UN CUENTO: “HUMOR VIOLETA” por Guillermo Rivelis

Cuando miraba por televisión a su equipo de fútbol y metía un gol, se ponía rojo, más que de alegría, de euforia mezclada con bronca al rival.

Cuando terminaba el partido y su equipo ganaba, recordaba uno a uno los partidos perdidos contra ese otro equipo (en los que obviamente el árbitro había cobrado mal y les habían “afanado” el partido).

Recordaba a los crueles ejecutores de aquellas injustas derrotas y gritaba: “¿Qué dicen ahora?”.

En otros momentos, con su espalda apoyada en la cama y las piernas en la pared, imaginaba.

Azules pensamientos sobrevenían unos tras otros, deliciosamente.

Casi siempre se trataba de mejorar el mundo.

Para que no hubiera violencia, o siquiera menos, incluso en los partidos de fútbol.

La filosofía se entreveraba en sus elucidaciones.

Era un interesado lector.

En sus azules conjeturas, entendía que algún día la filosofía, la sociología, la psicología, la neurología y la física cuántica sintetizarían una aproximación al ser humano y su problemática en la Tierra.

Sus amigos, que lo querían, lo consideraban un poco loco.

Cambiaba de programa y de tema como si moviera la perilla de la radio.

Parecía ser dos personas que no se comunicaban entre sí.

Pero él estaba tranquilo.

Tenía claro que era uno.

Recordaba a Jung que alentaba su convicción.

Y a Martín Buber que afirmaba: “No hay dos clases de hombres. Hay dos polos de humanidad”.

Podía ponerse rojo de furia cuando en una discusión sobre Filosofía expresaba a viva voz la superioridad de la Escuela de Frankfurt sobre Heidegger y el apoyo de Heidegger al nazismo.

Ocurrió en la cancha del equipo del Nacional B del barrio, del cual todos eran hinchas.

Repleta por la posibilidad de ascenso del querido club, un gol, de los que se gritan.

Lo sorprendió en una estación (desconocida para otros) de su vuelo por el espacio imaginativo.

Tres para - avalanchas más abajo y tirado en el piso, recordó el lugar dónde estaban y para qué.

Los amigos alternaban risas, intentos de cuidado y preocupación.

Pensaban que el loco, a veces, se ponía en riesgo.

Accedió, para complacerlos, a la recomendación de terapia.

Sin dificultades, y hablando como una canilla abierta, le contó estas cosas al profesional que lo escuchaba atentamente.

El terapeuta le dijo que le iba a hacer algunas preguntas de rigor.

Nacimiento, mamá, papá, hermanas y hermanos, infancia.

Esa parte le pareció divertida.

Contestaba sin tono dramático.

Aunque no desconocía cosas difíciles algunas, aberrantes otras, que habían sucedido en su familia y en su vida.

Para finalizar la sesión, el terapeuta le dijo que no podía ayudarlo a curarse de no sabía qué.

Pero podía acompañarlo a profundizar su rojo y su azul para que pudiera construir un diferente y singular humor violeta.