DestacadosResplandores del ojo que espíaCUARENTONGAS. Tragos de ginebra literaria para olvidar presentes

Carlos Riedel9 junio, 2020

Por Osvaldo Croce y Armando Borgeaud

Cornelio, de regreso.

Por la silueta de una ciudad que ya no es, teñida color peste, la figura camina sin apuro. Nunca lo tuvo en su esplendor, menos ahora que no está en ninguna lista. Para quienes lo ven, es un eco de un difuso pasado, en el caso de los más añosos. Si se trata de jóvenes, nada significa ese hombre con cara de historieta patriótica, siempre silencioso.

El personaje anda de acá para allá haciendo lo que fue su misión: mirar. Y sus ojos lo hacen a ritmo de scanner. Divisa algunos gestos en casas, calles, edificios. Vislumbra miradas sobre telas tapándoles las caras. Miedo, soberbia, enojo, soledades, angustia. Todas cartas de la misma baraja, marcadas por los dedos de la enfermedad.
Ve que nada ha cambiado tanto, que la estatura de los congéneres no hace más sombra sobre el suelo. Al fin se para frente a la Iglesia Central de la ciudad y desde muy adentro suelta una risa incorrecta antes de disolverse en el aire como acto de magia.

Quiosco Don Ramón

Desde que estamos encerrados y la ciudad, hermosa como una muchacha esquiva, no nos espera más, el tío de Miguel se queda un rato más en su quiosco con cortina de tela, los torpedos de vidrio llenos de caramelos, los billetes de lotería prendidos con broches de la ropa, su andar doblado, flaquito y serio, de hablar justo pero inteligente. Total, quien lo va a sorprender en esta peatonal sin gracia por la que se va yendo con el sol alto y tibio de junio, con barbijo y el quiosco desarmado en un carrito, para volver mañana a levantar el escenario de mis sueños, en los que cada tanto, tomamos mates recordando los años del frigorífico, fumamos en silencio habanitos de su vitrina, miramos la sombras de los que pasan.

Protegida

La señora Fernanda levanta su edad de riesgo sin apuro. La silla mecedora queda hamacando su sombra. Hay prolijidad en su casa, olor a alcohol en gel. Un par de zapatos alternativos en las cercanías de la puerta. Dos o tres tapabocas colgados del perchero, muecas de nada. El sonido del timbre da vueltas por los ambientes.

La mujer dejó sobre la mesa del comedor un libro que lee desde que comenzó la pandemia. Se arregla el pelo cuando pasa cerca del espejo, antes de colocarse un borrasonrisas color negro. Abre. El muchacho trae su pedido del supermercado chino. Lo ayuda a descalzarse, acompaña su ingreso hasta la cocina, donde deja las bolsas.

Después, la señora Fernanda lo ayuda a sacarse la camisa y el pantalón, a los que rocía con una mezcla de agua y alcohol que ella misma preparó. Le toma la mano, lo lleva hasta el dormitorio, termina de desvestirlo y se desnuda a su vez. Los dos cuerpos ruedan, entrelazados, con barbijos.
Cuando el joven se va, dinero en mano, ella le da la lista de compras del día siguiente. Y así hasta que alguna vez el coronavirus sea un recuerdo y vuelva la tristeza a su existencia.

Patricia

Fue al año de dejarla, por llamar de alguna manera aquel alejamiento autista que nunca supo explicar ni siquiera mal el motivo por el que dejó de llamarla para ir al cine por segunda vez, la primera fue la noche del Coliseo cuando vieron juntos Vivir y dejar morir, se quedaba encerrado en su habitación al volver de la escuela para que cuando viniera Carlitos a preguntarle en la puerta de su casa que iba a hacer con Patricia, tuviera que ser su madre la que debía dar la cara y, secándose las manos en el delantal, porque siempre estaba lavando algo, le dijera, no conocés todavía cómo es tu amigo, para que él sonriera buenamente pero sin dejar de seguir llamándolo por teléfono a cada rato para decirle que ella era capaz de esperarlo.

Fue desde ese año en que la dejó que, al menos una vez por año hacía el mismo recorrido por Noya hasta Justa Lima y de ahí hasta la esquina de Rossel. Pero pero como aquella vez, siempre llegaba anticipadamente a la cita, y antes de quedarse parado en la puerta del negocio cerrado, porque el encuentro era a las siete de la tarde de un sábado, aunque con el tiempo el ritual lo cumplía en cualquier día y horario, iba a comprar cigarrillos a lo de Gonzalez, como aquella vez, y cuando desapareció el quiosco de Gonzalez buscaba alguna vidriera en la que detenerse un rato antes de regresar a la esquina de Justa Lima y Ameghino para ver si ella venía caminando, como aquel día, por Ameghino hacia él.

Hasta que llegó la pandemia y en el escenario vacío de la ciudad abandonada, pensó, algún sábado como aquel, a las siete de la tarde, ella se animaría a encontrarlo de nuevo en la esquina de Rossel. Volver, ahora con más razón y ganas por haber muerto hace dos años, se sabe que la muerte es la gran liberación de las obligaciones estúpidas, a caminar a su lado para siempre, temblando los dos de inocencia, si hasta estuvo a punto de escribir amor. Siempre y cuando ella reconociera a ese viejo parado en la esquina.

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