Hay teorías que intentan explicar “la guerra”. El cómo y el por qué.
Teorías políticas, sociológicas, culturales, psicológicas.
Hay teorías que intentan explicar qué sucede con la persona que mata.
Hay teorías que intentan dar cuenta de lo que sucede con las personas que pueden resultar muertas.
Hay teorías que intentan explicar el conflicto y las formas de procesarlo.
Hay teorías que intentan entender la violencia.
Hay teorías.
Hay muchas teorías.
Probablemente esas teorías permiten un acercamiento conceptual y práctico a cuestiones tan cruciales y crueles.
Sin embargo, no logran producir una modificación medular en el “corazón” de los seres humanos que piensan y actúan destructivamente.
Tampoco, definir, explicar y comprender el problema.
El afán de poder, el sentimiento paranoide respecto del otro y sus intenciones de perjudicarnos, la sensación de perderlo todo, el mandato histórico y cultural de poseer para ser ocupan el primer lugar entre lo que se siente como obligaciones y designaciones de modo tal que conducen a la configuración de estructuras mentales violentas y a la disposición de acciones basadas en la enemistad y el odio.
En el plano más inmediato de los seres humanos alejados de la participación de la pelea por espacios de poder, dos son las situaciones que se distinguen.
Una es la identificación con los líderes, la apropiación de sentimientos supuestamente patrióticos o vinculados con parcialidades y, como consecuencia, la asunción de un odio indiscriminado, confusamente construido y dirigido.
Un odio que tambalea cuando se le pregunta por qué.
Otra situación es la apatía.
El “no me importa”, “yo estoy afuera de eso”, “a mí no me afecta”.
Rollo May, psicoanalista y filósofo estadounidense, decía en el siglo pasado que lo opuesto al amor no es el odio, sino la apatía.
En cualquiera de las dos situaciones consideradas el amor está ausente.
Probablemente, la ausencia de amor en los vínculos más estrechos o más amplios, haya sido y siga siendo uno de los grandes problemas de la humanidad.
O, más bien, el gran problema de la humanidad.
Estamos, entonces, como especie susceptible de cambios históricos y culturales, frente a un problema que nos acompaña desde nuestros albores y que no hemos sabido resolver.
Piedras y lanzas, armamentos sofisticados y probablemente atravesados por la inteligencia artificial, brindan dolorosos y lamentables escenarios manifiestamente distintos, con fines muy similares.
Estamos equivocados si pensamos que no tenemos nada que hacer porque “de todos modos lo que yo haga no va a tener influencia”.
Nótese o no, el mar sería más salado con una cucharada más de sal y menos salado con una cucharada menos.
Y no sabemos acerca de la influencia y de las transformaciones posibles de esas diferencias.
Respecto del amor, todos estamos dotados de una cucharada de sal.
¿Qué hacemos con esa cucharada?
¿Se la arrojamos a los ojos a alguien para producirle un mal?
¿La tiramos a un lugar indiferente porque nunca nada va a cambiar?
¿O la volcamos a la mar de humanidad con la expectativa de que la vida produzca transformaciones?

