Lo que el corazón manda; algo más que una historia

Carlos Riedel3 julio, 2012

Una historia simple como tantas otras. Un relato sencillo que sin embargo ha marcado una vida; una vida que se dejó llevar por ese llamado fácil de escuchar pero tan difícil de seguir... el del corazón. Algo para leer no solo con atención sino con el alma. ¡Gracias Karina! (Nota del Editor)

Por Karina Grill *

 Tengo 3 años, es 1977 y estoy en el campo cuidando las ovejas con mi abuelo, “el gran lector” que está inmerso en un libro color marrón con hojas viejas.

¿Qué lees ahora abuelo? - ¿Qué leo?.. “El Álamo” eso leo….. – Ah, es la historia de un árbol…. – No, es de un grupo de hombres que se refugiaron en un fuerte llamado así., bla, bla, bla…. – ¿Me enseñás a leer? – Sí, en unos años te enseño. – No, ¡ahora! - ¿Ahora?, bueno… vení, sentate acá conmigo y mirá bien que hacen las ovejas, los perros, si pasa algún tren, si hay mariposas, si cantan los pájaros, mirá bien y en un rato me contás.

De más está decir que al cabo de tres minutos de ejercio dije: -¡Esto no es leer!! Yo quiero leer libros como vos.

Mi abuelo cerró su libro dejando el dedo en la página donde estaba leyendo y me dijo:  -“ Mirá… yo era muy vago. Mi papá me mandaba a la escuela y yo me escapaba para ir a pescar.  Aprendí a leer palabras, pero la verdadera lectura de un libro llega cuando sabés leer la vida, y la vida se lee mirando lo que pasa alrededor”.

No entendí nada de lo que dijo. En ese entonces no lo entendí, hoy con mis 37 años y después de haberme encontrado con Freire, me doy cuenta de que mi abuelo fue un regalo en mi vida.

En 1978 comencé “Jardín de Infantes”.  No me gustaba mi guardapolvo. No tenía ni puntillas ni voladitos como el de las otras nenas.

No lo había confeccionado una modista, lo habían hecho mi tía y mi abuela con mucha maña y con la máquina de coser que les prestó Doña Juana.

Mi abuela era empleada doméstica en casa de una familia de procedencia inglesa, los Berningsonne.

El niño Jhonny y la Sta. Patricia eran los hijos de la Sra. Edith, una profesora universitaria ingeniera en química.

La Sta. Patricia se convirtió en mi modelo a seguir, ella estudiaba Traductorado Nacional en Bs. As. y mi abuela me decía ante mi llanto escandaloso en la puerta del Jardín: - ¡No llores!, si llorás y no venís a Jardín, no vas a ser nunca como la Sta. Patricia…YO NO QUERÍA SER COMO LA STA. PATRICIA!!!

Cuando me preguntaron en salita de 4 que quería ser cuando fuera grande, respondí: mamá y maestra.

Mi primer grado transcurrió en 1981.

Mi paso por la primaria fue toda una aventura.

Sentada en mi banco me daba sueño mientras la señorita Mabel enseñaba: “La M con la A = MA… y yo levantaba la mano y preguntaba cuando íbamos a redactar composiciones, leer cuentos de verdad y hacer divisiones por dos cifras….

Yo era el producto extraño de la didáctica de mi abuelo, que con tal de que lo deje leer, me enseñó a leer, a escribir, a sumar, restar, multiplicar y dividir a los 5 años de edad.

En segundo grado estalló la guerra de Malvinas.

Yo soy hija de un “desaparecido”, así que en mi casa no se hablaba de política, ni de temas sociales o de algo que despertara mi curiosidad.

Crecí con miedo de decir mi apellido, un miedo transmitido por mi abuela que ante la realidad social temía que me pasara algo si me relacionaban con mi padre.

En 1983 llegó la democracia y con ella mis esperanzas de encontrar a mi papá, de conocerlo, de saber si era parecido a mí.

Sólo tenía las versiones de mis abuelos que lo recordaban con mucho amor y me diseñaban para que estuviera orgulloso de mí cuando me conociera.

Mi abuela decía: “Tenés que estudiar para no tener que andar limpiando baños como yo!!  Podés ser médica o abogada, pero tenés que estudiar”.  Yo quería ser maestra y ante el reproche de mi abuela, mi abuelo decía:  “Tenés que ser lo que tu corazón mande, pero sí, tenés que estudiar.” – Se quedaba en silencio y agregaba: -“Un cirujano puede ir a trabajar como barrendero, pero un barrendero no puede ir a trabajar como cirujano”.

El 13 de junio de 1985, mi abuelo, mi defensor, mi amigo, mi primer maestro se fue apretando mi mano, una mano que aun cabía en la suya, una mano que temblaba ante la experiencia de la muerte.

El país sufría el fenómeno de la inflación y la cuenta en la farmacia por los medicamentos del abuelo era larga.  No existía la ley de concubinato, así que mi abuela no percibió un centavo de la jubilación de mi abuelo.

Mi vida cambió, mi realidad cambió.

Había cuentas que pagar y el sueldo de mi abuela era casi nulo.  Tomaba cada vez más y más casas para limpiar, la veía arrodillada pasando cera en los pisos y sentía mi corazón estrujado, mientras me decía: “Ve mi´ja, por eso usté tiene que estudiar, pa no andar como su abuela fregando”.

En la escuela me pedían libros, material, fotocopias y en casa no había dinero para eso.  Mi abuela y yo vivíamos a polenta y mate amargo, yo amasaba pan a la noche, pero a veces tampoco teníamos harina.

En 6to grado nos pidieron el manual Kapeluz que era muy costoso para nosotras.Yo quería estudiar y ante el planteo de mi abuela no lo dudé.

Ella dijo: “Mi´ja, si le compro el manual vamos a pasar unos cuantos días apretadas.” A mí no me importó, así que iba a la escuela con mate en la panza y mucho ruido.

Me sentaba sola porque me daba vergüenza que mis compañeros escucharan el ruido de mi estómago vacío.  Pero pronto di mi primer clase de biología y la directora del proyecto, la Sra. María Rosa Moretti, me puso una nota que decía: “Karina: tus clases de ciencias biológicas son excelentes. Sos una maestra en potencia! Continúa así!

Mi abuela al ver la nota hizo una mueca que pareció una sonrisa.

Ese año conocí a una profesora de francés que al ganarme su afecto me invitó a su casa para que cuide a sus dos hijas mientras ella daba clases.  Después comencé a plancharle la ropa y luego la ayudaba con la limpieza de la casa.

Tenía 11 años así que para mí todo era un juego. Hacía montoncitos de hojas secas al barrer el patio y las convertía en la casa de los duendes. Otras veces planchaba rapidito y prolijo para ser nombrada la empleada del mes.

Entre risas, llanto y el quite de colaboración docente como medida de fuerza en petición de aumento salarial, pasó la primaria.

Era la abanderada del colegio y mis compañeras se burlaban de mis zapatillas rotas que dejaban mis dedos afuera.

La secundaria pasó rápido.  Con idas y vueltas, con comentarios de mis profes acerca de mi potencial como docente, con el rechazo de algunos compañeros que no estaban de acuerdo con mi forma de devorarme las clases.

En 1993 estaba en 6to año y de novia con un casi ingeniero electricista que nunca se recibió y que puso el grito en el cielo cuando dije que iba a estudiar magisterio, alegando que una maestra era poca cosa para él.

Me propuso ir a vivir con él a La Plata y estudiar Derecho allí.

Fuí a vivir a La Plata dos meses después de que a él lo transfirieran a Necochea, y estudié Derecho con la intención de ser profesora de Derecho, no abogada.

En 1996 rendí el último final. No de la carrera, sino de mi  carrera. Abandoné faltándome 3 teóricos, 2 prácticas y la Tesis final.

Febrero de 2011.

Me anoté en el Instituto 120 para hacer el Profesorado en Educación Primaria.

Estoy feliz y ansiosa, voy a ser MAESTRA.

Tengo un hijo, pero mi carrera se convierte en mi centro.  Me llaman del colegio donde asiste mi hijo para una suplencia de dos días que duró todo el año.  Mi profe de Didáctica General nos dice que la educación pública es como una oferta de supermercado  que hay que aprovechar al máximo y eso me llega.

Después me convierto en Philip Jackson para experimentar la vida en las aulas.

La profe de Campo de la práctica me trae de vuelta a mi abuelo y en la clase de psicología  con el texto de Mario Waserman comprendo mi niñez…

Siendo seño de 2do grado me pongo en contacto con la didáctica de mi abuelo y busco la forma de que sin experiencia pueda hacer un buen trabajo con esos niños.

Abril de 2012, estoy en 2do año del Profesorado.

Amo a mi hijo, pero mi carrera es lo más importante, porque me dará las herramientas para que él forje su futuro y le dará un ejemplo de cómo tomar los estudios.

Sigo siendo rechazada por algunos compañeros que no comprenden mi forma de devorar las clases y mi forma de ser, pero no me preocupa demasiado.

Por suerte están Nadia Karabín, María del Carmen Torres, Mariana Ferraris, “la” Vero y otras chicas que me aceptan con mi locura por estudiar y saber.

Sé que las notas no dicen que clase de docente voy a ser, pero tengo buenas notas como incentivo, para acariciar mi ego personal y para rendirle tributo a mi abuelo y darle la satisfacción de  SER LO QUE EL CORAZÓN MANDA.

GRACIAS ABUELOS!!! 

* Futura docente, aunque ya se recibió en la más complejas de las carreras: la de vivir. Escritora y folcklorista...

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