Cursé la escolaridad primaria en La Escuela N° 12 del Distrito Escolar Morón, escuela pública, entre los años 1957 y 1963, incluido.
Nunca en ese lapso recibí, ni recibió ninguno y ninguna de mis compañeros y compañeras un punterazo en los dedos.
Mis padres cursaron en escuelas públicas la escolaridad primaria treinta años antes.
En Flores, ciudad de Buenos Aires, mí mamá y en Entre Ríos mi papá.
Ninguno de ellos ni de sus compañeros o compañeras en uno y otro caso (esas escuelas no eran mixtas) recibió un punterazo en el dedo.
Eso lo padeció mi abuelo materno a fines del siglo XIX, para que pusiera el índice de la mano derecha bien recto para apoyarlo "correctamente" sobre la lapicera de pluma.
Su reacción de dolor, su reacción refleja, fue arrojarle el tintero al maestro.
Nunca volvió a sucederle.
Una verdadera pena que por haber respondido a una agresión mediante un acto automático de respuesta al dolor, haya quedado etiquetado como "loquito".
La Ley 1420, de 1884, prohibió los castigos corporales en las escuelas argentinas.
Las palmetas y los coscorrones quedaron siendo símbolos del oscurantismo y el retraso.
Por lo tanto, en la situación vivida por mi abuelo, claramente, el maestro que le pegó estaba actuando por fuera de la ley.
Estaba llevando a cabo un acto ilegal.
Probablemente, durante el siglo XX, se hayan producido, en tal sentido, situaciones de transgresión a la ley.
Que un niño, como consecuencia de haber recibido un punterazo en los dedos, diga "veinte" cada vez que escucha "cinco por cuatro" constituye, mínimamente, una aberración con tres aristas.
Una, la situación de ilegalidad en la que está inmerso la persona que en la escuela ejecutó el acto.
Otra, la perversidad que se pone en juego en ese abuso de poder, violencia, crueldad.
Y, en tercera instancia, la respuesta "veinte" no implica aprendizaje de la multiplicación, en lo más mínimo.
Saber que "cuatro por cinco es veinte" implica:
1) Entender que en aritmética la palabra "por" significa "de".
2) Entender que "cuatro por cinco" quiere decir "cuatro de cinco". Por ejemplo, "cuatro trenes de cinco vagones". Eso implica que contando los vagones de todos los trenes obtendremos el número "veinte".
3) Entonces, ante la pregunta, ¿Cuántos vagones hay en total si tenemos cuatro trenes de cinco vagones cada uno?, por despliegue del procedimiento adecuado (por ejemplo dibujando cuatro trenes de cinco vagones cada uno y contando luego los vagones) sabremos que la respuesta es veinte vagones.
4) Una vez comprendida esta lógica, podremos memorizar, sabiendo de qué se trata, que "cuatro por cinco es veinte".
5) Todo eso con pizarrón, tiza, lápiz, papel, objetos concretos que hagan las veces de vagones
6) Sin punteros, sin maestros fuera de la ley, sin niños golpeados en los dedos.
Nuestro mundo disfrutó de las enseñanzas pedagógicas de personas como María Montessori.
Podrían nombrarse muchas otras personas, como las maestras Olga y Leticia Cossettini en Argentina.
El punterazo en los dedos constituye un recurso para lograr una respuesta de reflejos condicionados mediante refuerzo negativo.
Si le sumamos el terrón de azúcar para reforzar positivamente la respuesta correcta, completaríamos, tal vez, un circuito similar al del perro de Pavlov.
Deberíamos preguntarnos seriamente cómo es posible que en el año 2023, en situación de elecciones presidenciales, tome primera plana la "pedagogía" ilegal, cruel e inútil del puntero en los dedos.

