Silvia Bleichmar fue una psicoanalista argentina que escribió muchísimos textos técnicos y como una buena psicoanalista no dejó la realidad social fuera de su pensamiento crítico, ni del consultorio. Los que nos hemos formado en el psicoanálisis argentino, tenemos siempre personajes que nos han marcado el camino, como los fueron Mary Langer, Enrique Pichón Riviere, José Bleger, el gran Fernando Ulloa o Silvia Bleichmar.
Por Jorge Collado
Silvia Bleichmar falleció en agosto de 2007, pero se recordaran algunas contratapas de Página 12 o un librito que se llama "Dolor país" que ilustra aquellos días de furia de diciembre del 2001, con los cacerolazos y la caída de De la Rúa.
Quiero recordar algunas características y algunas reflexiones de Bleichmar de aquellos cacerolazos y hacer alguna comparación con estas manifestaciones que estamos viviendo por estos días.
En principio recordemos que los cacerolazos de diciembre de 2001 se iniciaron con saqueos a supermercados, con gente comiendo caballos y perros en el gran Rosario, con hambre y sin trabajo, sin planes sociales que contuvieran las necesidades de los más carentes.
Como dice Bleichmar, se medía el “riesgo país” y no se atendía el índice interno del “Dolor País”.
El neoliberalismo en su máxima expresión generando desigualdades extremas y dolor. Años atrás se solía ver a grupos de piqueteros en la puerta de alguna fabrica para impedir el cierre de esta, organizando una olla popular para bancar a los compañeros cesanteados y en poco tiempo no había puerta de fabrica y la olla popular se organizaba en una parroquia, un sindicato de trabajadores sin trabajo o en los benditos comedores que empezaron a proliferar por los barrios.
No había dinero y los argentinos empezamos a intercambiar servicios por alimentos e instauramos el trueque.
La noche del 19 de diciembre todos salimos a la calle y se sintió también el sonar de las cacerolas de los habitantes de los lugares más acomodados de la ciudad que también habían sido expropiados de sus pertenencias. Es decir, los argentinos, no teníamos trabajo, habíamos perdido el derecho a la salud y al alimento, no existía el dinero, habíamos recurrido al trueque,la Argentina vivía en un caos insostenible.
El menemato se había encargado de destruir la industria argentina, el campo, la cultura del trabajo y en la Argentina se vivían situaciones de estallidos de bombas por parte del terrorismo internacional, que había encontrado un lugar fértil en estas tierras ya que desde el gobierno se permitían que traficantes de armas y del narcotráfico obtuvieran protección para hacer los viles negocios de la venta de armas.
No vivíamos en un país sádico o cruel o agresivo, ya que el sádico reconoce el cuerpo del otro como objeto de su goce, pero en aquellos tiempos la acción del neoliberalismo no se sostenía en el intento de demoler a un enemigo, sino en el desconocimiento liso y llano de su existencia, en la ausencia de todo reconocimiento de lo que se produce en el otro como semejante, en la desarticulación de toda empatía.
Bajo esta forma se ejercitó en nuestro país lo que Hanna Arendt llamó “La Banalidad del mal”.
El hecho es que cualquier burócrata desde un escritorio sin pensar en los sufrientes de sus medidas, impulsaba sus acciones a partir de las recetas que llegaban del FMI. No hay en el burócrata deseo de destrucción, agresividad, sadismo, crueldad, como formas subjetivas de placer. Simplemente hay una falla en la capacidad de reconocer de que se estaba destruyendo a seres humanos en la dimensión moral y física.
En la Argentina hemos pasado por el proceso de destrucción bajo modos que se caracterizaron dominantemente por la agresividad, el sadismo o la crueldad. Y no es necesario que me detenga en esto, todos sabemos de qué hablamos, cada uno puede recordar un número de historias al respecto y por suerte la justica tardía está llegando y los crueles militares caen presos.
Hanna Arendt teoriza un concepto a partir del burócrata nazi que manda a la muerte, desde su planilla de administración de la cama de gas, en su cómodo escritorio a gente que para él no tiene ni cara, ni historia y se transforma en un mero número: La Banalidad de Mal tiene una larga historia en la Argentina, tanta como la crueldad, el sadismo y la violencia.
La Banalidad del mal encuentra su punto de máxima expresión en aquellos últimos días del gobierno de De la Rúa.
Podemos decir en este sentido que los modos del capitalismo salvaje, neoliberal, al menos bajo la forma que nosotros los hemos conocido y que hoy son el fantasma que recorre Europa, evolucionó a una etapa superior a aquellas con las cuales se ejercitó todo el poder anterior a nivel económico.
Porque así como el nazismo tuvo esa cualidad particular no solo de haber matado a millones de personas con intención genocida, lo cual ya habían hecho los turcos en Armenia y mucho antes los cristianos a los turcos, que hicieron los españoles católicos en América y un poco más acá en el tiempo, en nuestro sur de aire cortante y cielo transparente, en su versión de un farsante de Custer llamado Roca, que se dedicó a matar indios antes de ser presidente y generó esa sarta de hijos y nietos de los asesinos de indios que se repartieron las tierras según la cantidad de orejas de indios que le llevaran al general.
Ese mismo general que buscaba la forma de ser eficaz en el asesinato para disminuir el gasto bélico y que llevaba registros minuciosos es el artífice de la Banalidad del mal en la Argentina y el presidente De la Rúa el artífice de la Banalidad del mal por no tener el coraje que sí tuvo Néstor Kirchner de terminar con la dictadura del FMI.
La Banalidad del mal es la indiferencia, la posibilidad del ejercicio de una acción de destrucción sin la menor compasión porque la víctima ha dejado de ser nuestro semejante y es un indio, un negro de mierda, un katango, un negro k, un descamisado, un peroncho. Y sus artífices hermanos latinoamericanos, peruca, bolita, paragua, etc.
En la Austria ocupada por la Banalidad del mal un médico describió un modo patológico del funcionamiento psíquico que se conoce hoy con su nombre, como el síndrome de Asperger, caracterizado por ser una suerte de autismo que no implica deterioro intelectual, sino vacío de significación.
No es casual que el descubrimiento venga de un país y de una época en el cual gran parte de la población había llegado a funcionar con la indiferencia absoluta por el contenido ético de su propia acción, con escisiones severas que se expresaban en lagrimas profundas por una ópera de Wagner, más la indiferencia total ante la mirada vaciada de los niños destinados a la muerte en la cámara de gas.
Ese síndrome de Asperger vivió entre nosotros, no solo en el presidente De la Rúa, sino también en el señor que pagaba su hipoteca mientras su mujer se moría de tuberculosis, sus hijos de inanición y el padre por falta de medicamentos y seguía convencido y tratando de convencer a todos de la necesidad, no ya moral, sino material de pagar esa deuda cuyo incumplimiento, dice les auguraba la muerte.
Así era aquella Argentina del cacerolazo del 2001, que dejo victimas y secuelas que por mucho tiempo vamos a seguir tratando de sobrellevar, dejo criminalidad, falta de ley, perdida de la cultura de trabajo, egoísmos, narcisismos, que llevarán muchos años subsanar y de los cuales no es responsable el gobierno actual y que sí tiene una política de seguridad que se llama inclusión.
Otra muy distinta es esta Argentina del 2012, con índices de ocupación importantes con el mejor PBI de la historia, con una política clara de inclusión de las clases más necesitadas, con una deuda externa saneada, con el viento de cola de los comoditis agrarios.
Todos sabemos que los planes sociales no son mejores que el trabajo, pero los planes sociales fueron necesarios para que la gente no coma perros o caballos en la calle como en el 2001.
Un pueblo que no tiene memoria repite sus males. Freud decía: “repetimos para no recordar”.
Bueno los Argentinos no deberíamos repetir la historia del neoliberalismo, necesitamos gobiernos progresistas, no de derecha, no neoliberales, no salvajemente capitalistas. Recordemos para no repetir, tengamos conciencia histórica y de clase.
Podría contar que desde 2003 a la fecha recuperamos, la esperanza, la ley y la dignidad histórica que perdimos en el 55, ya que soportamos 21 años de gobiernos militares que impusieron políticas neoliberales, tuvimos la primavera del ´73 y después la masacre más grande de nuestra historia reciente, la primavera del alfonsinismo y la llegada del menemato que nos hizo retroceder 15000 casilleros.
La mano del FMI que solo la deuda militar nos heredó, con Cavallo nacionalizando la deuda privada y privatizando todo el estado.
Entonces qué queremos los argentinos?
Hay un poema del mismísimo Jorge Luis Borges que dice:
“Nadie es la patria. Ni siquiera el jinete/ que alto en el alba de una plaza desierta/ rige el corcel del bronce del tiempo/ ni otros que miran desde el mármol/ ni los que prodigaron su bélica ceniza/ por los campos de América/ o dejaron un verso o un hazaña/ o la memoria de una vida cabal/ en el justo ejercicio de los días/ Nadie es la patria, ni siquiera los símbolos.
La patria amigos, es un acto perpetuo/ como el perpetuo mundo/ Nadie es la patria pero todos debemos/ ser dignos del antiguo juramento, que prestaron aquellos caballeros/ de ser lo que ignoraban, argentinos/ de ser lo que serian por el hecho/ de haber jurado en esa vieja casa/ Somos el porvenir de esos varones/ la justificación de aquellos muertos/ Nuestro deber es la gloriosa carga/ que a nuestra sombre legan esas sombras/ que debemos salvar.
Nadie es la patria, pero todos lo somos/ arda en mi pecho y en el vuestro, incesante,/ ese límpido fuego misterioso/
Dice el Georggie por ahí: “Ser dignos del antiguo juramento”.
Entonces un poquito del antiguo juramento para recordarnos a los argentinos el preámbulo de la constitución nacional: “ construir la unión nacional, afianzar la justicia, consolidar la paz interior, proveer a la defensa común, promover el bienestar general y asegurar los beneficios de la libertad para nosotros, para nuestra posteridad, y para todos los hombres del mundo que quieran habitar en el suelo argentino”.
Ahí dice para todos los hombres del mundo, sean ingleses, italianos, españoles, bolivianos, peruanos, paraguayos, colombianos o uruguayos. Todos tiene derecho en la Argentina que no será chovinista ni discriminatoria. Dice promover el bienestar general, donde general es lo contrario de individual.
Nadie es la patria, la patria es un colectivo misterioso basado en el sueño de nuestros antecesores que no eran la patria, solo la soñaban.

