Por Osvaldo Croce y Armando Borgeaud...
Capítulo uno: Destiempos
La vida suele barajar cartas y cada tanto deja alguna dada vuelta sobre el tapete de nuestro entendimiento, como si entendiéramos el mensaje, vana ilusión. Así se nos escapan silbidos que se cruzan en una esquina, ojos recién llorados, sonrisas inexplicadas, algunos recuerdos de caras tan olvidadas. En estos relatos, desparejos, al azar, dos ejemplos de lo dicho. Tan fugaces como aquellas piernas de Lita Luna en los talleres del Industrial a las que jamás recuperamos y vaya a saber si existieron.
Yes, I Do
Me pareció verlo en más de una oportunidad: sentado en un banco de la plaza de Villa Fox, mirando vidrieras con una mujer, apoyado en un tapial oteando el colectivo que pasaba conmigo arriba rumbo a vaya a saber dónde. Hasta que, en un sábado nocturno, después de escuchar al coro municipal, desfilando hacia la salida, supe que esa espalda era la suya. Campera de cuero porque era invierno, detrás de una morocha elegante, seguramente su esposa.
Lucho, el mismo que cruzó por la UTN cuando funcionaba en la escuela 7, después en sus otras locaciones y al fin en el lujoso edificio que financió la Esso, como sigue diciendo la placa rectangular.
Lucho, que siempre sonreía, que sabía estudiar un poco mejor que nosotros, sus compañeros de distintas generaciones, mujeres y hombres que trabajaban por las mañanas y tardes para adentrarse en la ingeniería de la que poco y nada sabían. Porque los técnicos éramos menos, con ventaja en la comprensión de ecuaciones y planteos exactos. Y con la desventaja de que trabajábamos de verdad mientras el resto disfrutaba de más tiempo.
Juntos estudiábamos entre materias o a veces faltando a una clase para reforzar conocimientos para un parcial. Y rendíamos exámenes finales donde cada tanto, en plena tensión para descubrir las dos incógnitas o cambiar unidades para que los cálculos fueran coherentes,
Lucho soltaba su frase más graciosa por el tono, por el vozarrón que lo disimulaba:”Yes, I Do”, que rompía la solemnidad y recordaba que era solamente un examen a los que solíamos eludir con cuatro.
Un día no vino más. Nadie supo sobre Lucho, hasta que años más tarde y ya estando ambos fuera de la universidad, en esas desleídas reuniones de egresados sin recibir, se deslizó que había muerto. Vaya a saber quién fue responsable de semejante barbaridad, pero durante años lo recordé con su frase en medio de cualquier situación de la vida, aliviándome de la tensión alrededor del cuello a punto de ejecutar la sentencia.
Sin embargo, fue una nochecita veraniega, sentado a la mesa de Don Piemonte, entre cervezas, compañeras y cómplices de la vida, me hizo renacer su “Yes, I Do” que acalló a todos. Miré para todas partes y solamente rescaté una mano que se alejó saludando entre desconcertados habitantes del sábado. Y poco más,
Ya en mi trabajo del resto de la vida, lo recordé en una reunión de tecnócratas imbéciles y sin criterio de esas en donde se descubre lo que ya falló hace mucho y no se aceptan discusiones.
Por eso cuando volví a ver su espalda yéndose –como siempre- envuelto en las melodías del coro, caminé rápido, lo alcancé, le di un abrazo y me puse a llorar. Porque en aquella reunión de minúsculos diplomados debí haber estallado, su “Yes, I Do” sobre las cabezas bien peinadas en lugar de musitar “Si, claro, si” y salir levantando los botines de seguridad.
Lucho respondió el abrazo sin entender nada. Me dolió demasiado explicarle. Una vez más, cada cual siguió su destino.
Tan jóvenes como podíamos ser
Ahí estamos, Tito, uno al lado del otro, con los brazos cruzados mirando allá enfrente los talleres de Callegari que quedarían en pie, formados en la puerta de la capilla para la foto de primero quinta, guardapolvos blancos, distintivo plastificado. Caras de preocupación tenemos, de tipos grandes, idéntico ceño fruncido como si nos hubiéramos puesto de acuerdo o, como sucede a esa edad, de tan amigos que nos sentíamos buscábamos parecernos hasta en los gestos, intuyendo cómo iba a reaccionar el otro por lo que nos molestaba o alegraba a los dos. Una manera de acompañarnos en el desamparo tan temprano.
Los demás sonríen, Tito, tienen la edad que les corresponde y sonríen como se debe sonreír en las fotos para que los que se asomen en el futuro no se pongan mal durante esa mirada retrospectiva de veinte segundos. Es más, algunos están congelados en una carcajada irreverente que a lo mejor es más acorde que nuestra concentración responsable por todo lo que intuíamos se vendría desde aquel momento. El famoso compromiso con la sociedad y la historia, Tito, que, como la posteridad, parafraseando a Gustavo G, tan poco ha hecho por nosotros.
El Chueco Gamarra quedó empujando a uno que parece el Petizo Baltierrez y está por caer de la fila, aunque sigue mirando la cámara como si no quisiera perderse algo en el preciso momento que el fotógrafo decidió apretar el botón obturador. Algunos, los de atrás, creo que uno es el Flaco Ambrosini, pobre Flaco, asoman sus cabezas altas medio solitarios, pero también felices porque sí, como se debe.
Faltaba mucho todavía para que me pasaras a buscar por casa en la Siambretta azul, aquella tarde, Tito. En realidad, en ese momento faltaba un montón, tantas cosas nos pasaban en un mes que la vida parecía interminable.
Cómo pudieron mandarnos al colegio industrial a los trece años, Tito, a aquellos talleres helados en invierno y sofocantes en verano, las secciones una a continuación de la otra igualitas a una fábrica para que nos fuéramos acostumbrando, los maestros vestidos de supervisores con esos guardapolvos azules y nosotros disfrazados de obreros enanos o largiruchos, la media hora de descanso para comer el sanguche cuando sonaba el timbre, ¿sonaba el timbre, o el recreo arrancaba cuando el gordo aparecía con su cansancio malhumorado arrastrando el carrito cargado con cajas llenas de pan y fiambre ?
Cómo pudieron mandarnos al colegio industrial, Tito, tal vez ahí nació lo que terminó siendo. A vos, que ya representabas con desparpajo pedazos de óperas de las que tu viejo escuchaba todo el día cociendo sacos y pantalones, la boca llena de alfileres, la luz blanquísima sobre la mesa de trabajo.
Canturreabas los crescendos de la orquesta hasta con los mínimos silencios que separan la aparición de un personaje previo a comenzar a cantar, cuando se distingue alguna tos entre el público. Y uno no sabía si reír o llorar de emoción al escucharte asombrado, tan chiquito, la lima envuelta en papel de diario en el bolsillo del mameluco, abriendo los brazos, imitando la perfección de María Callas en cualquier momento libre, al subir o bajar del colectivo, o en los segundos previos al ingreso de la de matemática, agachabas la cabeza para que no te viera el resto de la clase. Eso nomás, para que nos quedáramos pensando, yo me quedaba pensando, si esa parodia que te salía tan bien era una burla adolescente a tu pobre viejo o simple jactancia intelectual que asomaba.
A mí, que no sé cómo ni cuándo ya llevaba leída casi toda la obra de Roberto Arlt, La Náusea de Sartre, El 18 Brumario, los cuentos de Quiroga. Nos mandaron al colegio Industrial, Tito, porque había que aprender a ganarse la vida y con el título de técnico iba a resultar más fácil entrar a Dálmine o a Cometarsa y no repetir la historia de nuestros padres que no habían podido estudiar y todo les había costado el doble. De tanto repetirlo nos quedó grabada la consigna.
Faltaba mucho todavía para que me contaras lo de las reuniones en el garaje de la Colorada que estaba tan buena y por eso creo que yo también empecé a ir sin falta los viernes a discutir sobre la revolución cubana, la plusvalía y la burocracia sindical mientras entre el humo cerrado de los cigarrillos se escuchaba la voz jovial de Viglietti y el mate que tardaba una eternidad en llegar lavado y frío. Tan jóvenes como podíamos ser, Tito, con esa seria y estúpida voluntad para cambiar la realidad que al final quién se iba a animar a no agradecernos algún día esa vocación transparente.
Faltaba mucho todavía para que me pasaras a buscar aquella tarde por casa con la Siambretta azul de tu tío Eugenio, Tito, para que saliéramos los dos con esas caras de nenes, alumnos de primer año del colegio industrial, 1969, derechito hacia el destino que nos estaba esperando como una presa.
Ojalá no llegue nunca ese día, Tito.

