“LAS GUERRAS SON PRODUCCIONES HUMANAS, NO NATURALES NI SOBRENATURALES” por Guillermo Rivelis
Drones. Protecciones. Leyes y normas. Transgresiones.
Escalada simétrica de violencia.
Roles internacionales.
Alarmas internacionales.
Todo indica que se considera a la guerra como un fenómeno dado.
Y se trata, entonces, de adhesiones, estrategias, regulaciones y desregulaciones.
Intereses económicos, geopolíticos, de poder.
Se analizan acciones y conductas a partir de las guerras.
Pero no se cuestionan las guerras en sí mismas.
Están naturalizadas.
Seguramente que no para quienes padecen hambre y terror en Gaza y en otros lugares inundados de violencia bélica.
Desde los sillones cómodos se justifican algunas acciones y se condenan otras.
Mucha capacidad intelectual.
Poca capacidad emocional.
Mucha explicación.
Poca empatía.
El proceso de reificación, explican Berger y Luckmann, es aquel por el cual se atribuyen causas naturales o sobrenaturales a acciones humanas.
No hay guerras santas.
No hay guerras que defiendan dioses.
Hay horrendas decisiones humanas que revelan un importante fracaso de capacidades humanas.
“No hay ningún hombre nuevo viniendo de entre los muertos”, dice el protagonista de la hermosa novela de Julián López, “Una muchacha muy bella”.
Una vez más, Nicolás Savage, soldado conscripto en la guerra de Malvinas.
Considera a la guerra como “la peor inmoralidad de la civilización”.
Pulsión de muerte desatada.
Odio, venganza, necesidad de que el otro desaparezca.
Sería importante, más que señalar las diferencias tratar de buscar los parecidos.
Aquello que nos resulta implacablemente insoportable es lo que se nos parece mucho y a lo que nos parecemos mucho.
Aunque el parecido esté escondido y agazapado bajo varias llaves de represión.
Me niego rotundamente a estudiar las causas y razones de cualquier guerra.
Hace mucho que se hace y no se consigue que disminuyan.
Como planteó María Montessori en las escuelas debe dejar de fomentarse la competencia si se quiere trabajar para la paz.
Y en el mundo, la libertad del más fuerte para someter y explotar al más débil.
Claro es que esto y el fin de las guerras constituyen un serio perjuicio para algunos.
Pero para muchos, muchos, muchísimos más significan un gran beneficio.
No seamos neutrales.
No en términos de apoyar a un contrincante u otro, sino de rechazar la guerra en sí misma.
No las demos por hecho.
No pensemos que porque siempre hubo siempre habrá.
Es necesario que nos animemos a meter la mano en donde duele porque quema.
En el origen, en el antes.
Nadie pretende un ser humano puro amor y un mundo sin conflictos.
Pero un ser humano a predominio del amor puede constituir un mundo a predominio del amor.
Y en un mundo en el que predomine el amor, la guerra es una cuestión inconcebible.

