Hace algunos años yo viajaba por las cumbres del altiplano boliviano cuando lo conocí. Allá lejos y arriba, en aquel pueblito andino perdido entre el alto sol y el aire seco, descubrí sus letras y comencé a seguirlo.
Una señora de manos viejas y pelo de paja me vendió un librito que tenía en la tapa la imagen de un indio masticando una hoja de coca. Yo andaba jugando al aventurero rebelde por las amplias noches de la América Latina, estrenando mi flamante libertad nunca antes vivida, nunca antes sentida. Quería pensar, y no sabía. Quería escribir, y no podía.
A veces soñaba con escribir grandes crónicas, relatos grandiosos de viajes exóticos, pero antes de terminar la lectura correctiva de aquellos mínimos trabajitos, la frustración del fracaso literario me obligaba a romper las notas, una y otra vez. No me gustaba o no me salía, siempre me fallaba algo.
Entonces, en aquellos días vacilantes descubrí el estilo de Eduardo Galeano y, poco a poco, en solitario, intenté ir aprendiendo. De entrada me gustó leer su biografía porque era un tipo que básicamente aprendió viviendo. Un autodidacta que se fue puliendo a sí mismo y masificó una cultura difícil de encontrar en un universitario.
El viejo había nacido en 1940 en el Uruguay, en esa linda capital del país hermano, que late al ritmo del candombe y del vaivén de las aguas del Río de la Plata. Antes del periodismo tuvo varios oficios: a los 14 años vendió su primera caricatura política al semanario El Sol, de Montevideo. Trabajó después como obrero de fábrica, dibujante, pintor, mensajero, mecanógrafo y cajero de banco, entre otras labores.
En 1973 fue encarcelado y obligado a abandonar el Uruguay. Se fue a vivir a Buenos Aires donde fundó la revista "Crisis". En 1976 fue censurado por el gobierno militar argentino y se casó por tercera vez. Sería el turno de España, de Barcelona y de la vida de inmigrante.El tiempo del exilio europeo.
Regresó a Montevideo 9 años después, y en 1985 fundó el semanario "Brecha", que sigue hasta hoy con su sello indeleble.
En mis primeros e inexpertos años como redactor de la revista “Todo en Campana”, yo leía sus textos buscando ese apoyo que tanto necesitaba. Y entre aquellas letras cómplices, aquellas antologías a veces violentas y otras veces adorables, la poesía y el drama se mezclaban con la muerte y la pura pasión de vivir. Con el estímulo de sus letras pude sentir que mi voluntad de escribir crecía, y me ayudaba a imaginar que quizás yo también podría hacerlo de manera interesante, alguna vez.
Esas letras me daban esperanza, y acompañaban las soledades de esas primigenias prácticas, en este noble oficio de escribir. Aunque, a la fecha, sinceramente sigo sintiendo que todavía no logro hacerlo bien.
Varios de sus libros me acompañan hoy en esta vida nómada que llevo, pateadora de países y continentes, de mares y de gentes, buscadora de mejores porvenires, de sentimientos y horizontes, ávida de culturas nuevas y de inquieto aprendizaje.
Por el mundo han vagado conmigo, estos asesores literarios que me ayudan a interpretar mejor el mensaje silencioso de lo que veo, de lo que escucho, de lo que siento. De los viajes y de la vida en otros países no conservo muchos recuerdos materiales más que libros, y algún que otro pequeño objeto que no pesa tanto y que se puede llevar en la mochila. Pero, curiosamente, siempre tengo algún librito de Galeano que me sigue como perro fiel, junto a mi útil navaja suiza y a una armónica Hohner que ya ha comenzado a oxidarse un poco. Lo descubrí el otro día y me propuse la tarea de limpiarla. Lo prometo, porque es un buen instrumento y se merece seguir viviendo.
Esta mañana, mientras calentaba el café y leía las noticias, me enteré que el viejo murió y me entró una especie de nostalgia. No esa cosa cursi ni pedante de frases hechas o condolencias vacías, sino una nostalgia de verdad, ese mismo sabor a moneda vieja en la boca, y esa sensación de cosa rota cuerpo adentro que se siente cuando te cae encima la “garúa”, en una madrugada de guardia en algún aislado puesto del campo, o el mismo sentimiento triste de cuando te enfrentas a una “mujer que dice chau”.
No lo lloré, pero sí lo recordé como aquel maestro que siempre quise tener y nunca pude conocer. Hoy escribo para decirle gracias, gracias por tantas letras que me ha dejado, querido Eduardo Galeano. Si él pudiera escucharme le diría que me ha enseñado mucho, y que gracias a su trabajo he aprendido a amar este silencioso oficio del periodismo escrito.
Le diría que siempre he tenido ganas de intentar conocerlo personalmente y de preguntarle muchas cosas, pero que no me esperó y que se murió muy pronto. Le diría que ahora no me queda más remedio que recordarlo en las palabras que dejó, y en las imágenes que se ha dejado tomar, en los retrato.
Al ver esas fotos tengo siempre la misma impresión: un tipo de rostro familiar, con la frente amplia y erudita que se pierde en una calvicie similar a la de los viejos judíos ortodoxos. El aire grave de la cara, con dos profundos surcos de experiencia a los costados de la boca y la mirada agresiva, con los ojos de ese azul desganado que los ingleses llaman gris, siempre en la apariencia de buscar pelea.
Es la marca indeleble de sus raíces celtas. Recordaré a Galeano en la media luz pálida de las plazas, que son iguales en todo el mundo al caer la tarde. En las calles desiertas de ciudades y de pueblos, cuando la luna le gana la batalla al sol y ha cesado ya el ronquido de los motores, mientras suena la última puerta de auto.
En el monólogo confuso y grandilocuente de un vagabundo ebrio, que charla acerca de la dificultad de ser uno mismo en este siglo de mierda.
Recordaré al viejo en el taconeo rápido de una muchacha a la que se asedia y que huye, y que después vacila y camina despacio para dejarse alcanzar. En los acordes de una guitarra que suena al viento, ejecutada por un inmigrante invisible y juntador de monedas, sentado en la penumbra de un umbral sin puerta, con media cara perdida en el agudo y negro filo de una sombra.
Recordaré a Galeano en los antiquísimos y elegantes muros medievales de las viejas y cansadas ciudadelas europeas, pero también en las paredes manchadas de pobreza, en los barrios y chabolas del sur de Latinoamérica, donde los agujeros del techo de cartón se tapan con restos de plástico, para evitar que el viento fuerte de la sudestada apague el fuego donde se cocina el puchero.
El relato del viejo seguirá vivo en el peón de mudanza que matea antes del alba, en la prostituta sórdida que chasquea los dedos para reclamar su paga, luego de abrir sus muslos a todo el que pasa y trae dinero; y en la crítica igualitaria y profunda tanto al catolicismo arcaico, intolerante y puritano, como así también al marxismo estéril, opresivo y empobrecedor de los pueblos que resisten bajo su régimen. Y ahora, mientras recuerdo su historia, tengo un libro suyo puesto justo delante, sobre esta mesa de comer y de escribir. Releo la última parte y, en el epílogo que no recuerdo cuando subrayé con un lápiz color gris puedo leer:
"Nacerán y volverán a morir, y otra vez volverán a morir y otra vez nacerán. Y nunca dejarán de nacer, porque la muerte es mentira". Me resulta curioso, porque me lo imagino a él mismo escribiendo su epitafio. Pero ahora tengo que creerlo porque ya se fue, aunque no haya cerrado bien la puerta.

