La poesía de Oliverio Girondo

Carlos Riedel23 noviembre, 2012

Inspirador no demasiado remoto, y quizás sugerido hasta por el apellido del protagonista, del "glíglico” de "Rayuela" (el lenguaje que hablan, a efectos eróticos, la Maga y Horacio Oliveira en los capítulos 20 y 68 de la novela de Cortázar), Oliverio Girondo fue el más verdadero, lingüística y poéticamente hablando, de los vanguardistas de Florida.

Por Mario Goloboff ( Suplemento Literario Telam )

“Quienes hemos oxigenado el castellano, haciéndolo un idioma respirable…”. Quienes, en la lengua, destruyeron lo sobrante que venía del Modernismo y de la tradición, y fundaron, a la manera de César Vallejo en el mundo andino, una lengua poética para el Río de la Plata.

“Las chicas de Flores tienen los ojos dulces, como las almendras azucaradas de la Confitería del Molino, y usan moños de seda que les liban las nalgas en un aleteo de mariposa”, esto escribía él por los años ’20, antes de empezar a recorrer el mundo y llevarse a Venecia y a Verona, a Granada y a Tánger, los rumores de las soleadas mañanas de abril y las sombras de aquel “Nocturno” porteño, el de “la hora en que los muebles viejos aprovechan para sacarse las mentiras”, y no se sabe “cuál será la intención de los papeles que se arrastran en los patios vacíos”.

Viajero incansable, irreductible cosmopolita, es hondamente argentino cuando mira, con ojos de habitante que solo puede serlo de aquí, un patio sevillano, un paisaje bretón, una fiesta en Dakar y, naturalmente, esa calle tan nuestra donde “con un brazo prendido a la pared, un farol apagado tiene la visión convexa de la gente que pasa en automóvil”.

El excéntrico, provocador numen de la histórica revista Martín Fierro (la que cambió para siempre desde estos parajes del sur tantas cosas de lugar en el mapa cultural de América y de cuyo célebre Manifiesto, publicado en el número cuatro, fue, según todos coinciden, autor), se regodea con las palabras, las tuerce, las exprime, las desorganiza y las rehace para dibujar con su nuevo lenguaje una urbe veloz y ajetreada, pero donde no falta una plaza en la que “los árboles filtran un ruido de ciudad” y hay “idilios que explican cualquier negligencia culinaria”.

Fue también quien, de aquella vanguardia, incorporó a su vida personal las consignas de los dadaístas y surrealistas para que el arte se consustanciara con la propia existencia y esta a su vez con su manera de ejercer el arte. Decenas de actitudes y de gestos transgresores llenan su anecdotario hasta hoy; por eso sus amigos, en uno de los tantos homenajes de partida o de bienvenida le cantan: “A veces rotundo / a veces muy hondo, / se va por el mundo / girando, Girondo”.

En 1922 publica su primer libro, Veinte poemas para ser leídos en un tranvía, en 1925 Calcomanías y en 1932 Espantapájaros, y para publicitarlo sale en carroza, de las destinadas a los cortejos fúnebres, por las calles de la ciudad.

Lleva un inmenso espantapájaros con sombrero de copa, monóculo y pipa que al final instala, hasta su fallecimiento sucedido en 1967, en la puerta de su casa en la calle Suipacha. Publica otros libros (Interlunio, Persuasión de los días, Campo nuestro) y el definitivo En la masmédula (1956), coronando en altísimo grado las transformaciones que su trabajo produce en la poesía del siglo XX.

Sobre él escribió Francisco (Paco) Urondo palabras igualmente definitivas que le dedicara en La Opinión en 1971: “Le ha ocurrido a Girondo lo que también le ha pasado a Macedonio Fernández, o le pasa a Juan L. Ortiz, cuyos trabajos —silenciosos por dignidad de ellos y ligereza de sus contemporáneos— signan toda una época y le abren un destino, la precipitan sobre el porvenir”.