Cambio continuo, transformación constante, imposibilidad de fijar algo en estado permanente.
Definiciones que nos acercan al filósofo griego presocrático, Heráclito.
Podemos pensar que la vida requiere de definiciones sólidas e inamovibles.
Se expresa de distintos modos. Por ejemplo, personas que dicen “yo pienso esto, lo pensaba hace treinta años y lo voy a pensar dentro de treinta años”.
Y esto es sentido como un mérito.
En realidad, tales actitudes dan lugar a sentencias inamovibles que, en definitiva, van a actuar como prejuicios que impiden la comprensión de situaciones.
La vida y las ideas tienen la estructura del devenir.
Son móviles, cambiantes, procesales.
Claramente, la conciencia de esa realidad es inquietante.
Parece que nada de puede asir, afirmar, consolidar.
Es cierto que todo es movimiento. Y que el movimiento es imparable.
Podemos relacionarnos con el movimiento, pero siempre parcialmente.
También podemos afirmar.
Siempre y cuando se acepte que toda afirmación (incluso en la ciencia) es parcial, transitoria, refutable.
Nos acercaríamos de este modo a una vida más parecida a la esencia de la vida (aunque parezca un juego de palabras).
Es cuestión de animarnos a aceptar la dinámica siempre activa y a participar e, incluso, disfrutar de los cambios que nos proporcionan más oxígeno y nos habilitan propuestas abiertas que contengan hermosos sonidos y colores.

