Una foto color sepia, un recuerdo perdido en esa memoria recóndita que viene desde la niñez dibujada en la imaginación, que en la adultez toma cuerpo de admiración. El abuelo Silvano, el que peleó en la Guerra del Chaco, una guerra por un pozo de agua seco...
desde Guadalajara. México
"La foto que acompaña este relato fue tomada el 5 de Enero de 1934 en ocasión del combate de CARANDAYTY, -caña brava-.Observese el sombrero, la camisa, el pantalón y la posición del firme de ese guerrero singular que fue nuestro padre y abuelo quien, pese a los sufrimientos del terreno hostil y los padecimientos de la guerra, supo mantener su espíritu de patriótico soldado, con un alto sentido de la disciplina."
Yo no tenía ni edad. Un niño era cuando vi su foto por primera vez.
La foto, color sepia y desgastada por el sol, estaba incrustada en el azulejo de una tumba, perdida entre otras tumbas del cementerio de Posadas, la tierra donde nací.
Yo era chiquito y veía la foto como cosa de otro mundo, igual que las imágenes de las historietas que admiraba en esa época, en mi pequeño universo de los 9 años.
Tal vez, hasta podría haberla confundido con las imágenes de las aventuras de "Nippur de Lagash" o de "Aquí la Legión". La foto de esa tumba perdida tenía un aspecto singular: antiguo, místico y casi surrealista.
Mi viejo me llevaba de la mano algunas veces, a saludar su recuerdo, el recuerdo de mi abuelo, un hombre que para mí siempre fue un misterio.
No tuve el gusto de conocerlo. Se murió unos años antes de que yo viniera al mundo. Se murió sufriendo, atormentado por las pesadillas y temblando como una hoja por culpa del Parkinson.
Me hubiera gustado conocerlo. Seguramente, le habría gastado las rodillas de tanto estar sentado durante horas en su regazo, escuchando, manos al mentón, los relatos de guerra que tenía para contar.
Mi abuelo combatió en la GUERRA DEL CHACO. Fue soldado de infantería cuando el Paraguay se enfrentó con Bolivia por un pedazo de tierra desértica y seca de agua y de vida, allá por los comienzos del último siglo.
Unos gringos, venidos desde el otro lado del mundo, mundo del norte, dijeron que en algún lugar de ese desierto había petróleo, pero al final los pueblos hermanos terminaron muriendo por defender un pozo seco de agua, al servicio de la imperial angurria británica.
Siempre me dio tristeza que la historia de las batallas muera en las bocas de los veteranos, por omisión, por desinterés o por olvido. Por eso cuento esta historia.

LA CANCIÓN DEL SOLDADO.
Mi abuelo se llamaba Silvano Galarza, y nació el 12 de septiembre de 1890 en San Ignacio de Las Misiones, pueblo jesuítico de la República del Paraguay (uno de los 30 pueblos de las misiones donde los sacerdotes jesuitas redujeron en una comunidad organizada a los indígenas guaraníes).
Hoy, estaría cumpliendo 116 años.
Hacía dos años que había sido dado de baja del servicio militar obligatorio cuando, a comienzos de 1933 fue convocado a ponerse “bajo bandera” y así, a la edad de 38, marchó al frente como reservista.
Hombre de campo, enjuto, trabajador sencillo de complexión fuerte y atlética, se vio enredado de repente en el infierno en que se transformaría su vida.
La guerra se desarrollaba ya hacia un año.
El abuelo Silvano integró el Regimiento de Línea “Z 4 “, una fuerza de zapadores que en el frente de combate, iba abriendo picadas (senderos) y trincheras en el monte, entre cañonazos y municiones que volaban, ensordeciendo el ambiente.
Sin elegirlo, se transformó en un guerrero con alma de campesino.
Tenía el grado de cabo. Bajo su mando estaban las vidas de soldados casi niños de 14 a l8 años, quienes, al sonar del clarín llamando a carga general, arremetían contra el enemigo cayendo “como moscas” en el empeño, para volver al asalto con otro contingente que, igualmente, morían en tremendas acciones.
Bolivia y el Paraguay estaban en guerra. Los dos pueblos más pobres de la América del Sur, los que no tienen salida al mar, los mas despojados y los mas vencidos, se mataban por un pedazo estéril del mapa. Detrás de las banderas de los dos países, la Standard Oil Company y la Royal Dutch Shell, disputaban el posible petróleo del Chaco.
El Chaco es una llanura de aproximadamente 270 mil kilómetros. Al decir de Galeano, “Es un desierto gris, habitado por espinas y serpientes, sin un pájaro cantor ni una huella de gente. Todo tiene sed en ese mundo de espanto. Las mariposas se apiñan, desesperadas, sobre las pocas gotas de agua. Las moscas deambulan lentas, por el aire pegajoso."
Los bolivianos venían de la heladera al horno: habían sido arrancados de las cumbres de los Andes y arrojados a esos calcinados matorrales. Ahí morían de bala, pero más morían de sed. Nubes de moscas y mosquitos perseguían a los soldados, que agachaban la cabeza y trotando embestían a través de la maraña, a marchas forzadas, contra las líneas enemigas”.
Unos rubios ingleses, con portafolios llenos de papeles y venidos desde el otro lado del mundo, mundo del norte, mundo de frío y desprovisto de las riquezas que en esta tierra existen, fundaron la discordia entre los dos pueblos, avivando el fuego del Paraguay para lanzarlo a la guerra con el fin de "recuperar los territorios en donde existe el petróleo, que está en manos bolivianas".
Como violenta paradoja del destino, un destino no elegido por los pueblos en disputa, la guerra comenzó cuando paraguayos y bolivianos cruzaron las primeras balas en un caserío llamado Masamaclay, que en lengua de indios significa "lugar donde pelearon dos hermanos".
El cabo Silvano Galarza, mi abuelo, el padre de mi padre, combatió con fusil y con machete, con sus manos y con sus dientes, pero sus mayores tormentos fueron producidos por la sed. La terrible alucinación de la sed.
La tradición oral es, muchas veces, el único archivo histórico que la lengua madre de algunos pueblos utiliza, para relatar situaciones. Este es un ejemplo de esa práctica milenaria de transmitir vivencias, para contar el pasado.
Por la boca de mi padre escuché esta historia que el abuelo le contaba antes de morir. Relatos de un tiempo atroz...
La pequeña unidad, un raído pelotón, avanza a pasos lentos por entre las trincheras y los pozos secos de vida. Espectros moribundos cubiertos de polvo y suciedad deambulan entre huecos convertidos en fosas, y del gentío de muertos, asoman los vivos.
Los vivos sólo se distinguen de los muertos porque se mueven, pero se mueven como borrachos que han olvidado el camino de su casa.
El cabo Galarza acompaña a sus soldados heridos, jovencitos, casi niños y muertos de miedo. No tienen ni una gota de agua para perder en lágrimas. No lloran, pero cada tanto emiten gemidos.
Algunos, se ahogan en un seco resuello, otros miran el desierto con la vista perdida. La nada se dibuja en el inexorable horizonte. La muerte acecha a cuentagotas, inevitable, invisible.
El lugar se llama ÑACORANZA. Es un páramo donde no existe ni choza de barro ni fortín. Los soldados defienden la nada. Decenas de bolivianos son tomados prisioneros en el combate. Claman por agua. Pasan semanas sin el vital líquido. También ellos, los soldados paraguayos, sufren el tormento. Entonces, en el colmo de la desesperada situación, alguien ordena chupar la hoja de una planta carnosa y espinosa llamada CARAGUATÁ, que al contacto con la boca produce cortaduras y lesiones muy dolorosas.
En el delirio que produce a las tropas la falta de agua, apuntan a la cabeza de los prisioneros bolivianos con los fusiles. Algunos matan en la desesperación, lamen la sangre. Obligan a los prisioneros a orinar lo que pueden. Al primer chorro de orina, los otros hombres se abalanzan sobre el sucio recipiente de metal donde cae el maloliente y amarillo liquido, líquido vital.
Intentan “tomar agua”, o lo que a ella se parece. Nada se pierde, ni una gota. El que orina afuera muere, por balazo o por machete. Es una orden directa al prisionero: “orinar!!!”. La impotencia se adueña de los cuerpos, cuerpos retorcidos, vientres hinchados, bocas reventadas. Las mentes se enferman.
El cabo Galarza, junto a su unidad de infantería, marcha por la tierra arrasada, devastada por el castigo del sol. Tierra agrietada, tierra sin vida, donde los muertos yacen en montones putrefactos y ellos mismos los llaman “Teonguente”, que en guaraní significa "despojos mortales", o más claramente "una pila de cadáveres".
Los morteros caen sobre las posiciones durante el día y durante la noche. La locura de la guerra...
El día 5 de enero de 1934, el viento ha dejado de soplar y todo flota en una tensa calma.
Antes del amanecer, se han arrastrado los soldados paraguayos hasta el lugar de la batalla, cuerpo a tierra, uniformes harapientos y fusiles al hombro, esperan silenciosos para montar una emboscada.
El lugar es un algodonal cerca de una cañada y de un camino. Los soldados lo llaman “CARANDAYTY”, que en idioma guaraní significa “caña brava”, porque el sitio está cubierto de una planta enmarañada con forma de cinta verde que corta la piel por el filo de las hojas.
Los paraguayos observan en el cañadón a unos 200 reclutas bolivianos que hacen instrucción militar sin sospechar del peligro que corren. De repente, se desata el infierno.
Las ametralladoras vomitan plomo y al grito del combate se va aniquilando al enemigo. No queda nadie vivo. El cabo tiembla, doloridos los oídos por el estruendo de la metralla.
Más allá de la cañada, pasando el camino, se encuentran de repente al alcance de las armas de infantería, se aplastan donde pueden, se deslizan de refugio en refugio, y llegan al “contacto”.
Se amontonan en un hoyo donde será necesario arrancarlos para ofrecerlos de nuevo a las balas y las granadas de los otros. Y esos otros, que repentinamente comienzan a odiar, no son más que siluetas que a duras penas logran entrever. La breve luminosidad de un arma automática los deja clavados contra el suelo. Cuando todo pasa, el silencio y la sed vuelven a atormentar.
El 14 de junio de 1935, se deja definitivamente de combatir. Después de noventa mil muertos acaba la guerra del Chaco. Duró tres años.
Al mediodía llega al frente la noticia. De las trincheras salen espectros en harapos, aturdidos por la sed y embrutecidos por la batalla. Se ven frente a frente las caras los enemigos, que se mataron hasta hace poco, durante tres estúpidos años. Tienen la orden de saludar solamente con la venia militar y así se saludan. De repente, alguien lanza un grito y ya nadie puede parar el eufórico alboroto de la felicidad.
“Ha terminado la guerra!!!!, volvemos a casa chamigo!!!”, las palabras de los soldados curtidos en la lucha. No hay rencores en el encuentro. Aviones que poco antes ametrallaban sin piedad, ahora siembran de flores silvestres el campo neutral.
Los soldados rompen las líneas de las trincheras y arrojan las armas a los pozos. Las gorras vuelan al viento y los machetes se abandonan. Todos corren como una jauría de perros, perros desesperados sedientos de paz. Bien abiertos los brazos, se abrazan paraguayos y bolivianos, cantando, gritando, llorando; ruedan por la arena caliente.
Mi abuelo Silvano, el padre de mi padre, fue uno de esos soldados. El estuvo ahí…


5 comments
Sebastian Galarza
24 febrero, 2013 at 12:52 am
Estimado Luis.
muchas gracias por tu referencia a esta gesta tan cara a nuestros sentimientos. Ojalá estemos en contacto. Te mando un fuerte abrazo.
Luis Alberto Mello
27 enero, 2013 at 10:28 pm
Estimado:
Aparte de descendientes de paraguayo nos une algo más soy misionero de Edorado pero viví también en Posadas, te paso el link de lo que publiqué en el foro MEMORIAS DE LA GUERRA DEL CHACO en honor al recuerdo de tu abuelo. https://facebook.com/groups/mdchacop/
Luis Alberto Mello
27 enero, 2013 at 9:35 pm
Estimado: Participo de un hermoso foto en facebook que se llama MEMORIAS DE LA GUERRA DEL CHACO, al cual si no lo has hecho aun, te invito que lo hagas o bien me pasas tu face y yo te doy de alta, esta noche voy a colocar la foto de tu abuelo un heroe de la guerra del chaco que no debe ser olvidado, mi padre también fue combatiente en la guerra y es lo minimo que podemos hacer por estos patriotas, te mando un abrazo y te comento que fui 3 veces a a guadalajara hermosa ciudad y me puedes encontrar en facebook con por mi nombre, un abrazo <Luis.
sebastian
26 enero, 2013 at 11:12 pm
Muchas gracias por tus cálidas palabras querida Ana María. Un gran abrazo desde esta entrañable tierra azteca.
ANA MARIA GALARZA
16 enero, 2013 at 11:40 am
¡Gran sorpresa!, al leer, desde el Portal de Enlace Critico, esta nota "La Cancion del Soldado", mi Abuelo Silvano.
Ha llegado la emoción, hasta mis entrañas,pues es parte de mi propia vida de niña, cuando mi padre Silvano, con manos trémulas y temblorosas,(por el parkinson, consecuencia de la guerra), graficaba sobre el suelo, narrando las experiencias vividas;como niña, lo escuchaba y observaba , con sentido ludico, sus estrategias de lucha, dolorosa, cruenta en situación de alerta.
Mi querido "Seba", valiente joven, de inteligencia brillante y buen estratega, con conocimientos y experiencias en territorio.
En el desarrollo de la narración, verazmente histórico, ingresaste a la cruda realidad sufrida por dos Pueblos Hnos. Paraguay y Bolivia, llevados a una guerra (por niños y jovenes, ya carecian de adultos), por intereses creados por el país que aún pretende vulnerar y arrebatar nuetra Soberania Nacional. Eres excelente narrador, emulas a tu Padre, como Periodista Ético y profundamente Humanista.
Un cálido abrazo y GRACIAS, por tu sensibilidad por otorgar el recuerdo y el valor a hombres humildes y valientes.
Simplememte ANA MARIA GALARZA.
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