Aire de familia

Carlos Riedel6 marzo, 2023

Por Mario Goloboff*... La aparición de movimientos de extrema derecha, puramente civiles, en el panorama político argentino es ciertamente un fenómeno a primera vista novedoso y que hoy llama la atención. Su fundamentación abstracta y ”antipolítica”, su aparente ausencia de anclaje histórico, la exaltación de sus líderes y su verborragia e histrionismo, hacen pensar, automática y quizás equivocadamente, en una importación lisa y llana de corrientes extranjeras, fundamentalmente europeas (lo que es más bien frecuente en el campo de las ideas). Pero hay también factores autóctonos, que influyen (si no deciden) en el fenómeno.

Para comenzar por el siglo XX, desde el primer golpe de Estado del general José F. Uriburu, el 6 de septiembre de 1930 (inicio del ciclo de golpes y contragolpes de Estado que cubrió buena parte del siglo), hasta la última dictadura cívico-militar, la Argentina ha tenido una siembra de ideas antidemocráticas y autoritarias profunda.

En épocas anteriores, el pensamiento de las derechas se galvanizó contra la inmigración (por eso adoptó también una variante nacionalista), y el crecimiento y organización de las masas obreras y campesinas lo estimulaban.

Durante el siglo XIX, los penalistas y criminalistas (lombrosianos), los positivistas de la tendencia racista y socio darwinista, herederos del pensamiento y la actividad de un Miguel Cané, habían estado a la cabeza de esta reacción, y entre los nombres se destacaban (con lápiz muy grueso) el de José María Ramos Mejía, el de Carlos Octavio Bunge, el de Ernesto Quesada.

En el XX pasaron a la acción, y la Semana Trágica (enero de 1919) no fue ajena a ello, alcanzó una cima. Aquí, la persecución de judíos y bolcheviques fueron casi sinónimas, y contaron con la pasividad, cuando no la colaboración, de “las fuerzas del orden”.

Fallan entonces las comparaciones y las asimilaciones fáciles: con el fascismo, con el franquismo, y sobre todo con el Frente Nacional de Jean-Marie Le Pen, lo más moderno y fuerte que ha aparecido en el panorama europeo. Según Alberto Ciria (Partidos y poder en la Argentina moderna – 1930-1946), la “línea Uriburu” la componían algunos nombres ”familiares”: Carlos Ibarguren, José María Rosa, Leopoldo Lugones, Alberto Viñas (quienes) “son admiradores de Mussolini y Primo de Rivera, conocen a Maurras y pretenden aplicar un programa de reformas de tinte corporativo a la Constitución Nacional, buscando la derogación de la Ley Sáenz Peña y su reemplazo por un sistema de voto calificado”. Así como la Corte Suprema, que reconoció al Gobierno y todos sus actos (J. Figueroa Alcorta, Roberto Repetto, R. Guido Lavalle), cuyo Procurador General de la Nación se llamaba (¿bisabuelo? ¿tío abuelo?) Horacio Rodríguez Larreta.

El primer gabinete de Uriburu estaba integrado por otros nombres tradicionales: Matías G. Sánchez Sorondo, Ernesto Bosch, Horacio Beccar Varela. Dice de él “un autor no sospechado de izquierdismo”, Manuel Gálvez: “El ministerio, intelectual y socialmente, no puede ser mejor; pero llama la atención que tres de los ocho ministros estén vinculados a las compañías extranjeras de petróleo, y todos, salvo dos o tres, a diversas empresas capitalistas europeas y yanquis. Los primeros actos del gobierno de Uriburu no dejan duda de que la revolución será, si no lo es ya, una restauración del Régimen. El 6 de Setiembre es una especie de Termidor de nuestra historia”.

El gran tema era el del sufragio universal, que permitía que masas ignorantes (“pronunciamientos de la plebe, de la masa popular desheredada” --Federico Pinedo ¿abuelo?--) llevaran al poder a “demagogos” ambiciosos. Estas ideas alcanzaron la mayor difusión hacia los 30’.

En 1927 se había fundado La Nueva República, por Ernesto Palacio y los hermanos Rodolfo y Julio Irazusta, antes que Sol y Luna, Bandera Argentina, el diario Cabildo, El pampero. Nunca se organizaron como partido político y a lo largo de la década del ’30 y principios de la siguiente fueron elaborando gradualmente su propia ideología. En un principio, esta era fuertemente influida por tendencias extranjeras --Charles Maurras, José Antonio Primo de Rivera-- y encandilada por el triunfo del fascismo en Europa. En un segundo momento, a mediados de los 30, el catolicismo y la hispanidad --a los que no era ajena su admiración por el falangismo-- se convirtieron en el ingrediente esencial. Por último, se añadirían dos principios distintivos y con repercusiones en otros ámbitos ideológicos: el rosismo, que alentaría el revisionismo histórico, y un antiimperialismo que se limitaba a ser exclusivamente antibritánico y olvidaba, cuando no amparaba, al norteamericano.

Con la Segunda Guerra Mundial y el peronismo, esta derecha de origen liberal se desdibuja y disemina, algunos sectores (los más nacionalistas) van a parar al peronismo, otros a alguno de los partidos del sistema, el Partido Demócrata Progresista, por ejemplo, los viejos troncos demócratas provinciales; otros más se ven engrosados por remanentes del mismo sistema, incluidos dirigentes del ala derecha del Partido Socialista (Federico Pinedo, Antonio De Tomaso, Héctor González Iramain, desprendidos en 1927 para formar el Partido Socialista Independiente).

A la caída del peronismo, Vicente Solano Lima se separa del Partido Demócrata Nacional para formar el Partido Demócrata Conservador Popular, mientras que la convocatoria para elecciones nacionales el 23 de febrero de 1958 promueve la aparición de dos nuevos partidos: el Cívico Independiente, de tendencia neoliberal y liderado por Álvaro Alsogaray, y la Unión Federal, de formación nacionalista católica. No tuvieron eco electoral, pero Alsogaray se convirtió en el nuevo líder de la corriente conservadora que antes había patrocinado Federico Pinedo. Luego de la llamada Revolución Libertadora, estos grupos se nuclean alrededor de Pedro Eugenio Aramburu, y otros, de Francisco Manrique (exoficial naval, excomando civil de las batallas antiperonistas) y su Correo de la tarde (1958-1963).

Después de la última dictadura, que sacudió como un terremoto la vida ideológica, política y social del país, se borró casi todo y comenzó una cuenta nueva, pero la historia tiene que haber dejado huellas, que son las que recuperan los ultraliberales y los llamados libertarios hoy en día.

No se trata, pues, de una novedad en el panorama político argentino; antes bien, de una versión, algo modernizada, de viejas y herrumbradas posturas.

*Escritor y docente universitario.