Diario del asalto al Paraíso

Carlos Riedel6 octubre, 2012

Para poder estudiar el "Diario de Colón" en primer lugar tendríamos que pensar que todo diario de viaje escribe una derrota; una derrota en los dos sentidos de la palabra: por un lado un diario de viaje describe obviamente un trayecto, en este aspecto no se aleja demasiado del cuaderno de bitácora donde se apunta el rumbo, velocidad, maniobras y demás accidentes de la navegación y, por otro lado, un diario de viaje describe más de un fracaso, entre los cuales el principal es la imposibilidad de no poder transcribir fielmente sobre el papel el referente concreto.

Por Carlos Daniel Aletto (Suplemento Literario Telam)

La compleja escritura de lo que hoy se conoce como el diario del primer viaje de Colón sabe de estas derrotas. No sólo Colón, sino todos aquellos que han puesto mano —y tinta— en el diario, principalmente Bartolomé de las Casas, han visto agigantados este trayecto y este fracaso.

Por lo antes dicho todo lo que hoy se escriba sobre "el diario de Colón" está ligado a una hermenéutica alejada de aquel "Viejo Mundo" a horcajadas entre la Edad Media y el Renacimiento y también distante de aquel verde insular del orbis novus que se le presenta primero a los ojos cansados de Cristóbal Colón y tiempo después en la imaginación de Pedro Martín de Anglería. Y aquí reside la diferencia de miradas entre Colón (el Odiseo que viaja en cuerpo entre sirenas hacia tierra de cíclopes) y Anglería (el humanista e historiador que navega con su pluma entre islas de palabras y mares de papel).

El cuerpo cansado de Cristóbal Colón acompaña el trayecto, pero no hay nada mejor para el marino que dos momentos: el primero, aquel que se conforma de proyectos sobre mapas con trazados de líneas de tierra a tierra, de puerto a puerto, buscando nuevos caminos, incluso aquellos que conduzcan al Paraíso terrenal; estos momentos previos, cuando el marinero navega con su imaginación —como el humanista— se llenan de cielos abiertos y de mares en calma, pero también su espíritu aventurero se obsesiona con eludir futuros y temibles animales arrancados de los bestiarios medievales; y el segundo momento de placer es aquel de la relación detallada, de la crónica apasionada de los hechos acaecidos en la mar.

Para el viajero estos dos momentos bastan para justificar la melancolía producida por el cansancio, el cuadrante en Mercurio y los fracasos invariables de todo viaje.

Cristóbal Colon, como todo hombre —y más aún de fines del siglo XV—, no es una unidad, por el contrario, su composición mental es abigarrada, incluso llena de contradicciones, por las cuales fue "acusado" por historiadores.

A esto se le suma los grandes silencios biográficos, la manipulación del diario de abordo (parece increíble que semejante documento histórico se haya perdido), las ambiciones secretas y las manifiestas que obliteran el verdadero significado del diario, donde la alteridad es comparada con lo existente, en una operación donde el mundo desconocido tiene su copia en la tierra conocida por el Almirante, ya sea —como hemos señalado— por sus viajes en cuerpo (los cuales pertenecen al hombre renacentista, con su intención de comprobar con sus propias experiencia los cánones del universo) y sus viajes mentales (pertenecientes al hombre medieval sujeto a las autoridades fijadas por el clero y el estado).

Es en éstos últimos donde Colón naufraga hundiéndose en lo más bajo de la Alta Edad Media; compartiendo la mentalidad de aquellos hombre que por una pocas blancas compraban a los ciegos los pliegos de cordel donde el Paraíso podía ser tomado por asalto, evitando de esta forma las visiones de los infiernos más temidos por aquellos hombres, que como Colón, pensaban cristianamente y actuaban con el demonio descendiendo pos sus venas.

Para el Almirante la meta, al igual que el deseo, es aquello que no se alcanza; es la isla de Cipango que desvela a Colón en los mapas de Toscanelli y en el Libro de Las Maravillas; lo exótico es lo que está más allá, lo que guarda en lo más recóndito de su mente; lo exótico es el mañana y en el diario de abordo siempre es ayer.

En el diario todo es comparable con lo mejor de España, la topografía (los topónimos así lo demuestran), la gente y su color. Lo exótico para Colón es el viaje mental, en el que el puerto de arribo está cada vez más distante. En cambio, en el viaje físico Colón se pierde entre sus analogías y como en el Eclesiastés no hay nada nuevo bajo el sol.

Incluso a su llegada aquellos hombre desnudos repiten a la perfección los ritos occidentales del hospedaje, donde el huésped debía ser tratados cordialmente, porque debajo del "disfraz" podía ocultarse un dios.

No son estos hombres extraños sino aquello que acecha como Colón deja asentado en su diario el Domingo 4 de noviembre de 1492:

"Entendió también que lexos de allí avía hombres de un ojo y otros con hocicos de perros que comían hombres, y que en tomando uno lo degollavan y le bevían la sangre y le cortavan su natura... "

En el mundo de un viajero como Colón, quien navegó, como él ha confesado, todos los mares, no existen países lejanos, ni extranjeros, todo es peregrinar.

El mundo para Colón es angosto y propio. Sin embargo, aquel paraíso terrenal deseado y pintado en Hertogembosch por el Bosco, ese mismo fin de siglo, dos años después de la publicación de Leemp de Visio Tngdali, con su fuente de la Eterna Juventud, sus cuatros ríos, los hombres y mujeres desnudos de distintos colores; ese paraíso terrenal descrito también en el Imago Mundi es el lugar que el navegante considera exótico: "…dice el Almirante que bien dijeron los sacros teólogos y los sabios filósofos que el Paraíso Terrenal está en el fin de Oriente, porque es lugar temperadísimo. Así que aquellas tierras que agora él había descubierto es —dice él— el fin del Oriente."

En su viaje incorpóreo, sólo el de su mente medieval, Colón considera exótico, extraño, remoto al Paraíso y en constante contradicción él desea, como el otro Cristóbal llevar a Cristo —Cristo ferens— sin un sacerdote a bordo y en otra aporía evangelizar la tierra donde aún no sucedió el Pecado.

Colón es extranjero en todas partes y su diario parece escrito antes de la Caída de Babel, en un complejo amalgamiento de lenguas. Por esto ver desde lo exótico la mentalidad exoticista parecería una contradicción, una paradoja, porque nada es exótico en su propia tierra y el mundo pertenece al descubridor, aunque el poder de turno —llámese en este caso los Reyes Católicos— le haya negado ese título.

El derrotero de Colón es un fracaso en cuanto no supo que aquello que pisaba era nuevo, extraño, exótico... Es una derrota por haber creído que Marco Polo lo había precedido, en no lograr desembarcar en tierra firme como el ambicionaba antes del motín de octubre, pero también fracasa en no poder alcanzar los lindes de su fecunda imaginación, en no comprender que su "mentalidad exoticista" se tendría que haber holgado con el hallazgo de esas tierras no tan distantes de la vieja Europa.

Todo es oscuridad y confusión en la vida del Almirante. Colón logró su purgatorio en la Historia —sin los querubines del paraíso ni los demonios del Infierno— su santidad ya ha sido negada por la Iglesia, pero tampoco debe ser condenado por pertenecer a otro imaginario, es cierto que Colón tomó posesiones del Paraíso con un escribano, pero tampoco caben dudas de que Colón viajó hacia lo más exótico del mundo y jamás lo supo; esta sola injusticia, por un lado lo exonera de todas culpas y por otro, se convierte en la más grande, en su dos sentidos, de todas sus derrotas.