UN CUENTO: “A JOSÉ NO LE GUSTABA SU NOMBRE” por Guillermo Rivelis

Redaccion General 228 febrero, 2026

José estaba enojado con su nombre.

Pensaba que era un nombre de persona mayor.

Como los José que conocía.

Pablo y Silvio, sus dos amigos, lo llamaban Jose.

Eso aliviaba bastante su sensación.

Los tres tenían diez años, próximos a cumplir once.

Cursaban quinto grado, pero en escuelas distintas.

Se sentía un poco solo en la suya.

No se llevaba mal, pero tampoco había podido hacer las mejores migas con sus compañeros.

Se trataba, en realidad, de un grupo bastante disgregado.

Los vínculos eran entre dos o tres personas.

Él no tenía ninguna relación de ese tipo.

Le decían por el apellido, lo cual prefería.

O le decían José.

Celeste era una compañera con quien a veces intercambiaba cosas de la escuela.

No más que eso.

Pero, al menos, eso.

Celeste también le decía José.

Cada tanto les pedía a sus padres explicaciones acerca de su nombre.

Sus hermanos menores tenían, según su opinión, nombres más modernos y lindos.

También varones, estaban contentos con sus nombres.

Los padres intentaban explicarle no sabían qué.

Le decían que a ellos les había parecido y les parecía un nombre precioso.

Pero no lo convencían.

Además, no tenía un segundo nombre.

Y no quería sobrenombres.

Todos en el barrio le decían José.

Le gustaba caminar.

Y andar en bicicleta.

Pero lo hacía con la cabeza un tanto gacha.

Como ocultando el nombre.

O la evidencia de ser nombrado.

Un día, nublado, con una leve garúa, entró al almacén y verdulería.

Quería comprar una golosina.

No pudo, ni quiso, desprender la mirada de la señora muy mayor que estaba comprando.

Lo que compraba hacía pensar a José que vivía sola.

Y también, que compraba para varios días.

Probablemente, para no tener que ir seguido.

Se notaba que no le resultaba fácil estar parada.

Y, seguramente, tampoco caminar.

Llenó dos bolsas.

Se veían pesadas.

La señora las levantó con mucha dificultad.

Las personas que estaban ahí miraron.

Y se miraron.

José se acercó y le preguntó si podía acompañarla a la casa.

La señora aceptó agradecida.

Le dijo que vivía a tres cuadras.

José cargó las dos bolsas.

Estaban realmente pesadas, pero José podía con ellas.

En el camino, la señora le preguntó dónde vivía, en qué grado estaba y si le gustaba jugar al fútbol.

También le preguntó qué iba a comprar en el almacén.

José le dijo que iba a comprar un alfajor.

Cuando llegaron a la casa, a José se le hizo claro que la señora vivía sola.

Apoyó las bolsas en la mesa de la cocina.

La señora le sonrió.

Le contó que venían a comer sus dos hijos, sus dos nueras y sus cuatro nietos.

Para que ella no tuviera que trabajar, traían la comida hecha.

Abrió un armario y le dio cinco caramelos.

José le agradeció.

Cuando ya estaba en la vereda, la señora le preguntó su nombre.

José respondió: “José”.

La señora dijo: “José… qué hermoso nombre”.

A José se le iluminó la cara.

Volvió a su casa silbando.