CulturaDestacadosDos negros audaces por Armando Borgeaud

Armando Borgeaud26 julio, 2020

Por Armando Borgeaud… Hace pocas horas nos ha dejado el Negro Manolo Juárez, un pianista partícipe de la grandiosa renovación del folclore, además fue un eximio compositor de lo que él llamaba con su irónico humor “música seria”, que encararon en una lucha contra la marea de lo establecido: Waldo de los Ríos, Chango Farías Gómez y Eduardo Lagos. Solamente algunas figuras salientes de ese movimiento que brilló desde los años cincuenta y que aún sigue propagándose en artistas jóvenes, aunque si bien con un grado mayor de aceptación en los tiempos que corren que aquellos iniciadores, sin conseguir reconocimiento del gran público como aquellos.

Como un homenaje a su memoria inolvidable, en el video que les invitamos a disfrutar con nosotros, otro gran Negro, Hugo Guerrero Marthineitz, conversa con Manolo Juarez en una noche de su programa a Solas, en la televisión abierta, en los primeros años de la primavera democrática, a mediados de los años ochenta.

Charlan distendidamente y con la naturalidad con que solamente dos amigos pueden hacerlo. Como únicamente dos artistas talentosos, el gran Guerrero lo era también en el arte de la palabra y el manejo de los silencios, gracias a lo cuales fluía su extensa cultura sin ostentaciones.
Dos maestros a Solas. Uno, tocando el piano, atendiendo el teléfono y hablando con los televidentes sin filtro, fumando largamente, hilvanando silencios y miradas inteligentes y siempre sensibles, evocando a músicos y recuerdos, reflexiones lúcidas.

El otro, oyente atento a su entrevistado, para nada complaciente precisamente por respeto al entrevistado, brindándole la calidez de su justo reconocimiento, sirviendo el café, moviéndose con auténtica espontaneidad. Una clase de música en una clase de la mejor televisión que supimos disfrutar. Un momento de sublime comunicación.

 

 

Como cierre, un artículo publicado hace unos años en el Portal Código Plural, sobre el Negro Guerrero que parece venir a cuento.

La vida es el show del minuto

“¿Hasta cuándo vamos a seguir esquilmando la atención que nos dispensan quienes oyen radio, quienes miran televisión?”

Hugo Guerrero Marthineitz

Dotado de una voz portentosa, a la vez dulce y firme, suave y hosca, triste hasta las lágrimas para contar penas, animada y risueñamente sensual para expresar esos brotes de entusiasmo contagioso que podían extenderse durante horas. Dueño de una risa ahogada y cavernosa de la que se jactaba orgullosamente y que sus oyentes esperaban aparecer para contagiarse de ganas como quien se zambulle al agua un día de calor.

Egocéntrico y sincero hasta el insulto, aunque muchas veces culposo hasta el cansancio, fruto de una honestidad transparente con la que tanto sabía herir como curar como profeta charlatán. Loco confeso, payaso con alma chiquilina. Culto y refinado maestro de los silencios que, ya se sabe, enamoran más que las palabras cuando están de más. Brutalmente honesto hasta la crueldad injustificada de la que no sabía regresar. Uno de esos tipos feos que de tan sensuales enamoran a todas las mujeres que se les cruzan con naturalidad de magos.

Locutor único, original, que llegó a la Argentina en los 50 y revolucionó la radio aunque para eso haya tenido que pagar el inevitable precio de la envidia, la calumnia, la persecución, el menosprecio de los mediocres, como creo que decía Shakespeare. Inventó una manera de hacer radio cálida y directa en la que tuteaba al oyente sin que se diera cuenta. Elegante como únicamente pueden ser aquellos que saben lucir como reyes la ropa más común y menos costosa.

Fue el que por primera vez invitó a los oyentes a llamar por teléfono a la radio, emitiendo al aire sus comentarios con los que sabía coincidir hasta la exageración o rechazar fervientemente. El Negro peruano Hugo Guerrero Marthineitz nos hizo descubrir en El Show del minuto y Reencuentros, en sus diferentes modelos a través de los años pero siempre muy parecidos esencialmente, a Joan Manuel Serrat, José Larralde, Nicomedes Santa Cruz, Carlos Barocela, El Romance de la muerte del general Lavalle. Qué leyó completa Radiografía de la Pampa de Ezequiel Martinez Estrada, Historia de una pasión argentina de Eduardo Mallea, innumerables cuentos de Ray Bradbury, que entrevistó largas horas, sin la interrupción de tandas comerciales, a Jorge Luis Borges, Ernesto Sábato, Julio Cortázar, solamente por mencionar unos pocos hallazgos de una lista interminable de éxitos espectaculares por un nivel de calidad insólito en el medio local hasta ese momento.

El Negro fue el creador de A Solas, un ciclo de entrevistas televisivas en las que el decorado consistía en una mesa redonda, dos sillas y un austero fondo negro. El programa se mantuvo varios años al aire y se emitía diariamente a la noche muy tarde.

En ese recordado espacio, su rica personalidad y su sólida formación intelectual, de la que nunca hizo gala, lograba magnetizar aún más que en sus programas radiales a sus miles de fieles seguidores. Y como si fuera poco, escribió, con cuidada prosa poética, dos libros entrañables: Pasto se sueños y Del hastío, los gatos y los días, en los que volcó sus sueños sin red en formato de reflexiones, poemas, obritas de teatro al paso, testimonios de sus oyentes, voces amigas que lo quisieron en serio y como a él le gustaba. Un hombre que hablaba por radio como quien canta mientras camina distraído.

Padre nuestro

Sorpresivamente en un asado, alguien dice a nadie en particular haberse encontrado con Gabriela, la hija de Hugo Guerrero Marthineitz en cierta jornada de capacitación. Cuenta, con escepticismo cansado, que aquella mujer no quiso ni oír hablar sobre su padre, apenas la conversación se introdujo, nostálgica, en los inolvidables programas de radio y televisión que El Negro, así lo llamábamos quienes lo admiramos sin límites, durante largos períodos desde la década del 60 y hasta su muerte, el 21 de agosto de 2010, luego de un largo proceso de deterioro de su salud física y mental atravesado en soledad.

Mientras el interés del resto de la mesa se encendía a medida que se revelaban los escabrosos motivos que se suponían justificaban aquel odio filial, un impulso de vengativa reivindicación fue creciendo en mi alma hacia aquel hombre que durante largos pasajes de mi infancia, adolescencia y bastante más acá, sentí próximo como a un padre sustituto, un viejo cómplice de la angustia ajena desde sus confesiones sin pudor en tardes interminable de radio y estudio en la mesa de la cocina. Mucho más tratándose de Argentina. Mucho más aún, si esos tiempos desvalidos en el que uno está solo como un perro y una voz en la radio ha venido a espantar la idea del suicidio, transcurrieron durante los crueles años setenta, justo en el 76 cumplí los veinte años.

Por eso es que sentí ganas de decirle a esa Gabriela resentida, probablemente con razón, que, como quien pide a sus hermanos quedarse con el reloj pulsera del padre recién muerto, yo, un anónimo zarateño perdido entre sus miles oyentes huérfanos, sería capaz de recoger ese pedacito de paternidad que ella desdeña a manera de préstamo hasta el día en que me pida, con todo derecho, la devolución. En nombre de la honestidad genial de ese Negro parlanchín, loco y tierno, mágico y poeta, artista sin igual al fin, del mejor medio de comunicación de todos los tiempos, ese mágico invento, aunque sería más lindo creer que se trató de un descubrimiento, para difundir la voz humana con su sensual arco iris de matices: la radiofonía.

La radio, como la llamamos con confianza de amigos. En nombre de todos esos momentos que únicamente han quedado registrados en la memoria sonora, esa que primera desaparece, según se dice, pero que saben volver, inexplicablemente nítidos, cuando parece que no queda nadie en el mundo que entienda lo que nos pasa.

Un plato bajo la puerta

Para ganarme la vida, el sustento mejor dicho, he pasado gran parte del tiempo de mi juventud estudiando cosas que, a pesar de títulos y especializaciones, nunca logré conocer, aunque sea mínimamente, con esa seguridad que viene desde adentro. Esa razón por la que nos levantamos cada mañana y que nos sopla en la oreja para qué somos útiles y de paso para quien, para quienes, esos que necesitamos nos acepten, nos admiren y, al fin, nos quieran.

Sería inútil negar, de todos modos, que hace mucho he comprendido que las cosas más serias de la vida, las más valiosas y por eso mismo, inolvidables, son consecuencia de cuánto nos animamos a jugar como cuando éramos chicos. Desde cómo atravesamos la catástrofe de amar, como decía Andrei Tarkovsky, hasta el muchas veces penoso recorrido hasta poder construir la vocación, lo único que es capaz de transformarnos sin vueltas, requieren la profunda inocencia del juego porque sí.

Si quedará nuestra línea marcada en el aire cuando los dedos dejen de dibujarla, siempre y cuando ese descubrimiento de saber lo que nos desvela no llegue demasiado tarde, será porque hemos aprendido a jugar con la ciega concentración de los niños, los únicos que saben hacer desaparecer el universo haciendo como qué a la sombra de un árbol en cualquier tarde del mundo.

En mi caso, hacer radio, el oficio que me apasiona más que nada y que ejercito con la naturalidad con que respiro. Ese excluyente deseo con forma de ejercicio egoísta que, como decía Kafka al referirse a su pasión por escribir, yo abandonaría si me fuera posible únicamente para comer del plato que me pasen bajo la puerta, nadie me lo enseñó cara a cara, en un aula, siguiendo el proceso típico entre maestro y alumno, leyendo libros o apuntes.

Aprendí a hablar por radio, a improvisar reflexiones en micrófonos apoyados o colgados sobre mesas redondas, mirando, sin ver del todo a menudo, a operadores a veces indiferentes y otros con escucha atenta. Asomado a universos que mi cuerpo jamás conocerá, disfrutando la música, las músicas, como miradores de recuerdos verdaderos o falsos, igual que un pintor enajenado frente a la tela es capaz de plasmar un deseo perseguido desde siempre. En ese trance, un tipo como yo, con aire de perdedor, se sentiría capaz de seducir a Mis Universo si le dieran cinco minutos para convencerla de cualquier cosa mientras esté encendida la luz roja del cartelito “En el aire “.

A decir verdad, tuve un maestro que jamás lo supo: el Negro Hugo Guerrero Marthineitz, a quien escuché en la cocina, primero en una radio de madera a válvulas, incontables tardes de infancia mientras mi vieja planchaba pantalones o cocía vestidos de mi hermana apretando alfileres entre los labios. Yo hacía los deberes ensoñado en el perfumé a café molido con que cubría los mapas en el cuaderno único, sobre la Plasticola desparramada con los dedos en la hoja canson. Hasta que el ronroneo de la heladera Siam enmudecía de repente para resaltar aquella voz de a ratos zumbona y sensual, a veces compañera, irónica, paternal, soberbia y a la vez humildemente triste por los recuerdos de su lejana niñez en Lima. Tarareando las cortinas musicales desfachatadamente afinado junto a él, íbamos atravesando la tarde hasta la nochecita invernal que caía de golpe al llegar papá del negocio y avanzaba el olor de la cena desde las hornallas.

Más adelante fue en soledad estudiando despeinadamente en los días del secundario y en la universidad, donde me empecé a atrever a discutir en voz alta sus opiniones que por momentos me resultaban autoritarias y conservadoras, especialmente cuando criticaba a los argentinos.

Nuestra tendencia al abandono y la falta de perseverancia en el estudio, la tenacidad y la falta de reconocimiento a tantos talentos olvidados en las artes, las ciencias, la educación, la cultura que él tanto admiraba como uno de los valores más destacados de nuestras clases medias, hijas lejanas de la pasión sarmientina por el conocimiento.

El Negro, que amó a esta tierra como muy pocos, que la adoptó como suya, en la que nacieron sus tres hijos. De la que jamás renegó como los nacidos aquí solemos hacer con tanto descuido y facilidad. Con tanta suicida ferocidad.

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