Por Osvaldo Croce y Armando Borgeaud...

Menos mal que la vida no da la posibilidad de rebobinar los actos como en esos antiguos grabadores de casete, dice Vicente mientras vuelve de la panadería con dos flautas raquíticas en la bolsa de red, porque ahí sí que se acabarían todas las excusas que las segundas partes derribarían como naipes. Qué joder.
De cuadernos de la herencia, circa 1980
337 Comienza a llover sobre la ciudad en jueves. De a poco, círculos de agua borran las calles. Si se pone atención pueden escucharse los pasos de la vida que se van, dejándonos atrás.
398 Espera sentada a una mesa del bar, nota suelta de este mediodía. Está empapada de tiempo.
407 Viento del sur entre ángulos de edificios. Hace falta el pelo de una mujer que no, pero podría.
300. El perfume de las revistas mejicanas de historietas apiladas en el rincón de la pieza se mezcla con el de la tierra mojada apenas empieza a llover mansamente en la tarde de martes. Desde la cocina oigo la voz de mamá cantando Vida mía mezclada con la risa inconfundible del Negro Guerrero desde la radio a válvulas en la repisa sobre la alacena, mientras se termina de cocinar un bizcochuelo en el horno. Y pensar qué yo creía que la felicidad en serio vendría después.
408 Vicente ríe con ganas en al baño, frente al espejo, después de una ducha. Por un momento confundió la toalla húmeda con un pañuelo mojado de llanto.
106 a. Cada vez que desenrosca el tarro de café Dolca que su médico le tiene prohibidísimo y le llega ese aroma levemente áspero y dulzón de lámpara de Aladino, junto a la ventana que da al patio lleno de plantas abigarradas, le viene la escena de Baby poniéndose sin ganas la campera gastada, agarrando el tubo con las láminas, ajustando la carpeta con elásticos debajo del brazo antes de caminar hasta la puerta alta, el piso de madera de aquella oficina municipal espaciosa daba la impresión de ser la cubierta enclenque de un barco.
204 Destellos de sol entre cielo de tormenta, los pasajeros del colectivo quedan envueltos en el color de los sueños que destiñen.
106 b. Cada tanto, antes de salir, Baby se daba vuelta repentinamente para despedirnos hasta mañana con su sonrisa melancólica anunciando que ese atardecer sería terrible. Después, se perdía camino a la estación del Mitre para tomar el tren de las tres de la tarde rumbo a la facultad de Arquitectura. Y efectivamente, cuando era él quien salía caminando hacia la UTN con el sabor del último café Dolca del día aún en la boca, cruzando la plaza Costa hasta la Rivadavia a la hora justa del atardecer, comprobaba la certera premonición de su amigo. Y como decía Baby, con esa nostálgica seguridad con la que afirman los sabios, en esos casos era inútil buscar refugio para aquella terrible tristeza.
015 Su padre decía que era un dolor de cabeza y desde chico en el barrio empezaron a llamarlo Jaqueca, hasta que jugando picados por medallas sin importancia lo acortaron a Jaque. Hoy en el club privado le dicen Jake y él sonríe como si escuchara un elogio, el nombre de artista de cine, un ganador que nunca fue.
118 Después de varias sesiones de psicoanálisis dejó de confundir las hornallas de la cocina encendidas con los fuegos del Infierno. Se quema sin miedo en la predominante mediocridad.
555 Conduce un remise para empresas. Cada tanto lleva a lugares siniestros a personas que visten trajes oscuros, lucen bien peinadas hacia atrás, tienen anteojos negros. Van en su carnaval disfrazados de silencio.
406 Las voces del ambiente laboral, cortinas que a veces suenan cuando las atravieso casi sin tocarlas.
29. Está bien Almada, está bien, ( el hombre se llamaba a sí mismo en el espejo por el apellido para evitar las groserías que al final impone la intimidad ) supongamos que es cierto eso de que con los años la gente se va poniendo más optimista por lo que sea, no vamos a entrar en detalles en el poco tiempo de una afeitada. Aunque para mí es por miedo a la muerte que un tipo como yo empieza a sentir más ganas de vivir a esta altura, qué querés que te diga Almada, al pan pan. Pero lo que tiene que quedar claro es que una cosa es mirar la vida que va quedando con una cierta piedad condescendiente y la otra es convertirse en un imbécil decadente que sonríe como un autista hasta en los veloríos. ¿Entendiste, Almadita ?
