Bajo la consigna de hallar fundamentos para explicar como Europa fijó hegemonía sobre el mundo a partir del siglo XVI, el historiador británico Neil Ferguson traza en su ensayo "Civilización. Occidente y el resto", un diagnóstico poco alentador sobre el futuro de los países europeos y plantea el surgimiento de un nuevo paradigma civilizatorio.
Hacia la segunda década del 1400, las evidencias auguraban un crecimiento inmejorable para las civilizaciones orientales: la Ciudad Prohibida estaba en plena construcción en Pekín y en Oriente Próximo los otomanos acechaban Constantinopla.
Europa occidental, por el contrario, se devastaba en guerras constantes, plagas, falta de higiene y sistemas políticos que dificultaban su desarrollo, un panorama que tornaba descabellado el vaticinio de una expansión decisiva.
Sin embargo, los escenarios se invirtieron y la Europa occidental logró dominar a los imperios orientales, según Ferguson una realidad que sólo fue posible merced a la articulación de seis herramientas: competencia, ciencia, democracia, medicina, consumismo y la ética del trabajo.
El ensayista deja claro que la ciencia y la tecnología modernas son fundamentalmente productos occidentales, a la vez que se interroga si cualquier Estado no occidental puede adquirir conocimientos científicos sin aceptar otras instituciones occidentales claves como “los derechos de la propiedad privada, el Estado de derecho y un Gobierno verdaderamente representativo”.
En "Civilización. Occidente y el resto", editado por Debate, el historiador dedica un capítulo a cada una de estas cuestiones, a las que denomina “killer applications” (aplicaciones asesinas) en tanto con su irrupción han sustituido otras variables.
Hoy, tras cinco siglos de apogeo incuestionable, el encanto de Europa empieza a declinar. Los datos mandan: en 2010, China superó a Estados Unidos, por primera vez desde el principio del siglo XIX, como primera potencia manufacturera del planeta, según un estudio de la consultora Global Insight.
En sintonía con las estadísticas, Ferguson sostiene en su nueva obra que Occidente palidece y se encuentra próximo al fin de su predominio mundial: así, compara la actual crisis con la caída de Machu Picchu, la ciudadela de los incas, cuyo imperio se desplomó tras la invasión española.
El historiador plantea que la cuestión central no pasa por determinar si Oriente y Occidente chocarán en algún momento -tal como diagnosticó la teoría del "choque de civilizaciones" de Samuel Huntington a comienzos de los ‘90-, sino si los más débiles, en este caso Europa y hasta el mismo Estados Unidos, "pasarán de la debilidad al colapso total".
Ferguson, que hace algunos años acuñó el término de "Chimérica" para aludir a la simbiosis económica entre China y Estados Unidos, advierte ahora en su libro que Washington y Beijing van camino a la confrontación.
Para fundamentar el declive de Occidente y el crecimiento de Oriente, el autor asegura que los días de predominancia occidental están contados, porque "el resto" ha obtenido las seis "aplicaciones" que esta parte del mundo monopolizó por décadas.
"No soy decadentista. No considero que Estados Unidos, o la civilización occidental en general, haya entrado en una especie de decadencia inexorable. Tampoco soy uno de esos optimistas empedernidos que, como Wiston Churchill (fallecido ex premier británico), opinan que Estados Unidos siempre `hará lo correcto cuando se hayan agotado todas las posibilidades`", indicó Ferguson en una entrevista reciente.
El autor, que se doctoró en la Universidad de Hamburgo y es experto en historia financiera, dicta cátedra en la Universidad de Harvard y escribe columnas en medios como The Sunday Times y The Financial Times. Ha escrito además siete libros, entre ellos "La guerra del mundo" y "El triunfo del dinero".
El historiador plantea que actualmente Occidente está a la defensiva, desafiado en lo económico por el auge de China y, política y militarmente por una oleada de odio islamista: percibe a la crisis económica mundial como “un acelerador de una tendencia ya instaurada de relativo ocaso occidental”.
Ferguson también se muestra sorprendido por el declive de la enseñanza y el conocimiento de la historia en el mundo occidental y señala a propósito de este fenómeno que "la mayor amenaza para la civilización occidental no la constituyen otras civilizaciones, sino nuestra pusilanimidad y la ignorancia histórica que la alimenta”.
Sin embargo, el autor se reserva un dejo de optimismo para el final, cuando recuerda que Occidente todavía goza de más “ventajas institucionales que el resto”, y que el “paquete occidental” ofrece “las mejores instituciones económicas, sociales y políticas que existen”, aunque se pregunta si los occidentales todavía son capaces de reconocerlo.

