cuando volvimos con Los Gatos, ya con la incorporación de Pappo, teníamos todas esas influencias y otro sonido en la cabeza. Grabamos Beat Número Uno, en 1969, que fue un disco de transición y en 1970, Rock de la mujer perdida. Litto siempre fue un compositor muy prolífico y tuvo que escribir canciones para esta nueva etapa.

El tema “Rock de la mujer perdida” sale primero en simple. Es un rock poderoso con dos solos monumentales de Pappo y Ciro en órgano Hammond, instrumento que en parte, junto a la guitarra del Carpo, marcan el nuevo rumbo sonoro de Los Gatos.

El sonido del disco llama la atención por su calidad; algo nada usual para los discos de esa época grabados en el país. “Nosotros -continúa Fogliatta- éramos unos obsesivos del sonido. Ya con Los Gatos Salvajes habíamos hecho cerca de 400 presentaciones. Nos sabíamos todos los trucos y teníamos mucha experiencia. Por ejemplo, aprendimos que un vinilo si tenía más de 18 minutos por lado, los bajos no sonaban igual. Estábamos presentes en el corte del disco, en todas las etapas”, explica el mítico tecladista.

Para el “Rock de la mujer perdida”, que en principio iba a llamarse “Rock de la mujer podrida”, título al que se opuso la compañía grabadora, Los Gatos se instalaron en los estudios TNT, donde además de ensayar, grababan.

“El disco prácticamente fue hecho sin ensayos. Hoy lo escucho y está muy bien. El guitarrista es el que le da a un grupo un sonido, una particularidad. Pappo era muy bueno. Y el tecladista es un poco el George Martin de la banda. El disco está producido por nosotros. En Europa después aprendí que es muy valioso, muy importante, tener un buen productor”, cuenta Ciro.

Rock de la mujer… es el primer y único disco en donde no aparecen Los Gatos en la tapa, sino una mujer de larga cabellera enrulada y formas rotundas. Muchos pensaban que era el mismísimo Ciro travestido pero nada más lejos: era una modelo que frecuentaba la Galería del Este y conocía al fotógrafo del álbum, Oscar Boni.

“En esa época la tecnología de los estudios era solo una consola de cuatro canales”, recuerda Alfredo Toth. “Todos aportábamos ideas y probábamos arreglos. Nuestra estadía en los Estados Unidos y ver todos los viernes en el Fillmore East a grupos como The Who presentando “Tommy” o a Chicago nos hizo volver con unas ganas de tocar increíbles. Recuerdo a Pappo grabando “Blues de la calle 23” sacando el sonido de una guitarra slide con un cenicero de vidrio. Fue una época bárbara”.

El disco abre con “Rock de la mujer perdida” y sigue con otro tema de fuerte impacto, “Réquiem para un hombre feliz”. La voz inconfundible de Nebbia era un contrapeso muy importante que le aportaba un color muy personal al grupo, ya que mantenía su timbre melódico, su falsete y su estilo diferente a las voces más duras de algunos cantantes de la época.

La balada blusera “Los días de Actemio”, con su melancólico clima, muestra la calidad de la banda en las sutilezas de la base, el piano acústico y el solo de flauta de Ciro junto a las frases bluseras de Pappo que le aportan a la canción un toque muy especial.

El disco sigue con una improvisación grupal, sin Nebbia, en el tema “Invasión”, con Pappo al frente con su guitarra Gibson Les Paul Custom y una base muy rockera que antecede al rock and roll, “Mujer de carbón”, con un swing que remite a los pioneros del género en los años cincuenta. También hay lugar para el despojado “Blues de la calle 23” y el clima potente y con variedad de sonoridades logrado en temas como “Por qué bajamos a la ciudad”.En todos los temas, la base rítmica de Alfredo y Moro brilla.

“Moro era un baterista fuera de serie que reunía muchas condiciones como la de tener una técnica propia y, a la vez, una capacidad de adaptación impresionante a cada una de las músicas que lo convocaban. Creo que es el baterista argentino que tocó en la mayor cantidad de bandas célebres”, cuenta Rodolfo García, baterista de Almendra, Aquelarre y hoy de Jaguar. “Yo era un fan total de Los Gatos y cuando, en el 2007, me convocaron ellos a la reunión/ homenaje al grupo para, junto a Daniel Colombres, reemplazar al querido Morito, fue una emoción muy grande. Para mí tocar con los Gatos fue el sueño del pibe. El tema “Rock de la mujer perdida” es uno de los más logrados del rock argentino. Y en todo el disco el Hammond a full de Ciro y el plus de un violero con las características y el sonido de Pappo, fueron marcas distintivas de un grupo muy compacto. Después de ellos no hubo mucho para comparar. Esa es la verdad”, asegura Rodolfo.

“El disco es tremendo. Ya en el “Rock de la mujer perdida” hay dos solos increíbles de Ciro y Pappo. No sé si hay otro rock tan bueno donde encuentres dos solos de tanta calidad juntos que, además, fueron grabados muy espontáneamente”, señala Toth.

En el tema “No fui hecho para esta tierra” se escucha a Litto Nebbia cantando “Soy de este lugar, nací en este lugar” a toda voz. Cincuenta años después, suena casi como la declaración de principios de un movimiento en ese entonces floreciente. Y de un grupo que dejaba en este trabajo final la maravillosa impronta de un disco que burló el paso del tiempo.

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