Por Luis Sellán
Una nueva película argentina se suma al firmamento del cine nacional: Homo Argentum. Se trata de la última realización de la dupla Gastón Duprat y Mariano Cohn, autores de El hombre de al lado, Nada, El ciudadano ilustre, Mi obra maestra, 4x4, Bellas artes, entre otras. Dos realizadores exitosos, irreverentes, irónicos y quirúrgicamente observadores de la sociedad argentina y de la conducta humana en general, lo que no pocas veces despierta polémicas.
La película en cuestión está protagonizada y producida por Guillermo Francella —garantía casi segura de taquilla— y respaldada por un gigante como Disney. Son 16 viñetas, sin relación entre sí, que buscan retratar distintas conductas humanas vinculadas con “el ser argentino”. Aunque, como se dijo en algún lado, bien podría llamarse Homo-Porteñum: no sé si representa al argentino en su conjunto o más bien al porteño estereotipado, chanta, soberbio, abusivo y un poco facho y gorila. Una generalización, claro, también injusta. Todas las escenas son interpretadas por el propio Francella.
Según los directores y el protagonista, la película se inspira en el clásico de Dino Risi Los monstruos, perteneciente al neorrealismo italiano, movimiento en el que el cine de posguerra sacó a la luz toda la podredumbre del fascismo y la tragedia bélica. Homo Argentum está muy lejos de esa hondura. Quizás, si hubieran sido menos episodios, el cierre habría resultado más sólido. Como espectador, me quedé con ganas de más.
La polémica que despertó la película no pasó por sus méritos artísticos. Para mí, es un film de nivel medio: te reís un poco, pensas otro poco… ¿sirve para mirarla, pasar un buen rato y después ir a comer una pizza? Sí.
El verdadero ruido vino cuando la grieta política metió la cola. Por un lado, el presidente, que confesó haberla visto tres veces, acompañado de su hermana, los tres perros y algunos diputados falderos. Utilizó el éxito para sumarlo a su discurso anti–agenda woke, contra las políticas de género, los curas villeros y como justificación de su cruzada contra el INCAA y cualquier apoyo a la cultura nacional. Rápidamente aparecieron, como eco de sus palabras, aduladores y bravucones de internet. Del otro lado, surgieron voces defenestrándola, incluso de comunicadores que admitieron no haberla visto, acusándola de “antipatria”, “antipueblo” y “bazofia hecha por mala gente”.
No es novedad. En Argentina, la política siempre tuvo un radar sensible para apropiarse de símbolos culturales. Pasó con el tango —alguna vez censurado por “inmoral” y luego convertido en postal oficial—, con el rock nacional en dictadura, con Gardel o incluso con Messi levantando la Copa del Mundo.
Y cuando se trata de ficción, el terreno es aún más fértil. El Eternauta, por ejemplo, nació como relato de ciencia ficción y terminó usado como bandera por causas opuestas: desde quienes lo ven como un llamado a la organización popular hasta quienes lo leen como advertencia contra cualquier forma de colectivismo.
Homo Argentum ya venía con elementos propicios para la apropiación política: la presencia de Francella y sus posturas críticas al kirchnerismo, la eterna discusión sobre si el Estado debe o no financiar cine argentino. Una discusión absurda: no se puede comparar una producción apadrinada por Disney con una película hecha a pura prepotencia de laburo. Una película no debe medirse por su éxito de taquilla sino por su valor artístico, cultural y también político. Muchas producciones con presupuestos mínimos o créditos del INCAA, estrenadas casi en silencio en el Gaumont, después regresaron multipremiadas. La taquilla no es el parámetro. El aporte estatal no está para garantizar el éxito comercial sino para preservar el carácter cultural del cine argentino. La supuesta dicotomía entre supremacía taquillera y valor artístico es, en realidad, una trampa.
Y acá se abre otra discusión: ¿cuál es la función social del artista? ¿Debe limitarse a entretener o también incomodar, cuestionar, provocar? ¿Acompañar a la sociedad o confrontarla? La historia demuestra que, cuando el arte se vuelve demasiado cómodo para el poder, corre el riesgo de transformarse en simple decorado; y cuando se vuelve incómodo, corre el riesgo de ser censurado o manipulado.
La apropiación política puede ser simbólica (cuando un líder adopta un personaje o canción), ideológica (cuando se fuerza a la obra a decir lo que conviene) o directa (cuando se decide qué puede exhibirse o no). El peligro siempre es el mismo: que el arte pierda matices, se achique a una consigna y se convierta en propaganda.
Tal vez el desafío, como espectadores, sea entrar a la sala con las antenas prendidas: ver la película, sí, pero también leer entre líneas y reconocer el valor de la obra más allá del uso que la política intente darle.
Ya en tiempos de los griegos —que inventaron casi todo— existía un teatro oficial, donde el público iba a escuchar lo que los dioses mandaban hacer o las causas que debía apoyar. En oposición a eso, Eurípides con sus tragedias o Aristófanes con su comedia profana llamaban a la desobediencia y a la crítica.
En Argentina, a nadie se le ocurrió decir que la exitosa Salsa Criolla —nuestra comedia profana— del enorme Enrique Pinti era “antipatria” o “antipueblo”. Y, sin embargo, era corrosiva, crítica y despiadada con el llamado “ser nacional”.
Por eso, sin tanto escuchar a Feinmann o a Nancy Pazos, vayamos al cine despojados de prejuicios y después disfrutemos de una buena pizza.
“Good show y vermut con papas fritas”, como diría otro grande: Tato Bores.

