"Carrera o camino" por Guillermo Rivelis

Carlos Riedel3 agosto, 2022

El lunes a la noche me hicieron una nota en radio Continental tomando como referencia el primer libro que escribí, "Construcción vocacional. ¿Carrera o camino?"

El interés de quienes conducen el programa estaba especialmente dirigido a esa diferencia contenida en la pregunta.

Les dije que en ese caso estaba usando las palabras con valor metafórico y definiciones estipulativas, es decir, válidas para ese texto y sin pretensiones de modificar sus significados consensuados y formalizados por la Real Academia Española.

No hago referencia con el término "carrera" a ningún deporte.

Por otra parte, la palabra "carrera" es la que se utiliza para indicar estudios terciarios y universitarios, desarrollos profesionales, artísticos, despliegue de oficios, trayectorias laborales, desempeños políticos, gremiales, empresariales.

¿Por qué prefiero la palabra "camino"?

El término "carrera" se asocia a la idea de "hacer carrera", "avanzar", "alcanzar los máximos lugares".

Velocidad. Llegar a la meta lo antes posible. Competir. Ganar. Tener éxito.

La palabra "camino" se vincula a la idea de "mirar", "atender", "observar".

En uno de los "Aforismos para Leo Baeck", Albert Einstein dice: "La alegría de mirar y comprender es el don más hermoso de la naturaleza".

Mirar requiere cierta lentitud.

Comprender requiere tiempo, paciencia, capacidad de espera.

Ambas acciones se tornan incompatibles con la velocidad y con el afán de éxito.

Éxito, tal como habitualmente se entiende.

Porque el verdadero éxito es sentir que se está construyendo una vida con los más ricos elementos personales puestos al servicio del bien común y disfrutando por ello.

Mirar y comprender son acciones que acompañan al caminante que descubre y construye.

El caminante prueba, ensaya, intenta, explora.

Descubre, experimenta, se sorprende.

El camino tiene un valor en sí mismo.

La carrera se corre.

El camino se transita.

De ahí, la noción de "vocación" como camino y construcción.

En esto, como muy probablemente en varios otros asuntos, mi concepción no se asemeja a la concepción predominante.

Lamentablemente, según mí opinión, aún en muy buena medida se sigue educando para formar ciudadanos "competitivos", que puedan "enfrentar" una sociedad competitiva y exigente, que se "apropien" del conocimiento como un "arma" para el futuro.

Términos, en definitiva, bélicos, signados por la rivalidad y no por la solidaridad.

Los valores sociales predominantes no son los que propongo.

En todo esto están en juego los afectos: indiferencia, odio, amor.

Claramente, la indiferencia y especialmente la tendencia a odiar son más eficaces que el amor para el logro de los valores que prevalecen en nuestras sociedades.

El amor, aún apasionado y desmedido, procede con más cautela y con más consideración hacía las otras personas.

Para "triunfar", "llegar primero", tener "éxito" en la competencia y en la rivalidad, el odio es "fuerte" y el amor es "débil".

"Pero el amor es más fuerte" nos dice Ignacio Butrón en una hermosa canción, interpretando a "Tanguito" en la película argentina "Tango feroz".

Es más fuerte para la consecución de la paz.

Para construir acuerdos.

Para empatizar con la alegría, la tristeza, el bienestar, el dolor de otras personas.

Para ser felices.

El odio subyacente a la violencia, al insulto, a la desconsideración, a la discriminación, al desprecio, a la burla, a la ofensa es, en definitiva, un sentimiento débil, con vivencias de poder pero realidades y también sensaciones de impotencia.

Nada inteligente.

La inteligencia es amor.

Ser inteligente es reconocer realidades e intervenir sobre ellas para ampliarlas y enriquecerlas.

La inteligencia comprende que el otro humano, el semejante, es un compañero en el despliegue de la vida.

La destructividad no es inteligente.

Maldad e inteligencia se contraponen.

En todo caso, es posible tener capacidades mentales orientadas hacía la aniquilación del otro, de las ideas, de la vida.

Pero la inteligencia supone bondad, supone valoración de la vida.

Inteligencia supone comprender que atentar contra otro ser humano es atentar contra la humanidad y, por lo tanto, contra la propia persona de quien atenta contra otro.

Inteligencia es entender que intentar humillar, avergonzar, someter, despreciar a otro ser humano es demoledoramente empobrecedor.

La soberbia es un recurso de debilidad y de escasez intelectual.

Inteligencia es comprender que la inteligencia de la otra persona estimula y potencia la propia.

Y es comprender que la complementación de inteligencias es un motor, un recurso ineludible y un principio ético fundamental del proceso de humanización.

"Ganar", "proceder con velocidad", "llegar primero" son "logros" para los cuales frecuentemente puede ser de gran utilidad la astucia.

"Ser con los otros" requiere inteligencia.

Para la "carrera" pueden ser recursos la violencia simbólica, la habilidad para el "manejo" de personas, el agravio, el menosprecio a los otros.

Para el "camino" es indispensable el amor.