Muchas personas hacen declaraciones.
Habitualmente, respondiendo a preguntas que les formulan periodistas de distintos medios en distintos lugares.
Estaciones de subterráneo.
Paradas de colectivos.
Estaciones de trenes.
Manifestaciones por diversas cuestiones.
Dos sentimientos se hacen notar con preponderancia.
Enojo.
Miedo.
Enojo por lo perdido.
Miedo por lo que aún se puede perder.
El desconcierto es un común denominador.
No se sabe a ciencia cierta qué está pasando.
No se sabe qué puede pasar.
Allí donde “no se sabe” se titubea, se aventuran suposiciones y se fantasea.
Ni el titubeo, ni las suposiciones, ni las fantasías tienen un contenido optimista, esperanzador.
El contenido de tales estados y actividades mentales refleja el clima de época, que, claramente, no es esperanzador, no es optimista.
Me permito hacer una consideración.
Es por lo que veo o creo ver.
Es por lo que siento.
En el fondo de las muchísimas personas enojadas y asustadas, percibo tristeza.
Las personas sensibles, las personas directamente afectadas (por ejemplo por la falta de medicamentos), las personas con capacidad de empatía estamos tristes.
Muy tristes.
La tristeza no es una enfermedad.
Es un sentimiento adecuado dadas determinadas condiciones.
Condiciones como las actuales.
Es, en tal caso, un indicador de salud mental.
Deseemos y hagamos lo posible para que la tristeza no nos conduzca a la pasividad.
Deseemos y hagamos lo posible para que la tristeza acompañe la pacífica y profunda actividad a realizar para poder cambiar el estado de cosas.

