Truman Capote, sabemos, es uno de los grandes nombres de la literatura estadounidense contemporánea. Si bien títulos como "Otras voces, otros ámbitos", "Música para camaleones" y su célebre "A sangre fría" bastarían para confirmar este veredicto, Capote decidió ir por más y aseguró que estaba escribiendo lo que iba a ser “un análisis del pequeño universo, entre aristocrático y mundano, de la sociedad acaudalada de Europa y de la costa este de los Estados Unidos”.
Por Vicente Battista (Telam)
"Plegarias atendidas" se llamaría esa obra que iba a ser, prometía, un equivalente de "En busca del tiempo perdido" de Marcel Proust.
Random House no vaciló en contratar el texto en cierne, brindó millonarios anticipos a Capote y una mañana de agosto de 1984 recibió la mala noticia de que su laureado autor había muerto sin haberle puesto el punto final a la prometida novela. Luego de las obligadas y emotivas ceremonias del adiós, los directivos de Random House corrieron hasta la caja fuerte en donde se guardaban los manuscritos. Con algo de sorpresa y, se supone, mucho de indignación, comprobaron que Plegarias atendidas no llegaba a las doscientas páginas. A sólo tres capítulos se reducía lo que iba a ser el equivalente de En busca del tiempo perdido.
Adolfo Bioy Casares, sabemos, es uno de los grandes nombres de la literatura argentina contemporánea. Títulos como La invención de Morel, Dormir al sol, Diario de la guerra del cerdo o El perjurio de la nieve bastan para confirmar este veredicto.
Bioy Casares aseguraba estar escribiendo una suerte de diario en el que Borges sería un personaje persistente: los unía una amistad de medio siglo, juntos urdieron más de una antología y juntos supieron darle vida a Honorio Bustos Domecq, pseudónimo con el que publicaron tres libros: Seis problemas para don Isidro Parodi, Un modelo para la muerte y Crónicas de Bustos Domecq.
Era natural, entonces, la porfiada presencia de Borges, pero no resultaba natural cierto requerimiento de Bioy Casares: los manuscritos debían publicarse póstumamente.
El libro, que se titula Borges y supera las mil quinientas páginas, apareció ocho años después de que Bioy Casares muriera. Plegarias atendidas y Borges tienen algo en común: ambos están más cerca del chisme que de la literatura.
P.B.Jones, un joven escritor frustrado, es quien narra el libro de Truman Capote, el de Adolfo Bioy Casares lo narra su propio autor.
Los personajes reales que Capote estigmatiza en Plegarias atendidas aparecen con nombres ficticios; los que Bioy Casares estigmatiza en Borges se muestran con sus verdaderos nombres.
"Un diario tiene que ser indiscreto", dice Bioy Casares que dijo Borges.
“¡Qué animal!”, exclaman ambos cada vez que mencionan a un escritor argentino, aunque el epíteto no se reduce a autores nacionales, de ese modo también están calificados Tolstoi y Thomas Mann, por solo dar un par de ejemplos.
Según Bioy Casares, Borges se burlaba de Enrique Banchs. El mismo Enrique Banchs al que Borges consideraba “el primer poeta argentino” y al que le escribiera un soneto que finaliza con este verso: “nos ha dejado cosas inmortales”. Borges era un hipócrita o Bioy Casares miente, que cada lector elija.
Hace unos días, en un reportaje que reprodujo el diario La Nación, María Kodama cometió el despropósito de comparar a Borges con Leonardo.
Una semejanza que a Borges le hubiera caído muy mal; vale la pena recordar que en su biblioteca no colocaba libros suyos porque consideraba que estaban por debajo de los de Dante, Cervantes, Kipling o Chesterton. En ese reportaje también le prestó especial cuidado a Bioy Casares.
En una crisis de exaltación (poco frecuente en el espíritu oriental) señaló que Bioy Casares era el Salieri de Borges. Sin duda, se refería al Salieri que creó Puchkin para Mozart y Salieri, una pieza teatral resuelta en diez páginas, que más tarde Rimsky-Korsakoff transformó en una pequeña ópera de cámara.
O tal vez estaba hablando del Salieri que puso en escena Miloš Forman para su película Amadeus. El Salieri real, es bueno que recuerde María Kodama, era un músico notable, fue profesor de Beethoven, Schubert y Litz, y sin duda admiraba a Mozart, a punto tal que cuando en 1788 fue nombrado Maestro de Capilla en la corte imperial de Viena eligió Las bodas de Fígaro como pieza a representar.
“Hay que tener cuidado al elegir a los enemigos porque uno termina pareciéndose a ellos”, dijo alguna vez Borges.
María Kodama confirma la certeza de esas palabras. En el reportaje aludido dice que Bioy Casares es un desecho humano y asegura que Borges lo consideraba un auténtico cobarde.
Fue Borges, afirma, quien corrigió a fondo los tres o cuatro cuentos de Bioy Casares que se pueden leer.
La amistad de Borges y Bioy Casares se prolongó por más de medio siglo. Con estas palabras cierra Borges su prólogo a La invención de Morel: “He discutido con su autor los pormenores de su trama, la he releído; no me parece una imprecisión o una hipérbole calificarla de perfecta”.
¿Se puede compartir una amistad de cincuenta años con alguien que consideramos un cobarde? ¿Se puede pensar que alguien es un autor mediocre y a su vez escribir que ha escrito una novela perfecta? Luego de leer ese reportaje queda una sola conclusión: Borges era un hipócrita o María Kodama miente, que cada lector elija.
Más allá de ese descuido de ciento ochenta páginas que se llama Plegarias atendidas y de ese otro descuido de mil seiscientas páginas que se llama Borges, tanto la obra de Truman Capote como la de Adolfo Bioy Casares han ganado un sitio de privilegio en el parnaso, canon o como quiera llamárselo.
No se puede decir lo mismo de la obra de María Kodama, simplemente porque no existe tal obra. María Kodama parece estar en el mundo para controlar que no se pronuncie el nombre de Borges en vano. Aunque a veces, muchas veces, ella misma cae en ese error.

