"UN CUENTO Y UN COMENTARIO" por Guillermo Rivelis

Carlos Riedel18 febrero, 2024

Ayer, Enlace Crítico publicó un cuento escrito por Diego Paolinelli que lleva por título: “Con la mente en blanco”.

Leí dos veces el cuento con atención.

Y con emoción.

Con las emociones que me iba produciendo.

La ilustración que aportó Enlace Crítico enmarca, a mi entender, hermosamente el cuento.

Cuando terminé mi segunda lectura escribí como comentario: “Bellísimo”.

Así sentí el cuento que nos ofreció Diego Paolinelli.

No conozco a Diego más que por los cuentos que escribe y publica Enlace Crítico.

Me gusta lo que escribe.

Tiene un estilo muy personal.

Pendula, ágil y profundamente, entre la realidad y la imaginación.

Todo lo que leí escrito por Diego refleja un tono sentido y auténtico de afectividad.

Además del que hice, hubo otro comentario.

Se trataba de una pregunta dirigida al autor.

No me hizo falta leer nuevamente el cuento para reconocer que no entendía la relación entre la pregunta y el contenido del mismo.

Pensé que, tal vez, se tratara de un amigo o conocido de Diego y esa pregunta tuviera que ver con un código entre ellos.

Fuera de esa posibilidad, la pregunta se me aparecía como sin sentido respecto del cuento.

Y a mi, desconocedor de algún tipo de vínculo entre autor y lector si lo hubiera, me resultaba de baja ironía, de tono agresivo y, especialmente, de intención descalificadora.

Puede ser que me esté equivocando.

Cuando alguien dice “tengo frio”, otra persona puede decirle que no hace frío y que la temperatura es de treinta y ocho grados.

Pero si esa persona dijera “siento frío” estaría expresando una realidad y una sensación propias que serían irrefutables.

En esta ocasión, escribo lo que siento respecto del comentario al que aludo.

Me ha sucedido, cuando publico, recibir comentarios de esa índole o de la índole que siento el comentario al cuento de Diego Paolinelli.

Sabedor, cuando soy yo quien escribe, de la inexistencia de un vínculo previo con la persona que hace un comentario de ese tipo a mi nota, me quedan pocas dudas acerca del sentido del mismo.

No me refiero, por supuesto, a los comentarios que expresan desacuerdo con lo que escribo.

Esos son sumamente bienvenidos.

Ayudan a reflexionar.

Me refiero a los comentarios que dicen cosas acerca de mi persona como si fueran conclusiones o inferencias a partir de lo que leyeron.

Suelen ser comentarios que intentan ubicarme en algún lugar “cliché”, pero que en tales casos son erróneos.

El comentario, frecuentemente, va acompañado de una denostación de ese lugar.

Y me refiero, también, a comentarios como, según siento e interpreto (reitero, con la posibilidad de equivocarme), caracteriza al comentario al que hago referencia respecto del cuento de Diego Paolinelli.

Las personas que nos exponemos, por ejemplo escribiendo y buscando que lo que escribimos se publique, sabemos que podemos recibir críticas favorables, críticas desfavorables, críticas con cierto tono violento, halagos, descalificaciones…

Quienes hacen públicamente comentarios también se exponen, en tanto no se esconden en la perversidad del anonimato.

Quienes escribimos estamos preparados para la exposición y las respuestas.

Algunas críticas nos enriquecen.

Otras, nos dejan como estábamos.

El edificio de lo que hemos escrito se mantiene incólume.

Y la instancia que nos permite escribir, también.

La dinámica entre construcción y destrucción es compleja.

Suele suceder que en un instante se destruye lo que llevó tiempo y creatividad para construirse.

No son así las situaciones a las que me refiero.

Porque no son destructivas.

Son de cierta agresividad.

Es como si a un edificio sólidamente construido alguien, por gusto o por enojo, arrojase una piedra a una de sus paredes.

El edificio no se conmoverá.

La persona que arrojó la piedra, tal vez, haya producido en ella una descarga que transitoriamente le sirva.

Pero tal descarga la llevará, muy probablemente, a una frustración cada vez que vea al edificio intacto y útil para las personas que lo habitan.

Quienes escribimos seguiremos escribiendo.

Como si esos comentarios de contenido violento y discriminatorio no hubiera existido.

No modifican nuestros proyectos y nuestro afán por comunicar.

Escribo esta nota porque, en alguna medida, me preocupa o me conmueve la persona que tira la piedra.

No la piedra que tiró.

Pienso que la vida ofrece inmensas posibilidades de expresión que pueden enriquecer a una persona, hacer su vida más bella, más abierta y comunicativa, más amorosa y vinculada armoniosamente, aun con diferencias, con la vida de los otros.

La piedra rebota y cae cerca del lugar donde rebotó.

Ahí acaba, sin lograr su intención.

Y ahí queda.