DestacadosResplandores del ojo que espíaAmor a la carta: Historias de a dos hasta que dure... Etapas

Carlos Riedel8 enero, 2020

Por Osvaldo Croce y Armando Borgeaud...

Hoy es el día de la madre y ella cumple 67 años, qué coincidencia, ¿no?. Aunque en su vida todo es así, extraño, casual o premeditado. Y cada vez que toma una decisión o sigue un impulso dice: bueno, comienza una etapa. Y se zambulle de cabeza en la realidad.

Nació en la casa de unos obreros con poca plata: mi abuela Molly modista de primera y su padre afilador de tijeras, cuchillos, herramientas industriales. Eran tres hermanas que se criaron entre sí. La mayor, mi tía Lucia-na, recibió mimos y atenciones de Molly hasta los cinco años. En ese momento nació Florencia, a quien - excepto darle la teta- cuidó como madre hasta los seis. A la última descendiente -Gabriela, mi madre- fue Florencia la encargada de transmitirle los consejos heredados.

Empezaron a independizarse cuando Luciana aún no tenía quince. La adolescente se juntó con un viajante de comercio con el que recorre todavía el país en el Renault Gordini mejor mantenido que nunca vi. La del medio esperó a que Gabriela pudiese entender cómo es la cosa y se dedicó de lleno a la enseñanza de música por las escuelas de Santa Fe, donde vivía el hombre que la supo seducir –según cuenta el idioma del tango- y con el que tuvieron dos hijos mellizos: mis primos Alejandro y Alejandra.

Resumen: a Gabriela le quedaron las migas de todo. Vivió el derrumbe de su padre con los temblores de una ancianidad enferma y el cansancio de aquella modista harta de vestir tanta tilinga, según gustaba decir. Los enterró en tres años .Después decidió aprender sobre el sexo opuesto, así que se dio gustos exquisitos, sufrió hasta el llanto cuando le tocó y tomó la vida en fondo blanco.

Ya era profesora de piano –discípula de su propia hermana Florencia- dictaba actividades prácticas en varios colegios –se había recibido de maestra- y contaba con el cerebro despierto y el corazón alerta.

Cansada de pasiones, eligió a Duilio para vivir la nueva etapa: el amor. Pasaron juntos el tiempo suficiente, conocieron los malos humores y las sorpresas dulces que cada uno guarda. Supieron dónde le apretaba la existencia y allí dejaron que creciera un callo de comprensión porque valía la pena. Al fin una mañana de espejo con boca bien pintada decidió tener un hijo. La biología le dijo no, por lo que fueron con Duilio hasta la provincia de Entre Ríos y me trajeron sin pagar un mango, sin papeles ni prejuicios. Me criaron con la ver-dad: siempre supe que era fruto de una decisión, y descubrí más tarde que mi familia biológica había muerto en un crimen por ajuste de cuentas. De la parte legal se encargó Duilio que conocía alguien en el Registro Civil.

Mi madre dejó que hiciera la primaria, me preguntó qué deseaba estudiar, alentó eso de biología por más que la ciencia le parecía inalcanzable, me ayudó con plata –que cuando trabajé por cuenta propia le devolví, porque era justo- y me transmitió algunas mentiras grandiosas, algunas verdades de a puño, trajes para vestirse en la realidad y sobrevivir.

En el día de su cumpleaños 67 veo a Gabriela, mi madre, crecida y firme junto a Duilio, canoso, jubilado de la Siam como mecánico. Evitaremos celebrarlo, casi nunca festejamos fechas fijas sino momentos de gloria: la parición de nuestra perra Dudu, el color de unas manzanas compradas por la calle, la visita de mis tías cada día más locas y sus parejas haciendo juego.

Creo que por eso viene bien que le diga, justo hoy, del embarazo de Alejandra –aquella prima melliza que mencioné y con la que vivimos juntos desde hace un par de años- para que todos estallemos en carcajadas, tomemos vino, la oigamos cantar Laura Va y decir que está por comenzar una nueva etapa mientras otea el viento más allá de los techos bajos.

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