UN CUENTO: “DON TOBÍAS” por Guillermo Rivelis

Carlos Riedel1 mayo, 2024

Don Tobías era el carpintero del barrio.

Esto abarcaba alrededor de ocho manzanas, incluyendo la suya.

Un artista.

En ese radio, la mayoría de las casas tenían algo que había hecho Don Tobías.

Muebles para la cocina.

Muebles para el living.

Mesas.

Mesitas ratonas.

Armarios.

Roperos.

Alacenas.

Escritorios.

Bibliotecas.

Puertas corredizas.

Y de manera deslumbrante: juegos para los chicos.

Desde juegos de mesa hasta toboganes, calesitas de manubrio, trampolines, arcos de fútbol.

Y una casita de madera tipo prefabricada, que en el fondo grande de los abuelos de los chicos Ramos, ellos y los amigos habían convertido en club social y deportivo.

Era mágico verlo trabajar.

Transformar pedazos de madera en algo hermoso para usar.

Egresado de la escuela primaria, con un lápiz hacía planos y cálculos sobre la madera.

Podía hacer con suma facilidad una raíz cuadrada.

Los chicos lo miraban extasiados.

Cuando se trataba de cosas para los chicos, Don Tobías hablaba con los chicos que, según decía, eran los que sabían lo que querían.

Los padres intervenían sólo en el momento de acordar el precio.

El precio era siempre sumamente acordable.

Los domingos a la mañana, Don Tobías, muy temprano, se preparaba el mate, y con el diario se iba a leer a la carpintería.

Nada podía compararse con el olor a madera.

Después llegaba la hora del almuerzo con la esposa, la hija, el yerno y los tres nietos.

Media hora de siestita.

Jugar con los nietos.

En la carpintería, el lugar preferido de Horacio, Alejandra y Ariel.

El lunes a las ocho de la mañana, el mate y algún programa de música inauguraban la semana de trabajo y creación.

Había empezado en esa casa, de sus padres entonces, a los treinta años.

Cuando había descubierto, después de algunos otros intentos, su pasión por la madera.

Ahora, tenía setenta y ocho.

Los abuelos de entonces no estaban.

Los padres eran abuelos.

Los chicos padres o adultos solteros.

Los nuevos nacidos, los chicos.

La tradición, la misma.

Su pasión, la misma.

Su bonhomía, la misma.

Su trabajo dentro de la carpintería, el mismo.

En el contexto general de situación, muchas cuestiones habían cambiado.

Una gran empresa, una especie de emporio carpinteril, se había instalado después de comprar y tirar abajo cuatro casas de propietarios, entusiasmados por la oferta de dinero.

Algunas personas del vecindario habían considerado adecuarse a las nuevas épocas y modas, atraídos por los objetos en venta y cierto prestigio que se obtenía por ser clientes de “La autoridad de la madera”.

Don Tobías no conseguía dos personas que trabajaran con él como siempre había sido.

Su concepción de la vida hacía que pagara muy bien por el trabajo y que estableciera relaciones amistosas con los empleados.

Pero ahora, los jóvenes preferían emplearse en grandes firmas.

Trabajaba, de todos modos, todo lo que podía.

Aunque se decía en el barrio que estaba de capa caída.

Su jubilación y algunos ahorros le hubieran permitido dejar de trabajar.

Pero… el olor a madera…

Joaquín tenía catorce años.

Magdalena, también.

Carmela, trece.

Inés, doce.

Elías, también doce.

Sebastián, once.

Sabina, diez.

Humberto, nueve.

Algunos de ellos, hermanos entre sí.

No les preocupaban las diferencias de edades.

De esto, nadie sabía nada.

Todos conocían la carpintería.

Los padres de ellos seguían haciendo sus muebles y arreglos con Don Tobías.

Cada vez que iban, Don Tobías les regalaba un pedazo de madera y les decía para qué podía servir.

Se reunieron varias veces en la casa de Magdalena y Sebastián, que es la que tenía una mesa muy grande que había hecho Don Tobías.

Los papás de todos, no enterados del motivo, de todos modos no ponían obstáculos para que se reunieran.

Eran todas familias amigas.

Al cabo de algunas reuniones, fueron a ver a Don Tobías con garabatos bien organizados de ideas.

Don Tobías los leyó y sintió una emoción con cuarenta y ocho años de historia.

Y unas lágrimas muy mojadas y cálidas.

A la semana siguiente, el lunes, un tablón de madera, con letras de colores combinados anunciaba:

ABIERTA PARA QUIEN LO DESEE

(CUALQUIERA SEA SU EDAD).

ESCUELA DE CARPINTERIA “DON TOBÍAS”.

LUNES A VIERNES, DE 18 A 20.

SÁBADOS, DE 9 A 11.