A 20 cuadras del Obelisco, a 50 de los bosques de Palermo que se llenan de maratonistas saludables todos los fines de semana, a algunas manzanas de Puerto Madero y sus restaurantes y torres de lujo, la mortalidad infantil es más alta que en la mayor parte de las provincias argentinas, con presupuestos infinitamente menores que la rica y poderosa Ciudad de Buenos Aires.
Por Gabriela Cerrutti para Tiempo Argentino
Esto solo ya debería ser un golpe al corazón y la razón de los porteños y porteñas.
Pero hay más: a diferencia del resto del país, donde la tasa de mortalidad infantil desciende sin prisa pero sin pausa desde 2003, en la Ciudad de Buenos Aires, con la única excepción del año 2010, la tasa de mortalidad ha cambiado la curva por una ascendente desde 2007.
Hasta entonces, cuando asumió el gobierno Mauricio Macri, venía descendiendo como en el resto del país.
En 2008, 2009 y 2011 ha crecido en porcentajes que este año se vuelven terminantes, como es un 26 por ciento.
El año pasado, como si estuviera en un campeonato deportivo, Macri anunció en una conferencia de prensa que “batimos el récord y tenemos la tasa de mortalidad más baja” al anunciar un fuerte descenso, para muchos sospechoso por lo disruptivo y por darse en medio de un año electoral.
Pero, tratándose de cifras que hablan sobre la muerte de bebés, muchos también preferimos saludar y alegrarnos con la noticia.
Los medios nacionales repitieron la noticia en cadena, fue tapa de los principales diarios y hasta se convirtió en un spot de campaña del jefe de gobierno, que recorría los hospitales hablando de los profesionales enfermeros y los trabajadores sociales como “papás y mamás” de los niños recién nacidos.
Hoy, en medio del silencio ignominioso de los medios hegemónicos, el gobierno de la Ciudad sólo atina a explicar que “el promedio” de los últimos cuatro años sigue siendo bajo. Cuando la tasa de mortalidad baja se mide por año, cuando sube se mide por lustro.
¿Cuál es la razón para que en la ciudad más rica del país, con un presupuesto que se quintuplicó en estos años, que es más alto que el de la mayoría de las provincias, pueda subir uno de los indicadores de deterioro de la calidad de vida más sensible? Lo doloroso del dato merecería un análisis más profundo que el mero intercambio de respuestas livianas.
Hay dos datos fríos que surgen en primer plano aún antes de comenzar a analizar las estadísticas en profundidad.
La Ciudad no cumple con la ley de educación sexual, ha vaciado el área correspondiente, no ejecutó el año pasado el presupuesto asignado, ya de por sí paupérrimo, y esto repercute directamente en el crecimiento del embarazo adolescente y en la falta de cuidado y control del embarazo en madres jóvenes.
Pero, además, la Ciudad de Buenos Aires es uno de los distritos con peor registro en la ejecución del Plan Nacer, creado e implementado por el Ministerio de Salud de la Nación directamente para esta cuestión.
Los informes del área correspondiente dan cuenta de la falta de ejecución sobre todo en aquellos items que tienen que ver con la compra de equipamiento en los hospitales para atención de recién nacidos, para los que la Nación asigna un presupuesto a la Ciudad que esta no ejecuta.
Sin duda, no puede dejar de cruzarse con otros datos conocidos en estos días.
La Encuesta de Hogares del mismo gobierno de la Ciudad marcó un crecimiento exponencial del nivel de hacinamiento y de la cantidad de viviendas precarias.
La cantidad de hogares donde viven dos o más en una habitación (hacinamiento) aumentó un 2% el último año, y las viviendas precarias alcanzaron un porcentaje histórico de 5,3 por ciento.
Pero, además, la Auditoría General denunció puntos relevantes en el colapso del sistema de salud pública de la ciudad que están directamente relacionados con la tasa de mortalidad.
En el informe sobre el Hospital Piñeiro, dice la Auditoría: “A febrero de 2011, la internación de Neonatología se encuentra restringida a ocho pacientes y 20 camas de maternidad para partos, debido a la falta de recursos de enfermería. El Comité de Control de Infecciones resalta en una nota al director de fecha 22 de diciembre de 2010, que en reiteradas ocasiones se informó sobre la falta de recurso humano de enfermería en el sector mencionado y también se reitera un reclamo de años sobre la inadecuada estructura física de Neonatología. El servicio cuenta con una residencia para madres que no tiene baño ni cocina y además no existe salida de emergencia.”
Sobre el Hospital Rivadavia, sostiene: “En el Servicio de Obstetricia (internación conjunta), hay 35 camas que no se pueden utilizar por falta de gas desde hace 18 meses. En forma similar y por el mismo motivo, hay 15 camas que tampoco se pueden utilizar en Pediatría.”
Todas estas razones, la exclusión, el hacinamiento, el colapso de los sectores de neonatología y pediatría del sistema de salud pública, repercuten sin duda en el índice que más llama la atención en las estadísticas: si la tasa de mortalidad infantil en general aumentó un 26%, la tasa de mortalidad postnatal (o sea, no en los primeros días sino en los primeros meses de vida) aumentó un 40 por ciento.
La mortalidad neonatal es seguramente la más difícil de combatir porque tiene un “núcleo duro” relacionado con lo que se denomina “causas no reducibles”: malformaciones genéticas, por ejemplo.
La postnatal, en los primeros meses de vida, es donde más repercute la adecuada atención del sistema de salud y el seguimiento de la madre y el niño en sus primeros meses.
Es allí donde la ausencia de enfermeras en pediatría, de adecuadas salas para internación con limpieza y equipamiento adecuado, el acompañamiento desde las áreas sociales en el regreso al hogar, son fundamentales.
Las consecuencias de más de cuatro años de un gobierno que descree de las políticas públicas y que lleva adelante un proyecto claramente destinado a los sectores más poderosos, que pueden acceder a la salud y la educación privadas, ya son inocultables en el sistema.
La falta de enfermeras en el sistema de salud tiene su correlato en la falta de docentes en el sistema de educación.
Un discurso permanente de desaliento, además de cuestiones salariales y franco deterioro de las condiciones laborales, ha terminado por repercutir en quienes tienen en sus manos llevar adelante el sistema.
Los números son fríos y contundentes. La foto de una ciudad que en algunos barrios sale a la calle reclamando dólares mientras en otros luchan por el derecho a la vida, desoladora.

