Donde el barro se subleva

Carlos Riedel11 noviembre, 2012

En un sugestivo y no muy conocido haiku, Jorge Luis Borges se preguntaba: “¿Es un imperio/ esa luz que se apaga/ o una luciérnaga?. Economía en estado puro. Con tan pocas palabras, con tan pocas sílabas, en ese último instante de apagón, Borges daba cuenta, una vez más, de las múltiples y laberínticas posibilidades que implica el mirar atrás y descubrir qué es exactamente lo que muere cuando algo se extingue.

Por  Juan Pablo Bertazza (Suplemento Literario Telam)

Plop, primera y relampagueante novela de Rafael Pinedo que acaba de reeditar InterZona, constituye una proposición similar, aunque quizás refulgen en el corazón de su misterio aun más abismos: no se sabe si aquello que sobrevive es un imperio o una aldea bárbara, pero tampoco se sabe si se trata de un génesis o de un Apocalipsis, un comienzo o un final.

Contribuye a esa hipnótica incertidumbre un texto de divulgación científica que, aunque sus personajes no entienden y pocos le prestan atención, se repite en la novela.

Un texto, presumiblemente, sobre el Big Bang: “hace diez o quince mil millones de años, el Universo estaba atestado, aunque no había galaxias, ni estrellas ni átomos”.

Plop ganó el prestigio Premio Casa de las Américas en 2002 y es, además, la única novela publicada en vida de Rafael Pinedo quien escribió otras dos, Frío y Subte, que serán publicadas próximamente, y a las que él consideraba parte de su trilogía sobre la desintegración de la cultura.

Basura y desechos de civilizaciones perdidas, barro y tierra, un pozo desde no se puede divisar a nadie entre aquellos que lo único que hacen es arrojar aun más basura.

Agua casi siempre contaminada, sobrevivientes que se desplazan de un lado a otro, como hormigas desorganizadas. En esos bordes, en esos márgenes, la lectura es un privilegio que casi nadie ostenta (solo el personaje de la Vieja Goro), los chanchos tienen casi un estatuto humano, las edades y el paso del tiempo se calculan en solsticios --momentos del año en los que el sol alcanza su mayor o menor altura aparente en el cielo-- las sociedades, en las que prevalece la ley del más fuerte, son llamadas grupos y las relaciones sexuales se conocen como uso.

Zoofilia, antropofagia y pedofilia son moneda corriente. Suceden con recurrencia y, a través de su estilo crudo y visceral, el autor solo las nombra, nunca las describe y, mucho menos, emite, al respecto, ningún juicio de valor.

Por otro lado, esa decadencia infernal contrasta con la tensión permanente que implican los irregulares y confusos nombramientos de puestos como el de Secretario de Brigada y Comisario General. A todo esto, Plop, el protagonista, nace en movimiento. Nace del vientre de una mujer mientras camina. Su nombre responde al ruido que hace al caer, y esta novela es, paradójicamente, la historia de su ascenso en ese mundo en ruinas, en permanente declive.

Como El grito de Florencia Abbate, El año del desierto de Pedro Mairal o El último final de Leonardo Levinas, Plop remite con claridad a la crisis del 2001, aun cuando la inmediatez de su escritura haga aun más notable su honda comprensión de época.

Pero no solo remite en lo argumental. La misma condición de existencia y circulación del libro parece estar atada a esos años de degradación institucional, nihilismo político y atmósfera apocalíptica.

Con varias similitudes con el campeonato que obtuvo Racing Club en ese mismo año, --luego de más de treinta años sin festejos--, el prestigio del premio que obtuvo Plop no logró llamar la atención ni hacerse el lugar que merecía, en medio de tanto saqueo, corralito, represión policial y la sucesión interminable de presidentes.

En el 2003 Plop salió finalmente en Cuba y recién en 2004 fue publicada en la colección de literatura fantástica línea C, dirigida por Marcelo Cohen, de InterZona.

Cuando nos enteramos de su muerte, en diciembre de2006, amuchos nos asaltó la pregunta del haiku de Borges o, mejor dicho, una sensación de absoluta incomprensión. Cuando la vida es tan veloz, la muerte se convierte en un laberinto.

Yo lo conocí a Rafa en movimiento. En septiembre de 2004, durante el Taller Itinerante organizado porla Fundación Ciudadde Arena de Gabriel Guralnik. Un viaje mítico a bordo de un tren que unía Viedma y Bariloche lleno de escritores, cineastas y periodistas. A pesar de que nunca había escuchado mi nombre, Rafa me contó varios chistes que todavía me dan risa, compartió algunos tragos que llevaba de contrabando y hasta me reveló un secreto para hablar con éxito frente al público.

Rafael Pinedo fue computador científico y actor de teatro. Y, al parecer, no es un mito aquello de que, a los dieciocho años, decidió quemar todo lo que había escrito hasta ese momento, en especial relatos.

Volvió a escribir, recién, a los cuarenta. Y catorce años después, luego de ese meteórico, fértil y exitoso lapso de tiempo, se apagó su estrella radiante.

Por suerte, aun brilla su literatura y su aura de escritor de culto. Escritor despojado de todo acto solemne pero también de gestos snobs y superficiales; hombre culto pero vital. Una especie de inesperado Rulfo posmoderno.

 Plop

Rafael Pinedo

InterZona

131 páginas