Raymundo había heredado la casa de su padre donde vivía con su esposa y su hijo único.
También había heredado un departamento de tres ambientes.
Estaba muy orgulloso de sus propiedades.
Miraba con cierto desdén a los inquilinos.
Sospechosos, en su manual de prejuicios, de no trabajar lo suficiente o no ser organizados con el dinero.
Gonzalo había alquilado tres meses el departamento, apto profesional, para su trabajo como médico pediatra.
Entre el hospital y el consultorio llenaba su vida laboral.
Siempre había sido un inquilino sumamente cumplidor.
Al cabo de tres años se habían producido cambios en las posibilidades de propietarios respecto de los inquilinos.
Raymundo le planteó a Gonzalo un contrato leonino.
Imposible de responder desde la partida y más aún en los ajustes trimestrales.
En situaciones de crisis, como fue el COVID, se muestran los aspectos más generosos de algunas personas y los aspectos más mezquinos de otras.
Carmen sintió cierta vergüenza.
Pero Raymundo estaba decidido a hacer valer hasta el extremo su “merecida” condición de propietario.
Gonzalo se fue.
Por suerte encontró otro departamento en condiciones lógicas.
Pasó el tiempo.
Alrededor de cuatro años.
Gonzalo profundizaba en conocimientos y vocación.
Pablo, el hijo de Raymundo y Carmen se había casado.
Con Noelia.
Vivían en la casa de Raymundo o del padre de Raymundo.
Mientras tanto alguien había alquilado el departamento.
Así que los comentarios de la familia eran categóricos con relación a Gonzalo y su ineficacia.
Salvo Carmen, culposa.
Una noche, el niñito no podía respirar bien.
Rodeándolo, casi apretujándolo, Pablo, Noelia, Raymundo y Carmen lo llevaron a la guardia.
Por una cuestión casual, los recibió Gonzalo.
Conocía a la familia.
Lo primero que hizo fue pedirles a los cuatro adultos que se alejaran.
El niñito se quedó con él.
Comenzó a contarle cuentos en los que había mucho aire y le dijo que tratara de respirar ese aire.
Poco a poco, el niñito se fue recuperando.
Tomando color.
Después, hizo unas rápidas pruebas de rigor.
Todo estaba bien.
Noelia lo tomó de las manos y le dijo “gracias”.
Pablo le dio un sentido abrazo.
Carmen, culposa, con la cabeza gacha dijo “muchas gracias”.
Raymundo no dijo nada.
Esa es la actitud “valiente” de quienes ya no tienen un poder.
Gonzalo dijo que quería hablar con Noelia y Pablo.
Raymundo quiso llevarse al niñito.
Pero Gonzalo le dijo que el niñito se quedaba con sus padres.
Conversaron una hora.
Noelia y Pablo se sintieron liberados

