¿Qué toma, Borges? Un semillón

Carlos Riedel4 noviembre, 2012

“Dedicado por Borges. Es la pérdida que más me duele. Pisos, alfombras, ropa, todo se va a ir secando. Este libro quedó arruinado. Borges murió, la dedicatoria vivía. Cómo no voy a llorar”, justifica la señora de Romero. “A vos no te lo dedicó”, dice su marido. “¿Ah, no? «A Elvira Romero», escribió con esa letra menudita que tenía. Soy yo. Y no sé por qué le hice poner tu apellido”.

Por Luis Soto (Telam)

“La dedicatoria fue para la mina parada en el lugar 127 de la cola. Nada personal”.

“A veces no entiendo por qué estamos juntos”, reflexiona la mujer. “Yo tampoco. Pero te aclaro que la alfombra cuesta ocho lucas y el saco de cuero, dos”, remata Romero.

“Sigue lloviendo. ¿Adónde vas?”, cuestiona ella al ver que el hombre avanza hacia la puerta de la casa empuñando el paraguas. “A dar una vuelta”. “Estás loco.  A las 9 de la mañana, y en medio de este despelote, te rajás. Poner ollas debajo de las goteras no es solución”. “Calma, mujer. Traigo milanesas. No cocines”.

Santiago Romero enfila en línea recta hacia el bar de la estación de trenes. Busca el resguardo del techo de chapa, se acomoda frente a la barra y pide un cortado.

“¿Quiere hojear el diario?”, ofrece el mozo. Romero espía el logo de tapa. “Ese no”. Sentado un par de taburetes más allá hay un segundo poblador del boliche.

De traje azul, camisa y corbata, bambolea la cabeza alrededor de un vaso lleno de una bebida de un amarillo pálido.

“El viejo y desahuciado semillón”, se dice Romero, creyendo adivinar. Se siente observado el de azul.

“No se equivoque”, dice. “Siempre me equivoco”, se engancha Romero.

“Tomar vino blanco berreta desde la mattina es fusilarse”. “Cada uno elige...”, insinúa Romero.

“Los del semillón siempre andan bien afeitados. Tratan de parecer correctos. Toque..., tengo barba de una semana. Largué el escabio. El vaso tiene unas gotas de licor de huevo, lo hace mi hija, y un chorro de soda. Pongo cara de curda para defender un rato de vida privada. Entro a trabajar a las 11”, explica el de azul.

 “El tren de 9.36 a Constitución viene con 20 de retraso”, gritan desde la boletería.

“¿No quiere el diario, entonces?”, insiste el mozo. “No”.

“Estamos charlando”, dice el de azul. Se sirve licor de una petaca, agrega soda y copa la charla.

“Antes las cosas eran más simples. Yo paraba en una esquina de Flores. Había un buzón de aquellos colorados. Los viejos del barrio no se le arrimaban. «Se traga gente, como una boa», decían. El buzón, sí. Parte de la gente, no todo. Parece que atacaba de noche, cuando los pibes reventaban los faroles a hondazos. En 1946 se comió la oreja de un violinista de orquesta típica”.

“¿Qué orquesta?”, pregunta Romero, inquieto por el brote surrealista. “La de Ricardo Tanturi”.

“Está hablando en joda…”, manda Romero. “Qué joda… Fue el 22 de julio de 1946. Los diarios se negaron a dar la noticia. Y la mala leche. De un músico va a tragarse justo la oreja”, se pone serio el de azul.

Romero alza la mirada y por el espejo horizontal ve que el índice del mozo toca varias veces la sien. “Colifa”, traduce Romero.

Y para contener el alud habilita una veta nueva: “¿le tira el fútbol?, yo soy hincha de Excursionistas”.

“Me gustaba lo que podía hacer en el vestuario. En la cancha era una camiseta, un número, nada más. Nunca metí un gol yo. Ni en esos picados de baldío. Nunca, ¿eh? ¿Conoce a otro argentino con semejante drama encima? Borges, me dijeron. Y López Rega”, el de azul bebe un trago y hace una pausa. “Otra vez Borges… Y éste no es snob como mi mujer. Me cago en el jardín de pendejos que se trifulcan”, procura ubicarse Romero.

“Bañarme después del partido me gustaba —reanuda su discurso el de azul—. En general empezaba levantando el pie izquierdo, toque de jabón y después frotaba empeine y uñas con esponja. Enjuague y pasaba al derecho. Un montón de años duró esa manera de bañarme. Los dedos se movían solos, no me necesitaban. Hasta que me abrí del fútbol”.

“¿Por qué se abrió?”.

“Y… la excomúnica de no meter un gol. Había una orden de arriba. ¿Qué sentido tiene prohibir que a un mediocre marcador de punta le toque hacer un gol?. Tira un centro, la pelota se desvía y entra. De pedo, sí, pero es gol. Ni siquiera eso. Hay  mafias. Y eso que nunca he tenido enemigos. Fíjese que ningún  pescado me clavó una espina, no me picó ningún mosquito, no tuve sabañones, ni culebrilla. Un fenómeno. Disculpe, necesito ir al tualé”, dice el de azul.

El mozo se acerca a Romero y desliza un informe. “Aquí para un enfermero. Le encuentra cara conocida a este hombre, Víctor. Apenas eso, un aire. Por ahí no es. Fuera del chamuyo, cliente tranquilo. Viene siempre. Trae ese menjunje y paga un agua con gas. Es la segunda vez que cuenta lo del violinista”.

“¿Enfermero de dónde?”. “Del Bor…”. “¡Guarda!”, italianiza Romero el alerta. El mozo  simula entregarse al zapping.

Víctor llega con la bragueta desabrochada. “Hablábamos de aquellas duchas después de jugar. «Ya la vas a meter, Víctor», me cargaban. Imagínese veinte monos desnudos y yo con mi drama. Pasó el tiempo y hoy mi hijo ve los partidos por televisión. Repite las barbaridades que vomitan los relatores. Palabras que no existían. No sé si se dio cuenta. Sin ir más lejos, isquiotibiales. Una parte del cuerpo es. De los cuerpos de ahora. Porque hasta 1985, 1990, los cuerpos venían con meniscos, pero sin isquiotibiales. Otra. «A que patea con la cara interna», dice mi hijo. Al rato el relator comenta que Messi le pegó a la pelota con la cara interna. Los mensajes llegan, uno no es de piedra. Un día entré al baño, levanté el pie izquierdo y no sabía qué cara tenía que enjabonar primero. Cara externa, preferí, y desde entonces siempre arranco con esa. Le tomé idea a la otra. En realidad, desconfío de todo lo interno. Además trato de no confiar en la valla desguarnecida y sobre todo en la pelota que busca la mano. Una discusión interminable: ¿la mano busca a la pelota o la buscona fue la pelota? El esférico, decían, ¿se acuerda?. En la pelota que busca la mano hay una carga…, pornográfica no: erótica. Y poco coraje cívico. Esa pelota me calienta. No se ría: son ocurrencias de tipo separado. Míre qué curioso: con esta pilcha me casé”, recupera aliento el orador.

Romero se ha ido interesando en el monólogo. Siente que Víctor no para de improvisar, que es una especie de homenaje, que debe soltarse y colaborar, siente.

“Es cierto. La pelota se convierte en una mina sensual y perversa. Como Isabel Sarli, cuando era sensual y perversa”, le sale a Romero.

“¿La Coca perversa? Vamos, viejo... Las gambas que tenía, y sin isquiotibiales…”, rechaza desafiante Víctor. “¿Qué carajo hago con este hijo del Bor?”, se plantea Romero.

Mira el reloj: 9.54,  y le hace una seña al mozo. “¿Qué tomar, otro cortado?”. Santiago Romero queda en silencio. Ya sabe qué va a decir.

Cuenta las letras de la palabra clave: ocho. “Un semillón”, pide y ahí nomás invita: “¿se prende, compañero?”.