Simplemente, buenos periodistas argentinos

Carlos Riedel7 junio, 2015

*Por Luciana Fernández, Lic. En Comunicación Social (UBA), docente de nivel superior, para Enlace Crítico.

prensa

Allí están ellos; visibles a través de una pantalla; expectantes en la calle; apurados para no perder el testimonio; presentes con su voz desde una radio; invisibles detrás de un teclado, o disparando un enlace desde un medio digital hacia las redes sociales.

Partícipes involuntarios de un enfrentamiento político sin precedentes; casi siempre competidores en una carrera contra el tiempo. Destinatarios habituales - por transitividad - de las presiones del mercado de la información. Siempre expuestos a intereses y tensiones ideológicas exacerbadas por la potencia de la gran vidriera mediática. Inmersos en una cultura que privilegia el espectáculo y el entretenimiento más trivial; asediados por las fuentes, (aunque esto contradiga el imaginario colectivo que concibe al periodista casi como una suerte de Sherlock Holmes de las noticias).

Pocas veces reconocidos por su aporte a la visibilización de la injusticia y la consiguiente vulneración de derechos de los ciudadanos, especialmente de los más desprotegidos. Destinatarios de expresiones elogiosas por parte de quienes requieren de sus servicios, y con ellos, de esa tan preciada cuota de pantalla. Receptores habituales de la obsecuencia de quienes se desvelan por los flashes en busca de popularidad o de legitimidad pública.

Nunca dispuestos a la propaganda. Indeclinables en el ejercicio de una postura crítica frente al poder, colaborando así con la transparencia pública. Obstinados en su deber de investigar y denunciar la corrupción, entendiendo que es esta última - y no las denuncias periodísticas –  el verdadero golpe contra la democracia.

Mirados con un dejo de desconfianza por su aproximación a campos que - en principio - son ajenos a su injerencia, como el de la justicia o el de la seguridad. Siempre lidiando con la prisa y no pocas veces con el riesgo (riesgo de ver socavada su credibilidad; de perder su trabajo o, quizá, de enfrentar alguna amenaza o represalia).

Conscientes de que su ética profesional no puede desligarse de la dimensión discursiva, es decir, de la palabra y su poder superlativo. Porque no se trata, como diría el periodista español Carlos Soria, de relatar la verdad, sino de que la verdad sea, además, bien contada.

Indiscutiblemente, sostenes de uno de los pilares de la democracia: la libertad de expresión; la libertad de prensa y su reverso: el acceso a la información pública. Expuestos a la etiqueta rápida y a los análisis maniqueistas, en un contexto político polarizado como nunca antes.

Cuestionados por trabajar en medios concentrados, como si la sinergia de los medios de comunicación – fenómeno que se siguió consolidando en el mundo luego de los años 90´ por decisiones políticas y económicas – fuera parte de una elección de ellos, los periodistas.

Practicantes de un arte sólo apto para formados equilibristas: entre el barro y la honestidad intelectual; entre la academia y la intuición; entre el rigor y la creatividad; entre la precisión de la noticia y la sutileza argumentativa de la opinión; entre la estética del texto y el rigor de la información; identificando con detalle las fuentes o ejerciendo su derecho al secreto profesional. Intentando vislumbrar a su público; aportando datos y testimonios que a largo plazo nutrirán el patrimonio histórico.

Últimamente, tan poco reconocidos por su coraje y su dedicación. Estigmatizados bajo el rótulo – entre otros - de “empleados de las corporaciones”, en muchos casos por parte de los mismos que en repetidas oportunidades llevaron su pedido de una nota al borde de la imploración.

Afectados una y otra vez por la falaz concepción del periodismo como reflejo “especular de la realidad”,  imperativo categórico y caballito de batalla para quienes no comprenden que la construcción de lo real es un proceso. Un proceso que requiere del distanciamiento del periodista respecto de los hechos, pero que transcurre en base a criterios de selección y jerarquización y que es atravesado por múltiples tamices: subjetivos; lingüísticos; fácticos; espacio-temporales.

Allí están ellos. Ni héroes ni villanos; ni operadores ni militantes. Simplemente, buenos periodistas.

Salud por ellos y para ellos. Y a no confundir: la celebración al buen periodismo no supone, de modo alguno, abandonar la crítica hacia la prensa y su accionar en cualquier caso, frente a sus falencias; errores o profundas debilidades. Todo lo contrario, porque este ejercicio de reflexión y participación también contribuye notablemente a la ciudadanía democrática y republicana. De eso se trata.