Vivía en Flores.
En la calle Gavilán al 700.
Sola.
Tendría unos setenta años.
Aunque parecía más grande.
O de edad indefinida.
Su vida era un misterio.
Salía casi nada de su casa.
Una vez por semana iba al almacén de Don Agustín, en la esquina, y a la carnicería y verdulería.
Y todos los días salía a las cinco de la tarde y se quedaba hasta las seis parada con los brazos apoyados sobre uno de los pilares.
Todos los vecinos que pasaban la saludaban amablemente y ella a ellos.
Algunos se detenían a conversar un ratito.
Cuestiones del presente y cotidianas.
El frío, el calor, los precios.
Especialmente, disfrutaba con los chicos.
Les preguntaba siempre por la escuela.
Le encantaba que le contaran.
Ella decía que le gustaba escuchar la radio.
Más los programas en los que hablaban que los que ponían música.
Se decía que no tenía familia.
Y parecía ser cierto.
Nadie la visitaba.
La casa era vieja.
Pero se mantenía perfectamente en pie.
Era tan sólida como las otras casas de ese barrio de casas viejas.
Se hacían especulaciones sobre su vida.
Pero nadie se animaba a preguntarle.
Con su sola presencia, Isolina marcaba un límite de lo conversable.
Las historias que los vecinos inventaban eran habitualmente escabrosas.
Accidentes, muertes, abandonos poblaban la imaginación que pretendía llenar los vacíos de realidad.
Los chicos de la cuadra la querían.
Siempre tenía caramelos para ellos.
Muchas veces Isolina formaba parte de la conversación en la cena de alguna familia.
Pero no cabía la mínima posibilidad de pensar en invitarla a una casa o a un acontecimiento barrial.
Eran cinco los chicos de la cuadra.
Ellos generaban en sus cabecitas alguna idea diferente.
Y transgresora.
Mabel, Oscar, Ernesto, Marta y Griselda oscilaban entre los nueve y los once años.
No se resignaban al desconocimiento.
Ni a la soledad de Doña Isolina.
No querían hacerlo ocultándolo.
Sus padres decían que lo hicieran.
Pero que podía pasar que Doña Isolina se sintiera incómoda.
Y no quisiera.
Decidieron arriesgarse y probar.
En la cocina de la casa de Mabel hicieron la torta de chocolate.
Y a las cinco de la tarde fueron.
Cuando los vio, Isolina sonrió.
Y ellos le dijeron que habían hecho una torta para comer con ella dentro de la casa.
Con total naturalidad, como si fuera cosa de todos los días, los hizo pasar.
Adentro, la casa, ordenada y limpia.
Con muchas cosas viejas bien conservadas.
Y relucientes.
Isolina puso un mantel de color bordó en una mesa muy grande.
Seis tazas con sus respectivos platitos.
Hizo café con leche para acompañar la torta.
Una rica merienda regada de relatos de los chicos acerca de las escuelas.
Terminada la merienda, ya prestos a irse, escucharon a Isolina decirles “vengan por acá”.
Entraron a una habitación que no era la de Isolina.
Había una máquina de coser a pedal.
Isolina llamaba a ese lugar “el cuartito”.
Abrió un ropero y sacó unas cuantas cajas.
Muy lindas.
De colores.
Parecían perfumadas.
Fue abriendo de a una y mostrándoles.
Hermosos vestidos.
Coloridos.
Brillantes.
Viejos, parecían nuevos.
Y les contó.
Les contó que cuando era muy joven quiso ser actriz.
Y lo fue por algún tiempo.
Su pasión era el teatro.
Y les contó a qué obra pertenecía cada vestido y cuál era su personaje.
Muy poco tiempo.
La moral puritana y autoritaria del padre había puesto fin a la aventura.
En una época en la que las madres callaban.
Y las hijas de veinte años obedecían.
Transidas de dolor.
Su única y contundente revancha fue no casarse.
Había trabajado después como secretaria en una clínica.
Y así se había jubilado.
Hija única.
Fallecidos los padres, vendió la casa que habitó con ellos y que le traía malos recuerdos y feas imágenes.
Y compró la de la calle Gavilán.
Los niños se enteraron de una historia que más que misterio tenía dolor y sobrevivencia.
No terminaron ahí las sorpresas.
Isolina les dio sus vestidos para que se disfrazaran y jugaran a lo que quisieran.
Sellaron el trato.
Todos los martes y viernes irían a merendar con Doña Isolina y a jugar con sus vestidos.
Tuvieron que diseñar y hacer, con la máquina de coser y la participación de Isolina, ropa adecuada para Oscar y Ernesto.

