“LOS RECUERDOS DOLOROSOS” por Guillermo Rivelis

Redaccion General 217 febrero, 2026

Son recuerdos que tienen tres características principales:

Produjo dolor psíquico, en su momento, la situación que se recuerda.

No es grato recordar esa situación y da lugar a un difuso sentimiento de angustia.

No provienen de una situación traumática. Cuando el recuerdo de un hecho traumático se hace presente, lo que se siente es lo mismo que se sintió cuando ocurrió. El afecto asociado sigue siendo el mismo. No es esto lo que ocurre con un recuerdo doloroso.

Lo traumático requiere un tratamiento específico.

Lo psíquicamente doloroso forma parte de la vida sin ocasionar trastornos.

A medida que pasa el tiempo, el dolor y la angustia difusa van disminuyendo.

Una respuesta que habitualmente recibe quien recuerda ( aun cuando no haya habido pregunta) es del tipo: “Olvídate de eso. Concéntrate en otras cosas”.
No es una buena sugerencia intentar olvidar.

El olvido suele ser un mecanismo de defensa ante aquello que, en caso de ser recordado, produciría un sentimiento de culpa o de vergüenza.
Recordar va de la mano con la salud psíquica.

Es incorporar lo que se recuerda a la cadena asociativa y no sustraerlo de ella, lo cual produciría una sensación de vacío donde debería haber algo.
Ese vacío conlleva más esfuerzo psíquico que el recuerdo.

Cada vez que una persona recuerda la situación desagradable, va “curando” su sistema mental, va poniendo en un lugar accesible y manejable aquello que en su momento no tuvo posibilidad de manejar porque no tuvo posibilidad de intervenir.

El olvido, el intento de no recordar lo que dolió y, en alguna medida duele, es sobrevalorar lo sucedido y otorgarle un valor destructivo que, si bien tuvo el hecho en su momento, de ninguna manera tiene el recuerdo.

Recordar es integrar eso dolorosamente vivido como una experiencia en la vida.

La suma y articulación de experiencias recordadas otorgan al ser humano un sentimiento de integridad, de afirmación de su personalidad y amplía su capacidad de empatía respecto a dolores psíquicos y recuerdos dolorosos de otras personas.

Nos hace más auténticos, más íntegros y, en definitiva, más humanos.