Por Armando Borgeaud... Por qué justo ahora estos recuerdos personales y el discurso de Camus cuando recibió el Premio Nobel el 10 de diciembre de 1957. Tal vez por qué lo vengo pensando desde hace tanto tiempo que al final llegó a la tinta electrónica sin remedio. Tal vez porque el odio que nos viene separando a gran parte de los argentinos y según parece ahora en muchas otras partes del mundo, merece rescatar palabras y acciones como la de este argelino genial nacido en la pobreza que, en una época terrible de guerras y masacres como fue en particular la primera mitad del siglo XX, nunca perdió la entereza para defender la verdad, su verdad, claro está, la misma de cada hombre y mujer bien nacido, esa que se construye desde la honestidad, la lucidez y la dignidad, virtud esta última que Camus anteponía como bandera al absurdo de la vida para escaparle al suicidio.
Y la Justicia, esa sagrada esperanza que nos movilizó tan fuertemente a los que vinimos después de Camus a soñar dolorosamente por esa igualdad que en estos años parece alejarse cada vez más en este capitalismo obsceno que nos envuelve. Ese Camus que escribió sencillamente que no puede encontrarse felicidad en el odio.
Tal vez, quizá, porque me siento tan solo de referentes honestos y capaces de ir a buscar como él, la verdad donde se encuentre, aunque para eso haya que cruzar la línea de los que piensan como uno.
Tal vez porque el 4 de enero se cumplieron cincuenta y siete años de su muerte en un absurdo accidente en una carretera de Francia. Y lo extrañamos tanto.
Tal vez porque tengo el privilegio de escribir libremente lo que pienso y puedo publicarlo aquí.

Esa incómoda voz
Diciembre del cincuenta y siete. Esa oscura voz, incómoda ante la notoriedad por el premio Nobel de la literatura que la Academia Sueca le ha otorgado, lee ese texto crudo desamparada y con la temeridad inocente de los que no tienen nada que ocultar. Yo estoy en el corralito de madera pegado a la pared, cerca de la puerta con vidrios que da al patio con cedro aún pequeño pero que ya anuncia, como los cachorros con patas grandes, la altura que cobrará mientras los cuatro vayamos viviendo en la casa con verja, ligustrina, porche con alero iluminando el cuadradito delante de la puerta cuando llega la nochecita. La voz de Albert Camus se oye en la radio eléctrica, rojo bermellón, apoyada en lo alto de la repisa negra de hierro negro y forma de pentagrama musical: cinco varillas paralelas con la clave de sol pintada de amarillo.
Mamá cocina y veo su espalda joven doblarse y erguirse con esa energía que mantuvo intacta hasta el final. La voz francesa que se nota ansiosa por terminar de una vez lo que tiene que decir, se perfuma, tan lejos de la noche sueca en blanco y negro, los reyes hieráticos y canosos, mujeres jóvenes que entonces no parecían tanto como ahora, silencio de fracs, con la salsa de tomate, romero y pimienta que me hacía picar los ojos mientras mojaba el pancito en la cacerola a escondidas. Es un día luminoso y limpio del verano que se aproxima y recuerdo idéntico a todos lo de mi infancia: calor seco, aire sin autos, mariposas coronando los rosales que mi viejo cuidaba los domingos de pantalón corto y camiseta sin mangas, tomando mates, los dos charlando fraternalmente mientras sus dos hijos dormíamos.
La voz de Camus se acerca al final de la alocución que radio el Mundo reproduce por teléfono y en exclusiva hasta en la cocina donde yo tengo una año y miro desde el corralito cocinar a mamá. Camus habla con temor del futuro que traerá esta guerra fría con amenazas nucleares, en un mundo que va amaneciendo entre las ruinas de la segunda guerra y la opresión del comunismo detrás de la cortina de hierro. Dice, con su aire a Humphrey Bogart, que los artistas deben defender su libertad de conciencia, su fidelidad a los débiles, a los caídos, a los que están solos.
Estocolmo, 10 de diciembre de 1957: el discurso
Al recibir la distinción con que ha querido honrarme su libre Academia, mi gratitud es más profunda cuando evalúo hasta qué punto esa recompensa sobrepasa mis méritos personales. Todo hombre, y con mayor razón todo artista, desea que se reconozca lo que es o quiere ser. Yo también lo deseo. Pero al conocer su decisión me fue imposible no comparar su resonancia con lo que realmente soy. ¿Cómo un hombre, casi joven todavía, rico sólo por sus dudas, con una obra apenas desarrollada, habituado a vivir en la soledad del trabajo o en el retiro de la amistad, podría recibir, sin una especie de pánico, un galardón que le coloca de pronto, y solo, a plena luz? ¿Con qué ánimo podía recibir ese honor al tiempo que, en tantos sitios, otros escritores, algunos de los más grandes, están reducidos al silencio y cuando, al mismo tiempo, su tierra natal conoce una desdicha incesante?
He sentido esa inquietud, y ese malestar. Para recobrar mi paz interior me ha sido necesario ponerme de acuerdo con un destino demasiado generoso. Y como era imposible igualarme a él con el único apoyo de mis méritos, no he hallado nada mejor, para ayudarme, que lo que me ha sostenido a lo largo de mi vida y en las circunstancias más opuestas: la idea que me he forjado de mi arte y de la misión del escritor. Permítanme, aunque sólo sea en prueba de reconocimiento y amistad, que les diga, lo más sencillamente posible, cuál es esa idea.
Personalmente, no puedo vivir sin mi arte. Pero jamás he puesto ese arte por encima de cualquier cosa. Por el contrario, si me es necesario es porque no me separa de nadie, y me permite vivir, tal como soy, a la par de todos. A mi ver, el arte no es una diversión solitaria. Es un medio de emocionar al mayor número de hombres, ofreciéndoles una imagen privilegiada de dolores y alegrías comunes. Obliga, pues, al artista a no aislarse; le somete a la verdad, a la más humilde y más universal. Y aquellos que muchas veces han elegido su destino de artistas porque se sentían distintos, aprenden pronto que no podrán nutrir su arte ni su diferencia más que confesando su semejanza con todos.
El artista se forja en ese perpetuo ir y venir de sí mismo hacia los demás, equidistante entre la belleza, sin la cual no puede vivir, y la comunidad, de la cual no puede desprenderse. Por eso, los verdaderos artistas no desdeñan nada; se obligan a comprender en vez de juzgar. Y si han de tomar partido en este mundo, sólo puede ser por una sociedad en la que, según la gran frase de Nietzsche, no ha de reinar el juez sino el creador, sea trabajador o intelectual.
Por lo mismo el papel de escritor es inseparable de difíciles deberes. Por definición no puede ponerse al servicio de quienes hacen la historia, sino al servicio de quienes la sufren. Si no lo hiciera, quedaría solo, privado hasta de su arte. Todos los ejércitos de la tiranía, con sus millones de hombres, no le arrancarán de la soledad, aunque consienta en acomodarse a su paso y, sobre todo, si en ello consiente. Pero el silencio de un prisionero desconocido, abandonado a las humillaciones, en el otro extremo del mundo, basta para sacar al escritor de su soledad, por lo menos, cada vez que logre, entre los privilegios de su libertad, no olvidar ese silencio, y trate de recogerlo y reemplazarlo, para hacerlo valer mediante todos los recursos del arte.
Nadie es lo bastante grande para semejante vocación. Sin embargo, en todas las circunstancias de su vida, obscuro o provisionalmente célebre, aherrojado por la tiranía o libre para poder expresarse, el escritor puede encontrar el sentimiento de una comunidad viva, que le justificará sólo a condición de que acepte, tanto como pueda, las dos tareas que constituyen la grandeza de su oficio: el servicio a la verdad, y el servicio a la libertad. Y puesto que su vocación consiste en reunir al mayor número posible de hombres, no puede acomodarse a la mentira ni a la servidumbre porque, donde reinan, crece el aislamiento. Cualesquiera que sean nuestras flaquezas personales, la nobleza de nuestro oficio arraigará siempre en dos imperativos difíciles de mantener: la negativa a mentir respecto de lo que se sabe y la resistencia ante la opresión.
Durante más de veinte años de historia demencial, perdido sin remedio, como todos los hombres de mi edad, en las convulsiones del tiempo, sólo me ha sostenido el sentimiento hondo de que escribir es hoy un honor, porque ese acto obliga, y obliga a algo más que a escribir. Me obligaba, especialmente, tal como yo era y con arreglo a mis fuerzas, a compartir, con todos los que vivían mi misma historia, la desventura y la esperanza.
Esos hombres nacidos al comienzo de la primera guerra mundial, que tenían veinte años en la época de instaurarse, a la vez, el poder hitleriano y los primeros procesos revolucionarios, Y que para completar su educación se vieron enfrentados a la guerra de España, a la segunda guerra mundial, al universo de los campos de concentración, a la Europa de la tortura y de las prisiones, se ven hoy obligados a orientar a sus hijos y a sus obras en un mundo amenazado de destrucción nuclear. Supongo que nadie pretenderá pedirles que sean optimistas.
Hasta llego a pensar que debemos ser comprensivos, sin dejar de luchar contra ellos, con el error de los que, por un exceso de desesperación han reivindicado el derecho al deshonor y se han lanzado a los nihilismos de la época. Pero sucede que la mayoría de entre nosotros, en mi país y en el mundo entero, han rechazado el nihilismo y se consagran a la conquista de una legitimidad.
Les ha sido preciso forjarse un arte de vivir para tiempos catastróficos, a fin de nacer una segunda vez y luchar luego, a cara descubierta, contra el instinto de muerte que se agita en nuestra historia.
Indudablemente, cada generación se cree destinada a rehacer el mundo. La mía sábe, sin embargo, que no podrá hacerlo. Pero su tarea es quizás mayor. Consiste en impedir que el mundo se deshaga.
Heredera de una historia corrompida —en la que se mezclan las revoluciones fracasadas, las técnicas enloquecidas, los dioses muertos, y las ideologías extenuadas; en la que poderes mediocres, que pueden hoy destruirlo todo, no saben convencer; en la que la inteligencia se humilla hasta ponerse al servicio del odio y de la opresión—, esa generación ha debido, en si misma y a su alrededor, restaurar, partiendo de amargas inquietudes, un poco de lo que constituye la dignidad de vivir y de morir. Ante un mundo amenazado de desintegración, en el que se corre el riesgo de que nuestros grandes inquisidores establezcan para siempre el imperio de la muerte, sabe que debería, en una especie de carrera loca contra el tiempo, restaurar entre las naciones una paz que no sea la de la servidumbre, reconciliar de nuevo el trabajo y la cultura, y reconstruir con todos los hombres una nueva Arca de la Alianza.
¿ Camus ?????
Novelista, ensayista y dramaturgo francés, considerado uno de los escritores más importantes posteriores a 1945. Camus nació en Mondovi (actualmente Drean, Argelia), el 7 de noviembre de 1913, y estudió en la universidad de Argel.
Sus estudios se interrumpieron pronto debido a una tuberculosis. Formó una compañía de teatro de aficionados que representaba obras a las clases trabajadoras; también trabajó como periodista y viajó mucho por Europa.
En 1939, publicó Bodas, un conjunto de artículos que incluían reflexiones inspiradas por sus lecturas y viajes. En 1940, se trasladó a París y formó parte de la redacción del periódico Paris-Soir. Durante la II Guerra Mundial fue miembro activo de la Resistencia francesa y de 1945 a 1947, director de Combat, una publicación clandestina.
Argelia sirve de fondo a la primera novela que publicó Camus, El extranjero (1942), y a la mayoría de sus narraciones siguientes. Esta obra y el ensayo en el que se basa, El mito de Sísifo (1942), revelan la influencia del existencialismo en su pensamiento.
De las obras de teatro que desarrollan temas existencialistas, Calígula (1945) es una de las más conocidas. Aunque en su novela La Peste (1947) Camus todavía se interesa por el absurdo fundamental de la existencia, reconoce el valor de los seres humanos ante los desastres.
Sus obras posteriores incluyen la novela La caída (1956), inspirada en un ensayo precedente; El hombre rebelde (1951); la obra de teatro Estado de sitio (1948); y un conjunto de relatos, El exilio y el reino (1957).
Colecciones de sus trabajos periodísticos aparecieron con el título de Actuelles (3 vols., 1950, 1953 y 1958) y El verano (1954).
Una muerte feliz (1971), aunque publicada póstumamente, de hecho es su primera novela. En 1994, se publicó la novela incompleta en la que trabajaba cuando murió, El primer hombre.
Sus Cuadernos, que cubren los años 1935 a 1951, también se publicaron póstumamente en dos volúmenes (1962 y 1964). Camus, que obtuvo en 1957 el Premio Nobel de Literatura, murió en un accidente automovilístico en Villeblerin (Francia) el 4 de enero de 1960.
