Carta abierta al ruidoso, por Ivo Marinich

Carlos Riedel8 agosto, 2024

Tómese esta carta como un acto de condescendencia para con el ruidoso, ese individuo que, de norte a sur, de este a oeste, honra a diario el calificativo. Ante todo queremos recalcar que detrás de estas líneas hay un deber cívico y conciliatorio, porque notamos una suerte de malentendido que bien podría remediarse —y esa es la intención última— con una escueta explicación.

Nuestra intención es revelar al ruidoso eso que todos piensan pero nadie dice. Por “ruidoso” nos referimos a aquellos —el gran porcentaje corresponde al género masculino, acaso relacionado con los niveles de testosterona— que hacen del espacio público una ocasión para satisfacer una sed patológica de reconocimiento: motociclistas que simulan disparos con los escapes; automovilistas que hacen rugir sus motores o llevan la música a decibeles indecibles; pasajeros de colectivos o subtes que exigen los parlantes de teléfonos o equipos de audio. Sujetos que se nutren menos de alimento que de atención, y se relamen cada vez que acaparan miradas, oídos y pensamientos del entorno. Sujetos que muchas veces no pueden obtener reconocimiento de otra manera que interrumpiendo, alterando, desviando la atención de los demás mediante la violenta profanación del silencio o los sonidos disimulados de una ciudad.

El problema del ruidoso es que sufre de disonancia cognitiva. Es decir, es incapaz de discernir entre percepción y realidad. Entiende que la atención del otro, producto de sus estruendos, lo ubica en una posición de privilegio, lo destaca por encima del resto, cuando la verdad oculta, silenciada por todos aquellos despojados del dominio de sus sentidos, es que, en vez de reconocimiento, no producen más que desprecio y en muchas ocasiones odio, intensos deseos de que el ruidoso sufra todo tipo de desdichas.

Esta es la verdad que la sociedad calla, señor ruidoso. Lamentamos ser nosotros, a través de esta misiva pública, quienes quitemos vuestro velo, pero confiamos que será un punto de partida para calibrar su percepción de la realidad. A nadie, señor ruidoso, a nadie en su sano juicio le produce admiración oír el estruendo de motores, escapes o parlantes. Eso que usted cree reconocimiento, señor ruidoso, no es más que aversión y aborrecimiento del conciudadano que siente violentada su atención, su sueño, su concentración. Sin saberlo, acaso sin siquiera sospecharlo, más que distinguidos, son acumuladores de insultos y vilipendios.

Por su propio bien, señor ruidoso, busque otras maneras de aplacar su sed. No se exponga innecesariamente al aborrecimiento colectivo.

Con fraternal afecto,

La comunidad