La muerte, la libertad y el poder según Oriana Fallaci

Carlos Riedel19 enero, 2013

Un libro aparecido recientemente en Italia reúne las conferencias de la polémica narradora y periodista fallecida en 2006. Famosa corresponsal de guerra durante los años 60, en los fragmentos que aquí se reproducen reflexiona sobre el dolor y la violencia.

Por Dario Fertilio | Corriere della Sera

Oriana Fallaci escritora. Oriana Fallaci periodista. Oriana Fallaci privada, en el testimonio de quienes estuvieron cerca de ella. Pero también hay una cuarta, que aparece sólo fugaz y ocasionalmente: Oriana Fallaci, personaje público. Es esta última Oriana Fallaci la que recuperamos en este volumen de conferencias inéditas,"Il mio cuore è più stanco della mia voce" (Rizzoli) ("Mi corazón está más cansado que mi voz").

Definirla aquí como "conferencista" sería restrictivo, porque el término es demasiado técnico y académico. Llamarla "oradora" no sería fiel a la verdad, desde el momento en que su extraña y contenida timidez le impedía dirigirse a su auditorio sin servirse de un apunte. "Política" funcionaría menos que más: su carácter apasionado, como queda en evidencia en estos textos, la arrastraba a picos emotivos incompatibles con cualquier objetivo de orden práctico.

Por eso es que la nueva Oriana Fallaci que ahora se ofrece a los lectores debería ser caracterizada como live , una Oriana "en vivo", como si sus palabras no surgiesen de las páginas de un libro, sino de un dvd, una grabación borrosa en streaming , un video tomado de incógnito por alguien del público para luego subirlo a YouTube.

Oriana Fallaci habla, y es la que ya conocíamos y al mismo tiempo es distinta, condicionada a la ocasión: una conferencia de 1976 en Massachusetts, poco antes de la muerte de su adorado Alekos Panagulis; otra en 1982 frente a los estudiantes de Harvard; y otra más en Chicago, en 1983, durante un curso de escritura y política. Y después el mismo año en Argentina, cuando su famoso libro," Un hombre", es traducido y publicado en ese país. Finalmente, Nueva York, donde pronuncia un discurso de apoyo a Chile.

En apariencia, esta es una Oriana "de izquierda", muy lejos de ese icono empedernido en el que se convertirá durante los últimos finales de su carrera. Pero solo en apariencia.

Porque aquella Fallaci antifascista por disidencia familiar, más que por vocación o elección, en el futuro simplemente descargaría todo su fuego polémico contra enemigos más actuales y peligrosos: los abanderados de los nuevos totalitarismos, herederos del nazifascismo y del comunismo, y a la cabeza, todos los islamistas que amenazan la libertad del mañana.

No es casual que ya esta Fallaci en vivo considere que "la muerte, la libertad y el poder" eran sus verdaderos temas, sus obsesiones existenciales. Y la síntesis de ellas, que en los años subsiguientes la impulsará a escribir," La rabia y el orgullo" .

Como sea, en su tono resuena ya esa total identificación de razón y pasión que la convertirán en un personaje único, de esos que generan odio o amor, sin términos medios.

Es la idea del periodismo "no como oficio, sino como misión", una misión que le consumirá gran parte de su vida. Y también está esa fe casi chamánica en el rol del "escritor" a imagen y semejanza de un sacerdote guerrero, tal vez predestinado desde el vientre de su madre, y por lo tanto, condenado a "no desconectarse nunca" y a decir siempre, y como sea, la verdad. Y también a ser "objetivo" a su manera, si por esa palabra se entiende una participación directa, sin mediaciones, con los hechos. Se les exige un sí incondicional a las razones de la vida, antes de sentarse en el escritorio para describirla.

Claro que el modelo propuesto en estos discursos de Oriana Fallaci no es para todos. Hay algo de aristocrático, de ascético, en su rechazo a cualquier relación posible entre escritura y poder: dos dimensiones, según Fallaci, inconmensurables e irreconciliables. El político puede desentenderse de la libertad y de la duda, pero al escritor no le está permitido.

La moneda, sin embargo, también tiene su otra cara: el hombre (o la mujer) poderosos están condenados a la prosa cotidiana y a las concesiones, mientras que el escritor o escritora como Fallaci puede vivir plenamente, creer y permanecer fiel a sus mitos.

En el caso de Oriana, ante todo Alekos Panagulis: "Un don Quijote que persigue su sueño, que es el sueño de un mundo un poco más honesto, un poco más digno, un poco más soportable, y en su nombre muere asesinado, víctima de todos: de los patrones y los siervos, de los violentos y de los indiferentes, de derecha, de izquierda, de centro, de extrema derecha, de extrema izquierda, de extremo centro".

Un mecanismo que tal vez le haya secado el corazón -por decirlo con sus propias palabras- pero que no logró acallar su voz.