Hay un”no” puramente opositor; aún más, oposicionista.
Hay un “no” dubitativo y temeroso, una especie de “no, mejor no”, “por las dudas, no”.
Hay un “sí” irreflexivo, automático, un “siemore sí”.
Hay un “no” que tiende a dejar las cosas como están, a no comprometerse con la posibilidad de algo distinto.
Hay un “sí” ingenuo, inmaduro, insustancial, un suponer que todo lo último o lo nuevo es lo mejor.
Hay un ”sí” afirmativo.
Producto de un encuentro entre algo muy propio, muy personal, que puede reconocerse, y algo del mundo exterior que funciona como indicador de un espacio a ocupar.
Es un momento privilegiado de articulación interior - exterior que tiene la fuerza de la intuición y, paulatinamente, va adquiriendo las características de la racionalidad.
Es un momento de evidencia. No necesariamente de acierto: es decir, no exento de error.
Hay un “no” afirmativo.
Profundo. Visceral, primero, y, después, paulatinamente racional.
Es un “no” que marca un límite de dignidad.
Es previo a la posibilidad de plantear alternativas.
Es la convicción de “no”, así”no”, de esta manera “no”, este modelo “no”, está relación “no”, este atropello “no”, este afán de vulnerar lo más valioso e íntimo “no”.
Es un ”no” que delimita espacios sin aislarnos.
Es un “no” que contiene la afirmación y la reafirmación de lo que sentimos esencial, aunque no podamos (aún) expresarlo de otra manera, ni formalizarlo, ni transformarlo en proyecto.
Es un “no” que, pronunciado por uno o muchos individuos, expresa que la humanidad -en un espacio y tiempo determinados, y trascendiéndolos- dice “no” a las propias maneras en que ha organizado y organiza las estructuras y coyunturas -sociales, políticas, educativas, familiares, culturales, de interacción cotidiana- que han impedido e impiden el despliegue de lo más bello, de lo más ético, de lo más verdadero

