DestacadosResplandores del ojo que espíaAmor a la Carta: Historias de a dos hasta que dure... Intuición femenina

Armando Borgeaud2 febrero, 2020

Por Osvaldo Croce y Armando Borgeaud

Ella lo conoció en una de las tantas asambleas estudiantiles del 72, cuando tenía casi veintitrés. Raúl andaba por los diecinueve, ingresaba al juego de las ideas desatadas que no volvería a repetirse entre nosotros. Siguieron viéndose por los pasillos de la facultad. Raúl la extrañaba en las reuniones de compañeros políticos a las que asistía con la fuerza de las convicciones recién adquiridas, pero jamás le contaba nada por precaución. Menos aún cuando la realidad empezó a volverse irrespirable y los vampiros aparecieron en las calles buscando víctimas para sus balas.

Susana era hija de un alto capo de la marina, Raúl lo supo enseguida, aunque alejaba el tema de cualquier conversación entre ellos o entre los que se reunían a cambiar nuestra Patria según se decía por entonces. Cuando el Bigote Mario le dijo en voz baja cuál era su tarea mientras alargaba el paquete con el revolver, le temblaron las piernas.

Aquella noche Susana lo esperaba. El guardia de la entrada se hizo el distraído gracia a unos mangos que le daba la muchacha y él atravesó el parque por los lugares a resguardo de la curiosidad. Cada tanto la visitaba para estudiar problemas de cálculos complicados que Susana resolvía con facilidad. Hasta esa oportunidad no habían pasado de entusiasmos físicos capaces de encender el alma, aunque en cada ocasión iban algo más allá y quedaba la promesa como materia pendiente.

Ella abrió la puerta presintiéndolo del otro lado. El primer beso fue mientras caminaban por el recibidor hacia la pieza. En el dormitorio todo era color pastel. Algunos cuadros de paisajes bucólicos, cortinas con puntillas, muebles perfectamente acomodados, revistas de colores correctos. Raúl miró todo con asombro; era difícil imaginar semejante fuego en medio de tal orden. Dejó libros y cuadernos en una mesa ratona cerca del espejo donde se reflejó Susana esperándolo.

Se abrazaron sin apuro. Raúl empezó a desabrocharle la blusa después de seis o siete besos donde las lenguas combatieron a vida. Le quitó el corpiño con florcitas, quedaron en la penumbra las tetas más firmes que había imaginado. Las piernas reveladas debajo de los jeans competían en belleza con las nalgas cuando cayó la tanga.

Susana disfrutó del tórax ancho, los brazos en tensión, el cuello que recorrió a pincelazos cálidos, las ingles fuertes. Juntaron la piel, ella lo plegó despacio hacia la cama mientras sentía su hombría crecer y crecer contra el pubis.

Hubo un silencio de saliva. Raúl sintió que ella abría bien las piernas para recibirlo, empezó a empujar. La chica levantó un poco las nalgas, inflamada de deseo. Raúl la penetró de golpe, de revolución. Fue un shock eléctrico, un agitarse excitarse agotarse. Susana gritaba y jadeaba y pedía más y más, hasta que él empezó a derramar semen dentro de ella.

Exactamente en ese instante se abrió la puerta del dormitorio. La figura del padre, del militar, se destacaba en la nostalgia de luz. Fue un instan-te. Con la misma frialdad con que resolvía los problemas matemáticos, ella recibió las últimas estocadas del joven jinete, metió la mano debajo de la almohada, disparó dos veces. Las cosas hay que hacerlas sin dudar, nene, le dijo al oído.

Raúl se encontró saliendo por una puerta que ni sospechaba, vestido de apuro, con los labios de ella despidiéndole todo el cuerpo mientras lo empujaba a la noche sin adiós. Los del grupo ayudaron a su escape hacia Uruguay, Brasil, finalmente Méjico. Nunca les dijo la verdad ni falta hizo.

Los diarios hablaron del militar caído en una emboscada, foto a tres columnas de Susana y su madre llorando, vestidas de negro. El resto es olvido.

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