Nos dimos cuenta que mi abuelo tenía una rara afección en la memoria cuando ese 3 de abril, el día después de haber lagrimeado al evocar la heroicidad de nuestros soldados en Malvinas, no entendía por qué guerra eran los actos conmemorativos que recapitulaba la televisión.
Yo me resistía a pensar que era un principio de Alzheimer, como nos dijeron los médicos, uno tras otro, durante las semanas que siguieron.
Volvió a ocurrirle el 26 de mayo. El día anterior había visto de casualidad su posteo en redes sociales; un hermoso texto patrio acompañado por la imagen del Cabildo de Buenos Aires. Pero cuando a la mañana siguiente le consulté si recordaba los integrantes de la Primera Junta, se hizo el desentendido y cambió de tema para que no me diera cuenta que no sabía de qué le hablaba. Y para peor, cuando le mostré su propio posteo, la alusión a su querido Belgrano, a Mariano Moreno, dijo alarmado que alguien se había infiltrado en sus redes sociales.
Volvió a suceder en agosto. Como cada año desde sus veinte, fue a llevarle flores a los restos de José de San Martin, personaje que al día siguiente no solo desconocía, sino que creía personaje de telenovela mexicana. Y en marzo. Se preguntaba “¿30 mil qué?”, cuando la víspera, en un almuerzo familiar, sermoneaba a sus bisnietos la importancia de mantener vivo el Nunca Más.
Tuvimos una cuota de esperanza cuando días después, el 2 de abril, pareció despertar de un sueño. Recordaba el “Si quieren venir, que vengan” por haberlo escuchado entre la multitud de Plaza de Mayo; recordaba el monto exacto que había donado para el Fondo Patriótico, y me recomendó la novela Los Pichiciegos, de Roberto Fogwill, que retrata la vivencia de los jóvenes soldados. Sin embargo, al día siguiente la palabra Malvinas no significaba nada para él. Lo mismo ocurrió, año tras año, con las otras efemérides.
Su condición empeoró notablemente con el paso de los meses. Porque ahora eran hechos de su vida personal los que recordaba solo por una jornada.
Olvidaba a mi abuela, fallecida varios años antes, excepto en la fecha de aniversario de su casamiento, que la evocaba con cuotas iguales de amor y nostalgia; olvidaba a su hija, mi madre, salvo el día de su cumpleaños, que podía detallar la entera secuencia del parto como si lo estuviera viendo.
Hoy desconoce quién es excepto el día de su nacimiento. Esperamos todo el año esa fecha para reencontrarnos con él. Vemos cómo la mirada ausente cobra vida después de las doce; vemos cómo él, feliz de recibir los besos y abrazos eufóricos de todos nosotros, no termina de entender por qué tanto llanto y alboroto.

