Era jueves y nos levantamos un poco más tarde que lo habitual. Yo tenía ganas de ver un pueblo que estaba partido en dos por un canal que lo conectaba con el mar...
Allí había un puerto un poco más pequeño que el de San Sebastián pero me pareció atractivo justamente porque era pequeño y no muy conocido. Quería evitar el contacto con esos molestos batallones de turistas o de chinos, que al final es lo mismo.
Mirjam estaba de bastante mal humor porque no había podido dormir bien la noche anterior, a causa de la humedad y el frío de las paredes de aquella pensión de mierda en la que parábamos.
Habíamos intentado airear la habitación abriendo de vez en cuando una ventana que daba a un patiecito interior lleno de plantas verdes que colgaban de macetas, pero la idea resultó peor, y luego toda la ropa y las mochilas estaban húmedas y transmitían una sensación de frío.
Habíamos preguntado si era posible cambiarnos de pieza, pero la mujer negra con la cicatriz en la cara y el acento dominicano nos dijo que no, que la pieza ya estaba reservada y otros cuentos mas.
Lo cierto es que la habitación de al lado estuvo siempre vacía, y entonces decidimos robarnos el calefactor que encontramos inútilmente allí, para intentar calentar nuestro cuarto. Resultó a medias, porque si bien el artefacto despedía ese calor elemental y necesario, nosotros nos largamos a la calle antes de comenzar a disfrutar del aire tibio.
Después del desayuno cargamos agua en la mochila e iniciamos la marcha a pie. Caminamos rumbo a los límites de la ciudad y comenzamos a subir por otro cerro que no conocíamos. En la entrada del monte había un cartel de madera que decía: “9,5 Km, Pasaia puerto”. Era un buen momento para hacer ejercicio.
El monte Ulia es la tercera altura importante que rodea el casco urbano de San Sebastián. Nos pusimos en marcha por aquel camino vasco, blanco de polvo, y el paisaje fue monótono durante un rato, pero luego comenzó a cambiar a medida que subíamos rumbo al este.
Alternativamente y en los pasos altos, el monte se abría y nos dejaba ver una costa rocosa con hileras de montañas negras, sembradas de pinos verdes y roblecillos bajos. A lo lejos, en algunas laderas, veíamos ermitas solitarias y lejanas construidas sobre los picos afilados.
El camino de tierra transcurría por la cima de los pasos y luego descendía, siempre alternando el ritmo y bordeando una cornisa profunda, bajo la cual estallaban con furia olas del mar.
Al cabo de hora y media de marcha, la brecha comenzó a bajar, y más allá la tierra se aplanaba y había pequeños claros con praderas y florecillas amarillas y blancas. De vez en cuando un hilo de agua transparente atravesaba el camino que bajaba de la montaña, y entonces disfruté de aquella naturaleza, y agradecí interiormente aquella alegre sensación de sentirme tan vivo, tan sano como un animal salvaje que caza su comida, y habita una cueva escondida.
En la planicie próxima al descenso final, encontramos una vieja construcción romana de piedra con forma de acueducto. Era imponente, porque sus arcos perfectos estaban cubiertos por enredaderas, y los siglos transcurridos a la intemperie o a la erosión del viento y del mar, habían pulido sus piedras hasta dejarlas suaves, brillantes, como si algunas fueran de vidrio.
Antes de ingresar al pueblo, vimos a la izquierda una altura con un camino de tierra que la atravesaba, y en su cumbre una construcción sombría que dominaba las vastedades del mar.
Era un faro, pero no pudimos entrar porque estaba cerrado por un portón de hierro y un candado oxidado. Entonces vimos, desde aquella altura, como el mar ingresaba por entre dos montañas y abría un largo canal que conducía a un puerto pequeño.
Era el pueblo de San Juan, con su puerto y sus casitas de colores que cuelgan de los cerros.
San Juan es un pueblo con un puerto pequeño, pero da lo mismo decir puerto o pueblo porque todo está ubicado sobre el agua y en un recodo abrigado del viento, y del mar abierto. En el fondo de la ría descansan para siempre los cascos podridos de una decena de galeones hundidos, que antiguamente descargaban allí el cacao americano y las especias orientales, para llevarse el hierro y las barricas de la sidra, y abastecer así a los puestos avanzados en la conquista del nuevo mundo.
En el combate con esas aguas se han forjado cientos de remeros y marinos indomables, hombres habituados a navegar en todos los océanos, que zarparon de ese puerto para ejercer de mercaderes, cazadores de ballenas, pescadores, piratas, o conquistadores de tierras desconocidas.
El gusto áspero del salitre, el laberinto de callejuelas intransitables, y los bellos barcos de pesca con sus cascos de madera pintados de vivos colores, me arrastraron a toda velocidad por aquel lugar, donde se exhibe la fuerza interna y misteriosa de la mar, que lucha con la estable solidez de la piedra.
Pasaia es un puerto que propone sueños de aventura, y una invitación permanente a descubrir tierras más ricas, y horizontes más anchos. A sus costas regresaban los navegantes, mercaderes y pescadores, con mil años de tradición naval en sus barcos, y una larga lista de compañeros ahogados o desaparecidos, repartidos en todos los mares del mundo.
Las calles del pueblo son angostas, con muchos túneles y puentes porque no hay más espacio entre el agua y el monte. La tradición marinera convive con las gentes en casas coloridas que cuelgan de los cerros, y que laten de vida mientras las madres duermen a sus niños, con el suave vaivén de las barcas.
Ese día comimos un almuerzo a base de jamón crudo, pan y queso del país, que es una mezcla sabrosa de leche de vaca y de oveja, y en vez de vino tomamos agua fresca, porque el vino me da sueño y había que seguir camino luego.
La caminata desde San Sebastián nos había abierto el apetito, y entonces nos lanzamos a las viandas como animales hambrientos. Me saqué las botas y con los pies al viento disfruté del sol que caía sobre aquella plaza junto al muelle.
Había poca gente y unos niños jugaban a la pelota entre medio de las mesas donde comían los mayores. Hombres y mujeres tragaban su rancho, y sus aspectos eran variados. Me llamó la atención un grupo de personas que hablaban fuerte en una lengua extraña, y al despedirse decían “agur, agur”. Era la lengua vasca, esa que llaman Eusquera.
En los pueblos interiores del País Vasco la gente es muy nacionalista, y allí se puede comprender un poco más acerca de ese asunto tan espinoso que castigó durante muchos años a España: el asunto de la ETA.
ETA significa Euskadi Ta Askatasuna, y se traduce del idioma euskera como “País Vasco y libertad”. En el reclamo fundamental del grupo figuraban eran 4 postulados básicos: la defensa del idioma Euskera, el etnicismo (como fase superadora del racismo), el anti españolismo y la independencia de todos los territorios vascos. El método que utilizaban muchas veces para ejercer su reclamo era la violencia, traducida en atentados, asesinatos, secuestros y otras cuestiones dignas de una guerra.
ETA existe todavía, aunque ya no ejerce la violencia, respetando hasta el momento la firma de un tratado de no agresión firmado con el gobierno español hace pocos años. Pero en pueblos como San Juan, se puede sentir que la organización todavía sigue latiendo.
Muchos carteles con consignas independentistas colgaban de los techos a la par de la “Ikurriña, palabra con la que ellos identifican a su bandera. Frases escritas en las paredes pedían la liberación de los presos políticos de ETA, retenidos por el gobierno español en diferentes cárceles a lo largo del país.
Un tipo joven, sombrío, de piel morena y aspecto de gitano, charlaba con otro de barba crecida y patillas pequeñas. Cuando los vi me miraron sin decir nada, pero sentí una sensación de maldad siniestra y repulsiva en sus expresiones, y entonces supe que no era bienvenido frente a aquella pared pintada con una enorme bandera vasca.
Después de mear en un baño público decidimos que ya era hora de largarnos de allí, entonces subimos a un bus que nos llevó a Hondarribia, el último pueblo vasco español antes de la frontera con Francia.
En Hondarribia recorrimos el casco viejo de una ciudad bonita que mira al mar, y en el horizonte no muy lejano y al otro lado de un río vimos Francia, con sus suaves colinas pardas y sus cultivos y los techos rojos de sus casas que dan al campo.
Hable con un muchacho flaco de nombre Jesús, que vendía boinas en una de aquellas casas viejas. El me contó que en casi todos los pueblos de la frontera vasca, los comerciantes ejercen alguna forma de contrabando, porque los impuestos legales son altos, y porque además aquella gente conoce palmo a palmo las veredas que van por las vertientes de los montes, y que no hay misterio para ellos en las praderas altas y metidas entre los bosques que caen en las ciudades, a ambos lados de los Pirineos.
Me puse en la cabeza una de sus boinas y él exclamó: “joder tío, pero si pareces unos de estos de por aquí que bajan de la montaña, con esa mochila y esa boina”. Entonces reímos unas buenas carcajadas y le devolví su mercadería, luego de gastarnos algunas bromas.
De regreso por el camino de San Sebastián vimos caer el sol donde la vista se perdía. Era un atardecer extendido, ancho, que se recostaba lentamente sobre la superficie plana del mar.
El agua estaba planchada, prácticamente sin olas, como si todo aquel enorme océano se hubiera transformado de repente en un inmenso estanque de aceite, oscuro y quieto.
La noche caía y corría a través de ella una briza tibia, muy distinta al viento fresco de la mañana, mientras el sol enrojecido hundía lentamente sus últimos tentáculos de fuego en aquel paisaje azul naranja.










