Lugares comunes sobre una pareja homosexual

Carlos Riedel5 septiembre, 2012

No es desacertado afirmar que el Complejo Teatral La Plaza tiene una manera bastante definida de producir teatro. Con ligeras variantes, el mecanismo es siempre el mismo: un texto políticamente correcto, un director de probados méritos y un elenco de buenos intérpretes. Como las entradas tienen precios altos, alrededor de los ciento setenta pesos, se apunta a un público de clase media para arriba. Generalmente se trata de comedias dramáticas, de esas que tienen “mensaje” y “nos permiten pensar”.

Por Osvaldo Quiroga par Suplemento Literario Telam

Cock, la obra del inglés Mike Bartlett, no escapa a estas reglas del complejo teatral. Cuenta la historia de una pareja homosexual en la que Juan, uno de sus integrantes, se enamora de una mujer.

Toda la acción gira en torno de la decisión que debe tomar el protagonista: quedarse con su pareja gay o irse con la muchacha que lo conquistó.

Para colmo se organiza una cena de la que participan todas las partes involucradas, incluso el padre del otro integrante de la pareja. La ensalada está servida. Pero sin ningún condimento. Todo lo que ocurra de aquí en más tendrá consecuencias sobre el futuro de cada uno de los personajes.

El espectáculo, dirigido por Daniel Veronese, uno de los grandes directores de nuestra escena, no es más que un compendio de lugares comunes sobre la condición homosexual.

Es más, en su afán por reivindicar la igualdad de género, el autor termina haciendo quedar a Juan, el hombre disputado, como un imbécil que ni siquiera intuye cómo es el cuerpo femenino.

La tan esperada cena familiar no produce ni risa ni estupor. El texto se alarga en diálogos previsibles, mediocres reflexiones sobre las uniones contemporáneas y tonterías de mediano calibre.

¿Y los actores? Hacen lo que pueden. Corresponde decir que son todos profesionales de primer nivel. Tanto Leonardo Sbaraglia como Eleonora Wexler abordan sus papeles con corrección.

Lo mismo puede decirse de Diego Velázquez y Jorge D’Elía. El problema es que interpretar ese texto es una tarea imposible.

¿Cómo puede un actor construir criaturas de tan escasa consistencia? Veronese, que siempre ha sido un excelente director de actores, naufraga en una puesta tan anodina como la pieza que la inspira.

¿No se le ocurrió algo mejor que el típico living de comedia de enredos?

Daniel Veronese es el mismo —¿o es otro?— que supo transformar las puestas en escena de Chejov en la Argentina.Es, además, el director que revitalizó en la escena vernácula el teatro de Ibsen.

Salvo La última sesión de Freud, en la que dirigió a dos grandes intérpretes —Jorge Suárez y Luis Machín— el teatro comercial no es su fuerte. Porque si bien es cierto que tanto en la calle Corrientes como en los circuitos alternativos hay teatro bueno y teatro malo, la necesidad de buscar un éxito se impone por encima de cualquier búsqueda estética en salas con costos elevados.

Veronese lo sabe y se presta al juego. El riesgo es perder un artista. Un director de teatro es siempre el autor del hecho teatral. No es un ilustrador del texto. Es un creador. La escritura escénica que se desarrolla en el espacio depende de él.

Desde la creación de El periférico de objetos, Daniel Veronese fue sinónimo de vanguardia teatral, de búsqueda de nuevas formas dramáticas, de excelencia en la dirección de actores. De seguir en el camino de Cock corre el riesgo de convertirse en una sombra de lo que fue, como lo diría Shakespeare. No ocurrirá. Su olfato teatral lo ha acercado siempre a lo mejor de nuestra escena. Y cuando sus realizaciones se presentaron en distintos lugares del mundo fue aplaudido de pie.

En su derrotero teatral Cock no es más que una manchita casi insignificante. El olvido se ocupará de ella.