DestacadosResplandores del ojo que espíaUn cuento de Navidad: La opción más generosa

Armando Borgeaud25 diciembre, 2019

Por Osvaldo Croce y Armando Borgeaud... 

En medio de los relámpagos azulados de las soldaduras contra el techo tiznado del galpón, el chico salió al cruce de la mujer con la bolsita, su figura alta resaltando en la claridad de la mañana que entraba desde la calle Quirno. Cuando estuvo cerca de sus ojos vio que dentro de la envoltura había un traje de Papá Noel, y la tarjeta “Para señor Guillaume” escrita a grandes trazos de marcador. El pibe Francis barrió el cuerpo de la enviada, remera de generoso escote, pantalón de jean super ajustado y la boca bien pintada de rojo. Apenas conteniendo la risa, balbuceó que el Gordo Guillaume, dueño de la herrería, no se encontraba en ese momento. Y agregó, largando la carcajada, que seguramente se trataba de una broma o de un error de dirección, de apellido, de encargo. Sugirió se quedara a esperarlo, pero ella ni contestó. Largó la bolsa al piso, le extendió un remito que el muchacho firmó con un garabato, se fue dejándole las estupendas nalgas como regalo extra.

Enseguida se dio vuelta y empezó a los gritos hacia los demás,  tres caretas negras concentradas en el humo azufrado de los electrodos picoteando sobre perfiles y redondos del cinco. Aníbal Reynoso, el tuerto Merli, la vieja Hutton, interrumpieron la tarea y durante veinte minutos se dedicaron a cagarse de risa de Guillaume y más tarde posar con el traje, meta sacar fotos con sus celulares y mandarlas a todas partes.

Alguien dijo che, en cualquier momento aparece el Gordo, arreglaron el atuendo rojo y blanco, las ridículas botitas negras, el cinturón ancho con hebilla de cuentos de hada, el gorro con pompón y la barba blanca con elástico. Francis dejó la bolsa en el sucucho de madera al fondo del local, donde el patrón tenía su oficina, en realidad una mesa chiquita sobre la que descansaba una vieja máquina de escribir y una sumadora eléctrica a palanca, más un sillón de cuero de tapizado deshecho.

Después volvieron los martillazos, música cuartetera, olor a electrodos quemados. Cuando el propietario estacionó su Picasso color verde que rara vez le dejaba la mujer, el episodio era un chisme en la frágil algarabía de los oficiales y el aprendiz del oficio. El Gordo entró apurado, la panza acuosa adelante, caminata en diagonal, como si un  golpe de infancia le hubiera torcido el chasis. Se detuvo a controlar un par de trabajos especiales, bromeó corto con Reynoso porque Chacarita al fin había ganado y entró a lo que denominaba orgullosamente mi oficina. La bolsa con su contenido estalló contra su mirada. Fue imaginar las cargadas, y de inmediato puso su peor cara de culo, para evitar el escarnio. Metió todo en una de las taquillas del baño hasta que llegara el momento.

El espejo con arañazos de tiempo le mostró su imagen: cada día un poco más cansado de renegar con clientes quejosos, hacerse mala sangre por sus colaboradores con menos ganas de trabajar que él, los pibes todo el día dándole a los dichosos mensajitos. Eso si, una común exigencia de aumento porque esa tarea era nueva, porque no le correspondía, porque porque porque. Por ese camino terminarían exigiendo un bono hasta para ir a fumar al baño. Harto de tener que terminar los trabajos él mismo, yendo al taller hasta cualquier hora sábados y domingos, los dedos quemados de electrodos y rebabas al rojo. A orillas de  los sesenta años, Guillaume vio cómo la vida lo iba dejando atrás como quien corre cada vez con menos fuerza para subir a un vagón que aumenta su velocidad imperceptiblemente.

Pensaba en eso el viernes pasado, mientras iba desde su casa a la herrería. Su mujer se había llevado nuevamente el auto a clase de pilates y el Gordo caminó como alfil sobre la vereda del Bar Los viejos queridos, por el que debía pasar si o si, con su andar resoplón. Allí hacía estación su hermano Ricardo, el remisero, sentado siempre en la misma mesa, en invierno del lado de adentro, y en la vereda cuando empezaban los calorcitos. Agua y aceite los hermanos se miraban de reojo, el Gordo dejando la huella desde y hacia el yugo. Como pasa a veces con el odio entre parientes, lo primero que se olvida es el motivo principal que encendió la llama, y así era que cada cual contaba por separado una cantidad de hechos supuestamente infringidos por el otro que de haberse compilado hubiera sido imposible encontrar un caso común en las dos visiones. Problemas de polleras, deudas impagas, injusticias arrastradas del trato familiar, distintas ideas políticas, quién sabe. Fue verlo darse vuelta haciéndose el distraído para no saludarlo y de inmediato sintió la idea crecer en su interior.

Desde que habían empezado a aparecer los arbolitos de Navidad en las vidrieras, más la influencia de la palabra parsimoniosa y componedora de Krishnamurti  en los videos subtitulados de Youtube que nunca terminaba de ver completos en la laptop que su mujer llevaba a la cama, fanática del pensador indio y de los bombones de chocolate, porque se dormía como un tronco, Guillaume había empezado a pensar de qué manera podría lograr dar un abrazo, por lo menos eso,  a Ricardo, después de más de treinta años enfrentados. Ahora se le había encendido la lamparita, como decía su padre, fundador del negocio. El Gordo Felipe Guillaume se vio sonreír triste en la superficie mugrienta.

Al atardecer, cuando todos se van después de desearle felices fiestas y recordarle amablemente que prometió plata extra si terminaban a tiempo, lo que habían hecho, nuestro héroe canoso se transforma en Papá Noel frente al mismo espejo que ya parece mirarlo piadosamente. Guillaume sabe que a esa hora su hermano compartirá en rueda de colegas y amigotes de rascarse el higo, los festejos de rigor. Decide ir caminando hacia el bar, los pibes gritándole cosas, los grandes soltándole pedorretas, aplausos, risas. Papá Noel veraniego, deshidratado de calor,  bajo el brazo  una  caja de birras importadas que compró en el Alto Palermo y puso en el freezer hace días, camino a lo que Krishnamurti definía como la opción más generosa entre dos posibles. A cambio de un abrazo, este Santa Claus dejará una lata en cada mesa de Los viejos amigos, justo hoy, con treinta y cuatro grados a la sombra, veintitres de diciembre.

Dejamos aquí este relato.

No sabemos cómo terminará.

Puede que el Gordo Guillaume logre su objetivo y haya reconciliación fraterna entre abrazos y cargadas.

Puede que terminen a las piñas con su hermano Ricardo, que tiene demasiada memoria, que vuelen latas por los aires, salpicadas de puteadas, la barba blanca pisoteada entre las sillas.

Cada uno sabrá ponerle broche a la historia, teniendo en cuenta la propia.

Feliz Navidad.

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