DestacadosPuro Cuento"¿Me da fuego?", un cuento de Diego Paolinelli

Carlos Riedel24 noviembre, 2022

Cada vez que veía una publicidad de cigarrillos y al final la consabida frase: “EL FUMAR ES PERJUDICIAL PARA LA SALUD”, a Pablo se le venía a le mente, la historia que le contó un Viejo compañero de trabajo a punto de jubilarse…

Era una fría mañana de invierno a fines de los 80´, Pablo llegó temprano a la Oficina, porque que no le gustase el empleo que había conseguido y que la paga fuera escasa, no le hacían cambiar su sentido de la responsabilidad con el trabajo y los horarios.

Se sorprendió que ya hubiese alguien, porque para el resto de la Oficina, el horario de ingreso era flexible, por así decirlo. El que ya estaba trabajando era el Gordo Rubén. Un viejo Supervisor del taller mecánico que había sido premiado (o según él castigado), con el pase del taller a la Oficina de Programación de Mantenimiento, para capacitar a jóvenes estudiantes de Ingeniería a punto de recibirse y algunos de los cuales quedarían en breve a cargo de Jefaturas de los distintos sectores de la Fábrica.

El muchacho al ver a su compañero, tapado de carpetas de Ordenes de Trabajo, se volvió hasta la cocina, preparó café y sirvió dos tazas con las que volvió hasta el escritorio de Rubén que no se había enterado de la llegada de Pablo. Al sentir el ruido de la taza apoyándose sobre su escritorio el gordo levanto la vista para encontrarse con la sonrisa del Pibe (como él le decía), al cual le agradeció con afectuoso “Graciassss y buen día”. Pablo se ofreció a darle una mano con la tarea y tomó para sí una parte de la montaña de carpetas. Eran épocas de papeles, apenas había una computadora para todo el equipo del Sector.

Al rato largo de trabajar en silencio, la tranquilidad se vio alterada, con la llegada de los Ingenieros y el resto de los integrantes de la Oficina, entre saludos, detalles del tiempo, idas y vuelta a la cocina…Rubén, se levantó de su silla con fastidio y se abrigó con su campera, tomando las carpetas lo miró a Pablo que no entendía la situación…pero lo imitó. Salieron al patio de la Empresa y ya ahí el Viejo Supervisor le dijo: “Vamos al cuarto de los supervisores del Taller que ahí vamos a trabajar más cómodos…además tengo mi equipo de Mate, así te compenso la atención por el café”.

Una vez ahí, ya retomaron la tarea, durante casi una hora no sacaron la vista y la atención cada uno de las carpetas, calificando y completando la información de los trabajos realizados. Cuando de pronto Rubén apoyo su bolígrafo sobre la mesa y se dirigió hasta un pequeño horno eléctrico y puso a calentar el agua para cebarle uno mates a su joven compañero.

Iniciaron la ronda de mates y fue Pablo quien se interesó en la vida laboral y personal del veterano. Y lo sorprendió como el Gordo, habitualmente un hombre de pocas palabras en la Oficina, se había abierto en una charla distendida. Estaban repasando sus inicios en la Empresa casi cuarenta años atrás cuando uno de los técnicos del taller entró al cuarto en busca de fuego para encender un cigarrillo y preguntó por si tenían un encendedor, entonces Rubén detuvo la charla para marcar el territorio y le dijo recién llegado que “¡No flaco, no tenemos y ni se te ocurra venir a fumar acá adentro!”.

El técnico agachó la cabeza y salió inmediatamente del cuarto. Tenía un tono intimidante y su tamaño (no por nada le decían el Gordo), que acompañaban al mensaje. Pablo viendo la situación, se llenó de dudas, sabía que en la Oficina no se podía fumar, pero en los talleres era otra la historia. Además, esa voz cavernosa que tenía el Viejo Supervisor, el pibe la atribuía al uso habitual del tabaco. Y propuso un cambio de tema en la charla: “Rubén, pensé que fumabas...¿tanto te molesta que fumen?”.

El gordo hizo una larga pausa, sorbió de la bombilla de su mate, como llevando su mente al pasado y en la confianza que le había generado Pablo, arranco diciendo:

“No me molesta tanto que fumen, pero cada vez que alguien me pide fuego, se me viene a la mente algo que me paso cuando era pibe, bah adolescente, tendría unos 16…17 años a mediados de la década del 40. Mi Viejo había fallecido hacía poco y mi Padrino, el gallego Gonzáles me había conseguido una changa en el Puerto, donde él trabajaba, para ayudar a poner comida en los platos de mi casa. Una noche me aviso que había laburo y salimos para costanera, a pie por supuesto, no había colectivos que llegaran hasta ahí a esa hora”.

Rubén, buscaba en su memoria y se veía como un joven macizo, de hombros anchos pero delgado. Vestía, unas alpargatas viejas, el pantalón que había heredado de su hermano mayor, que estaba en el Servicio Militar, una camisa gris de trabajo, el pullover de lana que le había tejido su madre y debajo una hoja de papel de diario para frenar un poco el viento húmedo que venia del río. Una gorrita cubría su pelo negro y un par de ojos verdes casi rasgados apenas asomaban por debajo de la visera.

Y continuó: “Mi Padrino, Pedro Gonzalez…Caminaba en silencio, un paso delante mío …arrastraba unos pesados botines gastados por el uso diario, pantalón oscuro, camisa gris y un saco algo raído, con las solapas levantadas para proteger el cuello y la garganta, y un sobrero negro de ala ancha”.

“Desde atrás Yo veía como el humo del cigarrillo recorría la mejilla de Pedro, cuando resoplaba poniendo de costado su boca. Cuando de pronto y saliendo de una ochava oscura, veo un hombre de figura alta y delgada que se presentó delante de mi Padrino. Este, se frenó de golpe, lo que hizo que yo que caminaba detrás, quedara a la par de él. Permitiendo ver el perfil de Pedro… con sus ojos enfocados en el tipo y manteniendo el cigarro apretado por sus labios…

No le distinguía los rasgos al extraño, por la noche cerrada y su sombrero tirado hacia adelante…luego de un instante de silencio que pareció eterno, y con una voz gutural, le pidió si le convidaba fuego haciendo un ademan y mostrando un cigarrillo entre sus largos dedos…

Entonces, el Gallego.…aspiró y encendió más la braza de su cigarro, lo tomó con su mano izquierda y mientras se lo acercaba al desconocido, hizo un movimiento rápido con su mano derecha, sacando un revólver que guardaba en la cintura y colocó rápidamente el cigarrillo encendido en el cañón del arma cuando lo siguió acercando…el otro hizo un pequeño paso hacia atrás, pero no tuvo mas remedio que poner su cigarro en la boca y encenderlo cuidadosamente ya que podría ser lo último que hiciera.

Al contacto entre los tabacos y prendiendo el suyo, hizo que la braza desprendiera una pequeña luz que les permitió descubrir un rostro adulto con arrugas, que igualmente dejaban ver un par de cicatrices del tipo que contaban que era una persona con una vida violenta.

El extraño agradeció tomando el ala de su sombrero y salió en dirección opuesta a dónde íbamos nosotros…mientras tanto mi Padrino sacó su cigarro del arma, pero continuó con el cañón del revolver apuntando hacia el lado donde estaba el tipo y me acomodó con el brazo izquierdo en camino nuevamente, pero no dejo de mirar por sobre su hombro hasta que la figura desapareció en la noche, ahí recién guardo el 38…

Pero cuando creí que todo había pasado, escuchamos un ruido casi sordo de suelas que rozaban la carbonilla del camino a la vera del río, al darnos vuelta vimos una figura delgada que se abalanzaba sobre nosotros con gran un cuchillo en una de sus manos.

Mi Padrino alcanzo a empujarme hacia un costado y se cubrió con un brazo el embate. La velocidad que traía el atacante y el filo del cuchillo que rompía el hombro del saco raído del Gallego al chocar contra él, lo dejaron tirado sobre el piso, sin su arma que saltó de su cintura cayendo a un costado y a merced de un nuevo ataque…que sin lugar a dudas sería mortal.

Entonces el agresor levantó nuevamente su cuchillo que brillo al cruzar la luz de la luna, apretó el cigarro aún en sus labios haciendo una mueca de satisfacción y cuando fue a descargar toda su fuerza para terminar con mi Padrino…oí un estampido, unos ladridos de perros a lo lejos y vi como el cuerpo delgado del asesino se congelo en el lugar, un hilo rojo descendió por debajo de su sombrero y rodó como una lágrima espesa por las cicatrices de su rostro.

Luego, como en cámara lenta el cigarrillo cayó de su boca y atrás le siguió su cuerpo hasta el piso, que lentamente se humedeció con el charco de sangre. En ese momento solo atiné a bajar la vista y ver mis manos temblorosas que sostenían el revolver aún humeante….

 

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