Por Lucio Vellucci... La complicidad de los intelectuales del “proyecto nacional y popular” y la reinvención del “Relato”.
Que la política es un juego de alianzas y estrategias, algo así como un ajedrez en que se tejen y destejen las relaciones de poder, no es novedad. Lo que llama la atención es el papel de los intelectuales que se llaman a sí mismos críticos.
Las últimas declaraciones de referentes como Ricardo Foster, “Secretario de Coordinación Estratégica para el Pensamiento Nacional”, (además, uno de los referentes de Carta Abierta) respecto al candidato a presidente del espacio FPV, son una clara muestra de domesticación intelectual, provenientes de funcionarios de una ideología que necesita la astucia y el renombre de algunos intelectuales que no ejercen la actividad crítica de señalar las trampas de aquella telaraña de poderes, sino que colaboran con ella de manera cómplice.
Paul Ricoeur, por ejemplo, postula que la ideología tiene un papel importante en cuanto a la legitimación de un orden de dominación frente al problema de la jerarquización de la vida social. Todo sistema de liderazgo desea que su gobierno descanse no meramente en la dominación; también desea que su poder esté garantizado por el hecho de que su autoridad sea legítima. La ideología tiene la función de legitimar un orden de dominación a partir de la creencia de la ciudadanía en dicho orden.
Para los intelectuales que “bancan el proyecto”, ahora resulta que Daniel Scioli es tan solo “el ala moderada del kirchnerismo”. Un hecho que hasta hace poco parecía imposible, un personaje que era visto como el demonio mismo, un peligro inminente, ahora ya no parece tan problemático, porque se inventa una suerte de nuevo superhéroe en la figura de un Zannini que garantizaría cierta continuidad del proyecto. Se cambia un poco el discurso y entonces se incorpora el elemento perturbador.
Los intelectuales de Carta Abierta explican muy bien la idea del kirchnerismo como “relato”, propio de una tendencia revisionista en lo histórico que, en la medida que deconstruye la historia oficial, elabora una serie de mitos, por supuesto en torno a ciertos personajes con su buena dosis de heroicidad. Ahí opera un maquínico aparato ideológico.
El ‘relato revisionista’ inventa mártires que aparecen en la escena política de repente, como una suerte de estallido, algo mesiánico que es necesario deshistorizar. Entonces no se trata de un sujeto político con una historia, sino que asoma a la vida pública “a partir del 2003”, como comienza todo relato revisionista, con un fecha precisa, con bombos y platillos, con la suficiente carga emotiva como para derribar cualquier intento de crítica racional.
La función es lograr la creencia necesaria para conservar un grado de legitimidad. Incluso el odio hacia estos ídolos contribuye a la legitimidad del orden, puesto que, en tanto ideología totalitaria, tiende hacia la universalidad, a la captura del todo en un binarismo, solo dos campos opuestos. Lo Uno vs lo Otro.
El enemigo construido por el relato mítico también es abarcado por la ideología. Ahí radica su perversidad, a la cual contribuyen intelectuales de renombre. Ese es el modo orgánico de hacer política desde el saber. En tanto actuantes orgánicos, producen un discurso válido que es el discurso del poder.
Estos discursos deben ser analizados como parte de los múltiples mecanismos de poder del aparato ideológico imperante. Son lúcidos e inteligentes, pero no van nunca en la dirección de desenmascarar el poder. Buscan el consenso, un efecto de clausura. Es el discurso legitimado académicamente. Resuena como el eco monótono de una estrategia planificada en otra esfera, que se termina aceptando sin demasiada incomodidad.
El contexto actual requiere el diseño de nuevos discursos para salvar el mito. Es necesario para la legitimidad que los fieles conserven su fe, que crean, todavía, en el mito; que aún hay continuidad del Modelo. Mientras tanto, la “juventud comprometida” esa “juventud que vuelve a participar, que reencarna los viejos valores de lucha y militancia de los 70”, acata y obedece, dando muestras de una perfecta disciplina. El problema surge cuando hay que conciliar un discurso de barricada progresista con un candidato que no lo es en absoluto.
El filósofo Slavoj Zizek dice algo interesante respecto de la creencia. En realidad lo que importa no es que yo crea, sino que el otro crea. Entonces se produce un juego de engaños. Yo simulo creer, para conservar la creencia del otro.
El slogan de Scioli hace cuatro años era “Creo en Daniel”. En realidad nadie cree en Daniel, pero es necesario hacer que la ciudadanía crea, para garantizar la supervivencia del relato y así, cada uno de los militantes simulan creer en Daniel mientras por lo bajo se miran con desconfianza.
Hay que jugar el juego de que se está convencido de que Daniel Scioli, un amigo perfecto de los sectores más conservadores y privilegiados, va a “sorprender a más de uno”, como dijo el ya citado Foster.
Los intelectuales que adscriben al ‘proyecto’ se ahogan en un silencio que, por lo menos, sorprende y asusta, dan rodeos, practican una excelente evitación con una jerga preciosista para escapar de un terreno dificultoso cada vez que hay que conciliar las ideas de un supuesto progresismo con las políticas claramente fascistas del gobernador, seguramente próximo presidente de la República.
Frente a la creencia que busca la ideología, el pensamiento crítico debe proponer la duda. Busca escapar al totalitarismo, a lo que Zizek llamaba “la dictadura en democracia”, “ese orden invisible que sostiene tu aparente libertad”.

